jueves, 5 de abril de 2012

LUCIANO MONTEAGUDO

Nunca es tarde para empezar a leer
El veterano realizador francés, hijo del legendario Jacques Becker, entrega una película tan honesta como anacrónica, en la que el santo inocente de un idílico pueblito francés descubre el placer de la lectura a través de una anciana dama.

MIS TARDES CON MARGUERITTE

(La tête en friche, Francia, 2011).
Dirección: Jean Becker.
Guión: Jean Becker y Jean-Loup Dabadie, basado en un libro de Marie-Sabine Roger.
Fotografía: Arthur Cloquet.
Música: Laurent Voulzy.
Intérpretes: Gérard Depardieu, Gisèle Casadesus, Maurane, Patrick Bouc Higey, Jean-François Stevenin, Claire Maurier, Sophie Guillemin.

Es tan transparente la ingenuidad cinematográfica de Mis tardes con Margueritte, tan rudimentaria su dramaturgia, tan evidentes son sus anacronismos que cuesta enojarse con una película que atrasa casi tres cuartos de siglo y no hace nada por ocultarlo, como si en la cabeza de Jean Becker el cine se hubiera detenido aún antes de que su padre, el gran Jacques Becker, diera clásicos de la talla de Casco de oro (1952) o Grisbi (1954).

La anécdota argumental, tomada de un libro de Marie-Sabine Roger, es de lo más simple, tanto como su protagonista. En un pequeño pueblo rural francés –de esos que se solían ver en las películas de Marcel Pagnol y que quizá nunca existieron realmente–, el personaje del lugar, el santo inocente es Germain (Gérard Depardieu). Bueno como un pan, es a él a quien se refiere el título original del film, La tête en friche, una expresión que se podría traducir como “Cabeza yerma”. Y yerma no porque esté hueca, o vacía, sino porque nunca fue cultivada, porque siempre, desde su primera infancia, a Germain nadie le dio cariño ni instrucción, empezando por su madre, que lo consideraba “un error”, tal como informan unos flashbacks tan toscos, tan elementales que parecen salidos del más remoto túnel del tiempo.

Pero como el hombre es bueno por naturaleza –parece decir la película de Becker–, Germain no se convirtió en un resentido, un violento o un asocial. Quizá pudo sortear ese destino gracias a la estereotipada barra de amigos que lo quieren así como es y lo incluyen en su ronda de copas en el bistró de la plaza (hablar de “contención” sería equivocado en una película pre-freudiana). O también porque tuvo suerte y no se sabe bien cómo –caprichos del guión, sin duda– ese hombre dejado, ya mayor y corto de entendederas, tiene a su lado a una mujer joven, inteligente y hermosa (Sophie Villemin) que a toda costa quiere un hijo de él. ¿Será porque a Germain lo encarna Depardieu?

El asunto es que nunca es tarde para el conocimiento, machaca Becker, a partir del momento en que una tarde, en la plaza del pueblo, Germain encuentra sentada en su banco favorito a una elegante y frágil anciana (Gisèle Casadesus, de la legendaria Comédie-Française), que le transmitirá su pasión por la lectura y los libros. Casi centenaria, la vieille dame Margueritte comenzará a leerle cada tarde a Germain fragmentos de Camus, de Romain Gary, del chileno Luis Sepúlveda, con los cuales despertará en él una sensibilidad hasta entonces dormida, desconocida.

Alguna sombra en la salud de la señora, los celos de la chica de Germain, la desconfianza que provoca en sus amigos el cambio de vocabulario del protagonista oscurecen apenas una paleta por lo demás siempre luminosa, como si el sol nunca dejara de brillar, ni siquiera de noche, en ese idílico pueblito francés. Pero a no preocuparse, que todo está previsto para que luego de 82 minutos (la brevedad se agradece) el público pueda salir de la sala con una sonrisa en los labio

Mis tardes con Margueritte :La Nación Fernando López


Mis tardes con Margueritte ( La tête en friche, Francia/2010, hablada en francés) Dirección: Jean Becker Guión: Jean Becker y Jean-Loup Dabadie. Fotografía: Arthur Cloquet Música: Laurent Voulzy Elenco Gerard Depardieu, Gisele Casadesus, Jean- Francois Stevenin Duración: 81 minutos Calificación: sólo apta para mayores de 13 años. Nuestra opinión: buena

Un ogro buenazo, ingenuo e iletrado al que la vida no le ha dado sino desdichas, si se descuenta a la bella conductora de ómnibus que -misterios del carisma- está enamorada de él. A pesar de su tamaño, o por causa de él, Germain siempre recibió las bofetadas. A su padre no lo conoció, de chico era objeto de burla de sus maestros y compañeros (como de grande lo es, a veces, de sus amigotes del boliche) y su madre, verdadera bruja, disfruta hasta hoy de humillarlo en cuanto se le presenta la oportunidad. Con todo, el hombre conserva el carácter afable, es generoso y solidario y manso como las palomas que le gusta observar en el parque.

