domingo, 14 de abril de 2013

Leonardo Padura Fuentes y la batalla interminable


Recientemente galardonado con la Orden de las Artes y las Letras de Francia y con el Premio Nacional, es uno de los escritores cubanos más destacados. Incorpora en sus ficciones la historia oculta de la literatura de su país, encerrada en misteriosas bibliotecas en un mundo donde escritura y política confrontan



Por Carmen Perilli - Para LA GACETA - Tucumán



La narrativa cubana se asoma al siglo XXI plena de fábulas acerca de los conceptos de patria y nación. Nos encontramos con una verdadera batalla por la memoria y la tierra. Rafael Rojas propone leer la segunda mitad del siglo XX a partir del concepto de guerra civil. El gobierno socialista instituido en los 60 construye la nación alrededor del relato revolucionario que se reformula varias veces y excluye tradiciones anteriores.



Múltiples versiones inscriben la particular experiencia histórica cubana a partir de géneros como confesiones, memorias, relaciones. En ellos se repite la leyenda nacional en la sangre, el duelo, la melancolía, se insiste en definir el lugar del escritor desde el enfrentamiento entre historia y poesía. A través del uso, en muchos casos monumental, del género biográfico, los narradores se fabulan a sí mismos como protagonistas y testigos; como héroes y víctimas. En estas batallas de las memorias realidad y ficción se confunden. "En la pasada década el lugar de enunciación de la literatura cubana, sufrió la mayor diseminación de su historia. Entre la isla y la diáspora se extiende un vasto territorio cultural en el que se producen textos muy diversamente relacionados con la nación" (Rojas).



Leonardo Padura Fuentes, que acaba de recibir el Premio Nacional, vive en Cuba y su literatura ha logrado un enorme reconocimiento. Sus novelas usan el género policial confrontando la estereotipada tradición cubana. Ha creado un detective, Mario Conde, su un policía escritor, sumido en el fracaso y la desilusión. Es el protagonista de la apasionante serie Las Cuatro Estaciones, donde crímenes oscuros y ambiguos coexisten con recuerdos melancólicos de un pasado, que se puede datar en los 70. La violencia de la naturaleza devastadora es menos intensa que el huracán de la historia. La amistad masculina se torna sostén de un mundo en el que acecha la traición. El discurso novelesco situado en los 90 rechaza la idea de la historia como totalidad y los personajes vuelven constantemente sobre sus pasos perdidos en medio de las ruinas de la ciudad.



Vidas en la isla



Tres novelas de Padura van detrás de la biografìa: La novela de mi vida, Adiós Hemingway y El hombre que amaba a los perros, dedicadas al poeta José María Heredia y al narrador y periodista Ernest Hemingway y a León Trotsky y su asesino, vinculados a la historia de la isla. Creo que en el conjunto destaca La novela de mi vida (2002), donde Padura juega con tres historias que le permiten señalar similitudes entre el presente y el pasado. En el presente el ficticio crítico y poeta, Fernando Terry, vuelve a La Habana después de dos décadas de exilio e intenta reencontrarse con su vida anterior. El pretexto es la recuperación de extraviados papeles de Heredia, destinados a un hijo ilegítimo. El libro ha sido depositado en manos de las logias masónicas en 1921 por José de Jesús Heredia, a quien tampoco "le producía ninguna turbación su empeño en corregir la historia de su propio padre". Las memorias de Heredia, el escritor nacional, inventor de la cubana, que acuñó las imágenes de la bandera, se cimentó sobre una constelación que se reitera en la historia de la isla: destierro, melancolía y duelo. La poesía de Heredia erige, desde la distancia, la tierra inalcanzable y añorada, una geografía más soñada que vivida, siente "el olor perdido de La Habana… con la intensidad dolorosa de la novela que ha sido mi vida, donde todo ocurrió en dosis exageradas". Fabula una patria desde el destierro y con el destierro, teñida por el duelo y la melancolía escindida entre el sueño y la realidad.