Así, transparente, se muestra cuando conoce a la anciana de 95 años, delicada, serena, viajada y culta, que, libro en mano, aparece un día en su vida y empieza a regalarle lecciones sobre la literatura y la vida. Lecciones que son retribuidas por el discípulo; también él, con sus limitaciones y sus carencias afectivas, tiene cosas que enseñarle a su nueva amiga. Es casi analfabeto y algo torpe, pero no le falta inteligencia.

Germain es un personaje ideal para que Gérard Depardieu pruebe que su glotonería interpretativa (ha llegado a filmar diez films en un año, y ya se acerca a los doscientos títulos) no le ha restado ni pizca de talento. Margueritte lo es para que pueda disfrutarse del fresco encanto de Gisèle Casadesus y de su sólido oficio. Y toda la fábula, como le gusta al veterano Jean Becker, es también ideal para sensibilizar al espectador y prepararlo para que un final feliz le deje en el ánimo una sensación de bienestar. Aunque los mecanismos que administran los recursos de la comedia sentimental queden al descubierto.
Cineasta a la antigua, Becker atiende a los diálogos y al desempeño de los actores (los principales y los que conforman el pintoresco cuadro provinciano) y en lo formal no se aparta de la tradición. Eso sí, en busca de emoción, carga las tintas del melodrama más de una vez (especialmente en la subtrama relacionada con la madre, una caricaturesca y divertida Claude Maurier, y en el desenlace de la historia de Margueritte), y no se preocupa por enriquecer con algunos matices a personajes tan monolíticos como los que le propone la novela de Marie-Sabine Roger. La literatura (Albert Camus, Romain Gary, Luis Sepúlveda) se incorpora bastante fluidamente en el relato, pero se vuelve redundante en el final que Depardieu recita en off..

lunes, 2 de abril de 2012


Réquiem por la Británica
Ráfagas de nostalgia al oir la noticia que la gran enciclopediade 244 años se dejará de editar en papel

POR EZEQUIEL MARTÍNEZ

Cuando yo era un chico que todavía jugaba con mi colección de autitos Matchbox, había un par de cosas en el escritorio de mi papá que me tentaban más que cualquier juguete. Quizá porque eran “para grandes”, o porque su uso sólo estaba autorizado bajo la mirada atenta de un mayor. Una de esas cosas era el Wincofon, cuya perilla de revoluciones por minuto mi viejo manipulaba para alterar la voz de los intérpretes y así hacernos escuchar el cantar pastoso de un abuelo (16 rpm) o los chillidos acelerados de un bebé (78 rpm). La otra cosa que me encandilaba eran los tomos densos y lustrosos de la Enciclopedia Británica, que se acomodaban con prolija simetría en los estantes más bajos de su biblioteca. En ese punto de mi infancia yo no consultaba sus artículos, pero me quedaba hipnotizado frente a los dibujos, mapas y fotografías. El mundo entero asomaba ilustrado en aquellas páginas sedosas y delicadas.

Estas ráfagas de nostalgia me sacudieron cuando hace unos días la compañía encargada de editarla anunció que dejará de imprimirse como lo venía haciendo desde hace 244 años, para sobrevivir en formato digital. No sé si eso hubiese aliviado a mi padre, que durante sus varias mudanzas de país cargó con el peso de 29 tomos (12 de la Micropædia y 17 de la Macropædia) sin que se le torciera un músculo. La felicidad de encontrar la información que necesitaba era mayor que cualquier hernia. Con los años fue sumándole los volúmenes de actualización, y durante décadas fue su más fiel fuente de datos. Cierta vez, en uno de esos tomos anexos, apareció su propia biografía, y ya entonces su romance con la Británica fue incorrompible. Luego de su última y definitiva mudanza a Buenos Aires, mi papá postergó el envío de los tomos multiplicados, pero trajo con él la liviandad de unos CD’s donde entraban todos esos kilos de conocimiento. A partir de allí, el ícono de la Británica ocupó el ángulo superior izquierdo del escritorio de su computadora.

Los tomos de papel quedaron a la espera de ser repatriados, si el contenido en plomo de tanta tinta de cultura lo permite.

Un escritor del siglo XXI: entre la academia y la globalización


arlos Yushimito, además de ser elegido por Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español, es también un ejemplar del escritor de la globalización. No es que la globalización sea el tema sobre cual escribe, pero fíjense las circunstancias de su vida: nacido en 1977 en Lima, Perú; su abuelo por el lado paterno es japonés; actualmente vive en Providence, Rhode Island (un estado sobre la costa Atlántica entre Nueva York y Massachusetts) donde esta estudiando en la universidad de Brown para un doctorado en Estudios Hispánicos; y muchísimos de sus cuentos están situados en favelas brasileñas, aunque Yushimito nunca visitó ese país. Una mezcolanza Siglo XXI.