Leonardo Padura incorpora en sus ficciones la historia oculta de la literatura cubana, encerrada en misteriosas bibliotecas en un mundo donde escritura y política confrontan: "Porque lo que tiene jodida a la literatura cubana es el delirio de la política". José María Heredia transforma al exilio en marca de la literatura, asediada por las ruinas de la historia. En el presente su biógrafo consigue la oportunidad que se le negó, la reconciliación. En el horizonte del cambio de siglo, Cuba se enfrenta al desafío de reconstituirse después de las enormes disgregaciones sufridas durante el periodo posrevolucionario, atravesado por afueras y adentros diversos. Leonardo Padura Fuentes ocupa un lugar central.



© LA GACETA Carmen Perilli - Investigadora del Conicet y profesora de Literatura latinoamericana de la UNT. Bibliografía: Padura Fuentes, Leonardo, La novela de mi vida, Barcelona: Tusquets, 2002.



Rojas, Rafael, Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano, Barcelona: Anagrama: 2006

martes, 9 de abril de 2013

Del blog de Julio Ortega

Cristina Iglesias: Arte de habitar
“Metonimia,” la magnífica muestra de Cristina Iglesias (San Sebastián, 1956) en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, se despliega como una estrategia de ocupación: demuestra la premisa central de su arte (la aventura de morar) en su varia ocurrencia. Si “morar” en su etimología clásica implica “habitar” y al mismo tiempo “construir morada”, la exploración de esas raíces verbales que son rizomáticas ha dado al trabajo de esta artista excepcional, reconocida ya internacionalmente por la seriedad de su talento, un lugar en el imaginario contemporáneo hecho de fronteras vencidas, ciudades desurbanizadas, sistemas ecológicos precarios, y abismos de exclusión. Como si respondiera al extravío de la casa como origen del economos, la artista parece devolvernos el pensamiento transparente de una forma salvada de la destrucción. Impecablemente, sus formas no aluden a la precariedad de la morada actual, pero recobran su fuerza y su aliento originales, esa parte más humana del espacio más natural.

El Museo se transforma en habitable (crece por dentro) y su generosa arquitectura, por fin, se evidencia pluridimensional. Tratándose de la escultura, construcciones, e intervenciones en el paisaje de una artista en la plenitud feliz de su talento, esta ocupación del museo es del todo suya. Primero, porque devuelve la sala geométrica a la fluidez interna que corre a lo largo de su trabajo: sus arroyos, fuentes, jardín acuático y módulo sumergido son momentos del agua elocuente. Y, segundo, porque el espectador es conducido entre habitaciones de encaje metálico, citas de la piedra y la corriente, y muros y ventanas donde se abre la incertidumbre de la vista al enigma de lo mirado. La obra de Cristina Iglesias está incontaminada por la presencia del sujeto, lo que hace de cada espectador el primer visitante de un mundo revelado.


Estas habitaciones acaban de ser hechas, aunque vienen de lejos, y debemos aprender a habitarlas. Sugieren un breve laberinto del espectador en una red mediadora. Y penden o flotan encima de nosotros como esquemas en pos de su lugar. No nos llegan de la memoria sino del olvido: de pronto las reconocemos, y nos abren su espacio tramado por la luz visionaria que prodigan. Nos percatamos de nuestra poca capacidad habitacional: somos seres de morar difícil, más duchos en deshabitar. La artista nos persuade a volver al comienzo de nuestra historia entre casas, cuartos, umbrales, espejos, que reconocemos aunque ya no estamos allí; como si en ese tránsito hubiésemos aprendido a imaginar la forma primaria de la casa en construcción. De esa casa somos casi propietarios, hay algo suyo que nos pertenece. Estas construcciones elegantes en su geometría e intrigantes en su entramado, remiten a la ciudad primaria, que inventaron las mujeres cuando decidieron afincar junto al primer migrante muerto. Al centro de la casa futura arde el fuego del hogar.



Estas formas arcaicas son, sin embargo, de hoy. Están hechas de lo más moderno: las materias de la mezcla, como si el arte fuera la casa virtual donde las culturas tejen los nobles materiales de su tránsito. No postulan, sin embargo, la genealogía de la casa sino su conceptualización: un pensamiento sobre la forma hospitalaria. Se trata de una forma onírica: remite al sueño juvenil de añadirle habitaciones de consolación a la casa familiar. Pero la figura humana no está en este espacio, liberado de la voluntad occidental de asimilar el campo, imitar la metrópli, recargar el decorado. Irónicamente, la reinvención del espacio habitable desarrolla la idea de nuestra ausencia. Precisamente, se trata de concebirnos como transeúntes, que comprueban las formas puras como materia de la nueva ciudad.
Los espectadores de esta exhibición lucimos ligeramente anacrónicos; paseamos sin referencias a mano, en un liviano arrebato. Vi a una señora que desplazaba una gran sonrisa, aprobando las habitaciones como si ya fueran suyas. De pronto, damos a un breve jardín, donde un supuesto arroyo, como la cita de un río, fluye entre plantas y rocas. Vi a unos jóvenes que tocaban el agua fotografiándose unos a otros, bautizados. Se trata, claro, de un arte que no nos devuelve nuestra imagen. No quiere ser gratificante, nos deja libres.

Quizá la obra de Cristina Iglesias sigue la lógica del espacio acuático: donde está el agua parece estar el centro de su mundo de objetos lustrales. Son metonímicos (nombran con otro nombre) e inquietan tanto el museo como el espacio público. Intervienen distintos cruces históricos, como el jardín del Museo Real de Bellas Artes, de Amberes; pero también espacios naturales, como el Mar de Cortés en la Baja California, un milagro ecológico donde la obra de cemento y hierro forma parte ya del coral submarino. Su próxima obra es una escultura en el bosque brasileño. Cada uno de sus proyectos es la elaborada sintaxis que articula el arte de estar aquí. Si en sus comienzos su lenguaje postulaba la imagen del dolmen, del ámbito originario, hoy se desplaza entre el agua, la habitación aérea y las puertas arbóreas. Su puerta de hierro en el Museo del Prado parece decirnos que el arte es una sobrenaturaleza viva que se abre para reconocernos en su historia.
Caminar entre estas obras, recorrer sus paisajes icónicos, es un acto ritual. Su arte es el de la perplejidad acogida. Reconocemos el papel ceremonial del espectador que aprende a mirar como quien pregunta por si mismo. Camina uno haciendo una figura de vuelta.







Hay que agradecer la altura y profundidad de las salas del Museo Reina Sofía, que en los últimos tiempos se nos ha hecho visita obligada. Se diría que el Guernica de Picasso ha requerido mejorar la compañía. En este regreso uno coincide con grandes amistades: los maravillosos cuadros y objetos de los artistas de la vanguardia abstracta, de la coleccion Patricia Phelps de Cisneros; y las conmovedoras imágenes de la protesta latinoamericana de los años 80. En este Museo unas puertas dan a otras, actualizándonos la genealogía. Las salas de Cristina Iglesias se abren con goce geométrico, en un despliegue de progresión figurativa. Esta muestra nos invita a intervenir, cada quien desde su umbral salvado, en las construcciones que propone su arte de habitar con asombro.



NOTA PRELIMINAR. Carmen Perilli


PRÓLOGO. Denise León

. LUGAR DE AUTOR
KOZER, José  Exilio y buganvilia
VINDERMAN, Paulina Donde Duermen Los Olvidos
MALUSARDI, María La Escritura o La Música

2. POSICIONES
RAMIREZ, Sergio Inventando Sueños
MATTONI, Silvio Juan L. Ortiz y el idioma originario: sonoridades del otro en la zona de la lengua nacional
LEÓN, Denise El cuerpo herido. Algunas notas sobre poesía y enfermedad
JUROVIETZKY, Silvia El corazón del invierno. Sobre La rebelión del instante de Diana Bellessi
CÁMARA, Mario Profanaciones, idiotez y sensualidad. Una relectura de Pau Brasil de Oswald De Andrade
PÉREZ HERNÁNDEZ, Diego Octavio ¿Que no sé de la muerte? Lo tanático en los Sonetos de la muerte de Gabriela Mistral.
ARÁOZ, Isabel Viaje Al Sur. "En el canal" de Hugo Foguet
PERILLI, Carmen Una sola sombra larga: José Asunción Silva y Fernando Vallejo
3. DOSSIER
ALEGRÍA, Claribel
¿Hacia Dónde?
ARIDJIS, Homero
No todo
Himno a la noche...
Noticias de la tierra...
BAREI Silvia
Queridos asesinos
Corazón partío
Las prisioneras de la cárcel del Estado de Sonora
Mujer de Ciudad Juárez
Tanta gente llorando junta
BELLI, Gioconda
Los casados
Los guijarros del día
Poder de la poesía
BOULLOSA, Carmen
La patria insomne (Fragmentos)
¿Quo vadis?
La quiero igual
CARDENAL, Ernesto
Destino de un insecto
El celular
El águila
Visión en la isla Gran Canaria