En estos días, junto con Yushimito ha llegado a las librerías de Buenos Aires su última colección de cuentos, Lecciones para un niño que llega tarde. Se trata de una compilación de dos previas colecciones (Las islas y Lecciones para un niño que llega tarde). Sobre ellos el critico Rodrigo Pinto dijo: “Los cuentos de Carlos Yushimito son una genuina sorpresa. Desgajados de un lugar específico, tanto desde la geografía como desde las tradicionales categorías a las que se apela para clasificar, parecen brotar desde un territorio nuevo, desde una zona fronteriza que siempre está más allá, en otro lado, bañada por otra luz. Yushimito habla desde otro lugar.”

Yushimito habló con Ñ digital en el improvisado lobby del primer piso de una pensión escondida dentro del Centro Cultural Recoleta. Ha venido a Buenos Aires para participar en el la serie de conferencias titulada La ciudad contada, Buenos Aires en la mirada de la nueva narrativa hispanoamericana. Sobre el antebrazo derecho tiene un gran tatuaje del ideograma en japonés que significa “El que tiene suerte.” También es el nombre de su abuelo, a quien nunca conoció, porque murió antes de que él naciera.


Muchos de estos cuentos son de 2005 y anteriores: ¿Cómo se siente leyéndolos ahora?

Como es un compilado de dos libros previos no pienso a este libro como una construcción orgánica. Yo lo veo como una unión de dos libros independientes cada cual, que si tenía una estructura que los unía. En Las islas, suele girar en torno un espacio geográfico que es imaginario. Y Lecciones para un niño que llega tarde se une por una temática que gira alrededor de las relaciones filiales, y sobretodo relaciones con el padre simbólico.


¿Y cómo nacen los cuentos? ¿Hay una imagen, una idea, una frase?

En general yo compongo a partir de imágenes. No siempre tengo un argumento en la cabeza. Y luego, suelo escribir mucho, pero corrijo demasiado. Soy muy autocrítico con respecto a lo que se va a publicar… Voy almacenando también anécdotas muy desordenadamente. No tengo una disciplina muy concreta… Siempre dejo y retomo los cuentos. Y a menudo los abandono. Es interesante el proceso cuando lo veo en perspectiva porque hay muchos cuentos que abandoné y después los releo… Y allí hay como una posición esquizofrénica con relación al quien escribe. Porque yo los leo y me parece a veces interesante – y esa es la situación en cual los termino. Me hace falta siempre ese distanciamiento crítico con respecto a lo que escribo. Si pasa esa etapa de cómo censura previa, entonces siento que tiene valor y lo puedo terminar.


¿Cuál fue su motivación para estudiar literatura a nivel doctoral? ¿Y cómo influyen esos estudios a su proceso creativo?

Yo decidí estudiar literatura muy temprano, porque hice el pregrado en Lima. Y luego lo abandoné, porque luego cuando uno termina los estudios de literatura en Lima se encuentra que no hay espacio en la academia para la inserción laboral. Entonces me dediqué a edición, periodismo y cosas de ese estilo. Y luego, cuando publiqué el libro en el 2006, surgió la posibilidad de hacer una maestría en los Estados Unidos, lo cual me pareció una forma de volver a lo que yo consideraba que era mi vocación. Y una vez que entras allí encuentras que tienes que asumir una posición de desdoblamiento. Porque tienes que ejercer muy mecánicamente, muy formalmente la critica; que, por otra parte, a mi me parece interesante… te organiza las lecturas… Es valioso como experiencia para mí porque como lector siempre fui desordenado. Me organizó. Como lector lo agradezco, pero del punto de vista creativo y en el ejercicio de la escritura, en ese punto hay esta posición de desdoblamiento que te obliga repensar y organizar. Pero lo bueno de la academia en los Estados Unidos es que te da mucho tiempo libre. Si te organizas bien puedes tener tres meses libres al año.


¿Cuan importante fue lo de Granta para usted?

Yo intento pensar Granta como una anécdota más, pero lo cierto es que, por razones concretas, no se puede negar que tuvo un impacto sobre la divulgación de lo que yo he escrito. Yo siempre publicaba en ediciones muy pequeñas y locales. Granta supone entonces una apertura al mercado. Pero me lo he tomado muy deportivamente… Encima yo intento no estar metido en los circuitos literarios. Mi vida gira más alrededor de la academia.