LINDO, Ricardo

Estampas de un reino

Canto del rey

La princesa y el mendigo

Canto del mendigo

La princesa en la tarde

Canto del buscador de perlas

Canto del escriba

Canto de los niños

Canto de la reina

Canto de los mercaderes

Canto de las mujeres públicas

Canto de los marinos ahogados



MALUSARDI, María

El Orfanato (Selección)

La Oveja Excluida (Selección)



MONDRAGÓN, Sergio

Magia de las manos

Rodilla con muslo.

Elogio político de un tortero.

Teotihuacán globalizado.



OLLÉ, Carmen

Quien te ama Mishima

En Praga



4. ENTREVISTAS



AGUIÉRREZ, Oscar Martín

Entrevista a Washington Cucurto.



LEÓN, Denise

Entrevista a Juan Carlos Maldonado.
RiOS, María del Pilar

Entrevista a Blanca Castellón.



5. RESEÑAS




 Número 10 - Año 2012 de la Revista Telar. El número, dedicado al género lírico, está coordinado por Carmen Perilli y Denise León.


Incluye un dossier con poesías de Claribel Alegría, Gioconda Belli, Ernesto Cardenal, entre otros poetas latinoamericanos.

El número puede ser consultado en el siguiente link: http://www.filo.unt.edu.ar/rev/telar/index.htm

lunes, 11 de marzo de 2013

Olga

Una pelìcula que encontré ayer en Film and Artsítulo: Olga


Título original: Olga

País: Brasil

Estreno en USA:

Estreno en España:

Productora: Europa Filmes

Director: Jayme Monjardim

Guión: Rita Buzzar basada en el libro de Fernando Morais.

Reparto: Camila Morgado, Caco Ciocler, Luís Melo, Eliane Giardini, Mariana Lima.



Sinopsis:

"Olga" es la adaptación cinematográfica del best-seller del mismo nombre escrito por Fernando Morais. Es un magnífico cuento de amor y de intolerancia que narra la fascinante historia de la revolucionaria de origen judío, nacida en Alemania, Olga Benario Prestes. La película sigue las experiencias de esta mujer extraordinaria a partir de su educación burguesa en Alemania hasta su muerte en una de las espeluznantes cámaras de gas Hitlerianas.

El centro no es el centro


DOMINGO, 10 DE MARZO DE 2013

El centro ya no es el centro













Por Juan Pablo Bertazza

Es notable cómo a veces algunos conceptos de una obra pasan de nivel y se transforman en una especie de símbolo –o incluso de arma contundente– para dar forma e imagen a la trayectoria de su autor.



Tardíamente valorado en Francia, casi todas las miradas de los custodios del saber se empezaron a posar en Jacques Derrida durante la tumultuosa década del ‘60 en los Estados Unidos. Más precisamente en 1966, cuando el filósofo presentó en la Universidad Johns Hopkins su artículo “La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas”, que luego sería publicado en La escritura y la diferencia.



En ese artículo, Derrida marcaba un antes y un después en el concepto de estructura, asestándole un fuerte golpe al estructuralismo reinante, a la sazón, en todas las disciplinas humanas. Hasta ese momento, decía Derrida, se buscaba asignarle a la estructura un centro, un origen fijo que organizaba coherentemente la estructura y limitaba su juego. Un significado trascendente que limitaba los sentidos. El centro totalizador se encargaba de cerrar el juego que abría y hacía posible. En ese centro quedaba prohibida la sustitución de los elementos porque, en tanto rey de la estructura, gozaba del privilegio de sustraerse a la misma. En ese sentido, concluía paradójico Derrida, el centro está dentro y fuera de la estructura. Es decir, si bien se encuentra en el centro de la totalidad por comandarla, al mismo tiempo sabe sustraerse de esa totalidad y dejar de pertenecerle, por lo que la estructura tiene, en realidad, su centro en otra parte. La conclusión era tan impensada como urticante: el centro ya no es el centro. Y el corolario era que la estructura sufría una distorsión mientras que el centro se transformaba en un no lugar donde sí se jugaban libremente, y hasta el infinito, las sustituciones. Derrida marcaba como antecedente de esto a Nietzsche, quien, en su crítica a la metafísica, sustituía ser y verdad por juego e interpretación y signo.



Lo notable es que al mismo tiempo que ese centro antes inmaculado se empezaba a caer a pedazos, Derrida comenzaba a dejar los márgenes para desembocar también en otro centro, el centro del saber. En ese sentido, resulta insoslayable el dato de que Derrida nació en los suburbios de Argel, hijo de una familia judía sefardí, y que sufrió la represión del gobierno de Vichy a tal punto que terminó siendo expulsado en octubre de 1942 de su escuela argelina. Un trauma que, además de problematizar con extraordinaria belleza en El monolingüismo del otro, lo acompañaría quizás para siempre.



Se podría pensar que Derrida es a la filosofía francesa lo que es Albert Camus a su literatura. Existen, por lo menos, algunas semejanzas en ese itinerario, en ese trayecto desde los márgenes hacia el centro en un país donde, se sabe, el centro es casi tan inamovible como aquel del estructuralismo. Ambos nacieron en Argelia, ambos soñaron con ser futbolistas profesionales (Camus llegó a ser un buen arquero en diversos clubes argelinos), Camus obtuvo el máximo galardón que ofrece el canon, el Premio Nobel de Literatura, y Derrida no lo ganó, al parecer, solo porque murió antes.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/subnotas/4963-633-2013-03-11.html

A pesar de que hoy es el filósofo francés más traducido en el mundo y uno de los que más polémica generaron en las últimas décadas (la publicación de su biografía por Benoît Peeters, sin ir más lejos, generó una rabia infantil en Michel Onfray, quien descalificó de manera vil y obsoleta al autor del libro por ser fanático de Tintín) los filósofos despreciaron y ningunearon durante mucho tiempo la obra de Derrida con el mismo fervor con el que la recibieron los críticos literarios. Otra vez, de la periferia hacia el centro: Habermas lo llamó, en su momento, “autor de una especie de teorización irracionalista posmoderna” y actualmente Derrida es considerado casi unánimamente el filósofo francés más importante de los últimos tiempos, sobre todo por su condición de desbaratador del discurso del saber.



Si dentro de la historia de la filosofía hay un lugar de poeta que ocupó Platón, un lugar de dramaturgo maldito que ocupó Nietzsche, no es descabellado pensar que a Derrida le cabe el lugar de crítico literario de la filosofía. Un lugar que es margen y centro al mismo tiempo. Un lugar desde el que Derrida prácticamente logró borrar las fronteras entre filosofía y literatur

Ecce Homo-Radar Libros


DOMINGO, 10 DE MARZO DE 2013

ECCE HOMO

Por Gustavo Santiago

Escribir una vida. Invertir el gesto divino: pasar de la carne al verbo. Con tamaño desafío se enfrenta todo biógrafo. Si la vida en cuestión es la de un filósofo, los problemas se tiñen de matices particulares. La vida de alguien que se ha dedicado fundamentalmente a escribir, a pensar, ¿puede tener algo suficientemente atractivo como para ser contado? ¿No alcanza con lo dicho y escrito por él? Si estuviéramos pensando en una figura de la Antigüedad, un Sócrates, un Diógenes, esta última pregunta podría carecer de sentido. La vida de un filósofo y su palabra constituían inseparablemente su filosofía. Desde la modernidad, la pregunta por la vida de un filósofo es muy lateral. Casi un pecado de curiosidad. Lo que interesa es qué dijo, qué escribió el filósofo, no cómo vivió. Quizás haya una excepción en aquello que concierne a cuestiones políticas. En ese terreno sí puede pedírsele a alguien que exhiba una cierta coherencia entre lo que sostiene en los textos y su modo de vida. Pero a nadie se le pregunta en un examen de la facultad por qué Rousseau, autor de un texto pedagógico de la altura de Emilio, depositó en el hospicio público a sus cinco hijos recién nacidos.



Benoît Peeters (París, 1956) es un escritor que más allá de haber incursionado en la novela, el comic y la ensayística, tiene especial predilección por la escritura biográfica. Su último trabajo, dentro del género, está dedicado a Jacques Derrida. Peeters estudió filosofía en La Sorbona, y fue dirigido por Roland Barthes en una maestría en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales. Conoce la tradición filosófica, maneja los recursos típicos del género. ¿Es suficiente para afrontar exitosamente la escritura de la vida de Derrida?



Anticipándose a algunos cuestionamientos de capilla, el autor se apura a confesar: “Mi intención no fue proponer una biografía derridiana, sino una biografía de Derrida. El mimetismo, tanto en esta materia como en muchas otras, no me parece el mejor favor que podamos hacerle hoy”. El texto de Peeters estará escrito, entonces, siguiendo las más habituales reglas del género: organización cronológica (con la correspondiente división: infancia y juventud, madurez, vejez), consulta de fuentes, entrevistas a testigos –en este caso, cerca de cien–.



Con esto le basta al autor para componer un libro ágil, por momentos atrapante, que lleva al lector a recorrer un camino que parte de la situación marginal del niño argelino, atraviesa el esplendor de La Sorbona y de las principales universidades norteamericanas y finaliza en el cementerio de Ris-Orangis. No sería de extrañar que, al llegar a este punto, al lector se le escaparan algunas lágrimas, como si perdiera al personaje de una película hollywoodense, de las que apasionaban a Derrida.



Para dar cuenta de la corporeidad del personaje compuesto por Peeters nos detendremos aquí no en la trayectoria intelectual –de la que también se ocupa el texto–, sino en algunos aspectos “marginales” de su vida.



EL NIÑO JUDÍO-ARGELINO-FRANCÉS



En los años de la infancia, su condición de judío-argelino-francés lo llevó a experimentar la marginación y el hostigamiento. Derrida nace en El Biar, un suburbio de Argel, el 15 de julio de 1930. Se trata de una sociedad atravesada por conflictos raciales y religiosos. En 1940, en una escalada de antisemitismo, se deroga el Decreto Crémieux, que concedía la nacionalidad francesa a los judíos de Argelia. A partir de dicha derogación, comienzan a establecerse cupos para los alumnos judíos en las escuelas primarias y secundarias. En 1942, el pequeño Jackie es expulsado de la escuela por su condición de judío (el año anterior ya lo habían sido su hermano mayor, René, y su hermana Janine). Como consecuencia de esto, es inscripto en el liceo Maimónides, que congrega a los chicos judíos. Peeters cita a Derrida: “Creo que fue entonces cuando comencé a reconocer, si no a contraer, ese mal, ese malestar, ese mal-estar que, para el resto de mi vida, me volvió inepto para la experiencia ‘comunitaria’, incapaz de disfrutar de cualquier forma de pertenencia”. El pequeño Derrida afirma haber sufrido casi del mismo modo la segregación antisemita como la “integración” homogeneizadora. Cuando dos años más tarde sean abolidas las medidas antisemitas y pueda reintegrarse al liceo, habrá dejado de mostrar interés por los contenidos escolares.



AMORES



El gran amor de su vida fue Marguerite Aucouturier, hermana de un compañero de la Ecole Normale Supérieure. Marguerite estaba comprometida con “un muchacho serio que caía muy bien a sus padres”. Derrida se convierte en amigo íntimo de la pareja y rápidamente desplaza al (ex) prometido. El noviazgo de Jackie y Marguerite provoca un escándalo en las familias de ambos. Los Derrida no aceptan que ingrese a la familia alguien que no pertenezca a la comunidad judía; los Aucouturier, no se resignan al desventajoso cambio de candidato. Un gesto de Derrida agrava la situación. El hermano de Marguerite cuenta que Derrida envía una carta a sus padres en la cual “en lugar de pedir la mano de Marguerite de modo clásico, exponía en detalle su concepción muy libre de las relaciones de pareja”. Finalmente, se casan, en 1957, lejos de ambas familias, en Estados Unidos.



Más allá de esta relación estable que dio lugar a una familia “tradicional” ampliada algunos años más tarde por la llegada de Pierre y Jean, a Derrida se le sospechan numerosos amoríos. Esto no significa, según Peeters, que haya sido infiel: “Para Derrida, seducir es una necesidad irresistible (...) en él, lo femenino siempre se conjuga en plural. Si Derrida halaga la fidelidad (...) es porque para él cada relación es un acontecimiento único, irreemplazable, por lo tanto piensa que es capaz de numerosas fidelidades”.



Entre esas fidelidades “paralelas” hubo una que le trajo serios dolores de cabeza: la vivida con Sylviane Agacinski, a quien conoció en 1972. Derrida era ya una celebridad en el mundo intelectual francés y Sylviane, una joven estudiante quince años menor que él, “de una belleza que cortaba la respiración”. En 1984, ella le comunica que está embarazada y que en esta ocasión –a diferencia de lo hecho algunos años atrás– piensa tener el hijo. Derrida se aterroriza por la posibilidad de que su familia se entere de la situación (aunque aparentemente todos lo sabían) y decide tomar distancia. Todo estallará algunos años más tarde, cuando Sylviane se case con Lionel Jospin. Durante la campaña electoral de 2002 se publican dos biografías del candidato, en las que queda expuesto que el hijo que Jospin “crió como suyo” es del –por entonces, ya célebre– filósofo Derrida. En toda su vida Derrida sólo vio una vez –por una circunstancia azarosa– a su hijo Daniel.



PLACERES



Además del placer de las fidelidades múltiples, Derrida disfruta de cosas simples como manejar un auto a gran velocidad, nadar, jugar al fútbol y al poker, ver cine y televisión. No disfruta tanto como uno podría esperar de la lectura. Cuando lee, no puede dejar de pensar que está trabajando. Lee para escribir. Y la escritura –o la exposición en conferencias o clases de lo escrito– no siempre le deparó satisfacciones.



PADECIMIENTOS



Por una cuestión de oficio, podría decirse que lo que más atormentó a Derrida a lo largo de su vida fue tener que someterse a tribunales académicos. Padeció los exámenes para ingresar en la Ecole Normale Supérieure (particularmente, claro está, en las dos ocasiones en las que fracasó); sufrió “hasta estar al borde del desmoronamiento psíquico” en sus dos presentaciones en el concurso de agrégation (en la primera ocasión reprobó y en la segunda obtuvo una nota mediocre). Y no se trata de un malestar de juventud. Cuando, en 1981, concursa por un cargo en la universidad de Nanterre, debe atravesar un nuevo calvario. Dominique Lecourt, que lo ve salir de la entrevista “blanco como un papel”, relata que el propio Derrida “más tarde me contó que algunos miembros del jurado se habían divertido leyendo fragmentos de sus libros en voz alta, de la manera más sarcástica posible”.



También se atormenta ponderando el reconocimiento (o la falta de él) por parte de sus pares. Enumerar a aquellos de quienes se distanció por cuestiones de ese estilo daría lugar a una lista casi de la misma extensión que la de quienes fueron sus amigos. Entre las batallas más célebres podrían citarse las que libró con Foucault, Lacan y Bourdieu.



LA VIDA Y EL INTELECTUAL



Sería exagerado afirmar que con este libro Peeters logra esclarecer el pensamiento del filósofo –no hay texto que pueda hacerlo–, pero no sería desacertado sostener que proporciona una buena introducción a él. Tanto por las correctas, aunque inevitablemente apretadas, síntesis de cada uno de los textos más importantes de Derrida que ofrece cuando el hilo cronológico lo permite, como por su atractiva composición de clima de época que permite entrever el marco en que esos textos fueron gestados. Insistimos: no se trata de una “biografía intelectual”. Es, en todo caso, la biografía de un intelectual, de un hombre: Ecce Homo.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4963-2013-03-11.html

Derrida

Benoît Peeters
Fondo de Cultura Económica



682 páginas