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/ficcion/Carlos-Yushimito-entrevista_0_673132927.html

viernes, 30 de marzo de 2012

Prólogo


HAY GOLPES EN LA VIDA

¿Cuáles son las características en común de estos diecisiete autores de diversa nacionalidad, estilos, géneros y edades? La locura es, en efecto, una de las condiciones del malditismo: locura que en el caso de Martín Adán, tal como cuenta Daniel Ttinger, parece venir de la familia: “Su hermano, por leer tanto a Verne, construyó un avión de madera lo suficientemente grande como para poner de piloto a un muchachito de trece años, subirlo a un segundo piso, convencerlo de que se agarre fuerte del timón y arrojarlo al vacío”. Algo similar sucede con Jorge Barón Biza y ese aire trágico y suicida de familia que plasma de manera impresionante en El desierto y su semilla. Otra característica del malditismo parece estar dada por los golpes, golpes en la vida tan fuertes, golpes como el odio de Dios, golpes que son pocos pero son; golpes metafóricos, golpes concretos, golpes propios, golpes ajenos. Samuel Rawet, a quien se le cae al suelo su hermanito (“no hace falta más que eso para transformar una vida en una catástrofe”, señala Guerriero), golpes que, acaso, cambian el destino y presagian algo, golpes como el que sufrió a los tres años el poeta chileno Pablo Palacio cuando la niñera se lo llevó al arroyo a lavar ropa blanca, desde donde sufrió una tremenda caída que, además de imborrables cicatrices, le habría hecho ingresar el don, el gen, o el virus literario. Una caída casi calcada es la que sufre el mexicano Jorge Cuesta cuando es soltado por su niñera que lo sujetaba y se revienta la cabeza contra un mueble.

Otro elemento esencial del malditismo, un verdadero género del escritor maldito es el que constituyen las últimas palabras. Así, el hermético poeta Jorge Cuesta dejó escrita la siguiente nota antes de ahorcarse: “Porque me pareció poco suicidarme una sola vez. Una sola vez no era suficiente, no ha sido suficiente”; por su parte, las últimas palabras del poeta boliviano Jaime Sáenz, que terminó sus días en la Casa del Poeta, una vivienda de la alcaldía de La Paz, fueron una cita a Goethe: “Sólo el amor salva”; y, por otro lado, el caso paradigmático de Alejandra Pizarnik quien, antes de su muerte por sobredosis, llegó a escribir en su pizarrón de trabajo: “No quiero ir/ nada más/ que hasta el fondo”.

En definitiva, para ser maldito no alcanza con ser loco, solitario, gay, pobre. Pero, sin lugar a dudas, la gran coincidencia de los malditos recae en el exceso de nombres, como si uno solo no resultara suficiente para contener tanta pulsión, tanta necesidad, tanto exceso: seudónimos o heterónimos como es el caso de Martín Adán, quien decía: “A Martín Adán pueden escudriñarlo todo a través de sus obras. A Rafael de la Fuente no, le hacen daño”; el seudónimo de sir Edgar Dixon utilizado por Bernardo Arias Trujillo para firmar una de sus novelas malditas, Por los caminos de Sodoma; también los apodos sufridos o autoimpuestos por escritores como Rodrigo Lira, que se hacía llamar Mister Pico, que en Chile quiere decir pene, o el aristócrata padre de la chilena Teresa Wilms Montt a quien, a falta de herederos hombres, decidió llamarla “mi Tereso”. O, directamente la esquizofrenia, esa especie de muñeca rusa que constituyen los nombres de Porfirio Barba Jacob que, tal como cuenta Juan Gabriel Vásquez, “de niño y de joven fue Miguel Angel Osorio, que durante un breve tiempo fue Maín Ximénez y luego, durante un tiempo no tan breve, Ricardo Arenales; que al final de su vida llegó a pensar en llamarse Juan Pedro Pablo y pasar así de tener un nombre que no tenía nadie a tener un nombre que era todos”. O el caso contrario que es el poder de aquellos pocos nombres que terminan condensando con su poder todo lo que hay a su alrededor, como sucede, nuevamente, con la chilena Teresa Wilms Montt, tan hermosa y tan maldita como sus hermanas que Traslaviña, la calle donde vivían, se transformó en Tras las Wilms; o lo que implica la eliminación de parte del nombre, como hizo Pizarnik con respecto a Flora, luego de la publicación de su primer libro, La tierra más ajena (1955). Cambios de nombre que parecen verdaderos cambios de piel, como exhibe el poeta César Moro que, en realidad, se llamaba Alfredo Quíspez Asín Más, nombre que modificó con todas las de la ley en el Registro Civil de Lima a los veinte años porque, tal vez, le parecía de indio.

SIEMPRE TENDREMOS MALDITOS

Cuesta pensar que estos diecisiete autores hayan podido conocer algo parecido a la felicidad, en primer lugar porque es difícil entender la felicidad sin el humor, y si de algo carecen la mayoría de estos autores es de cinismo, es decir, no tenían la capacidad de verse desde afuera, muy inmersos como estaban en sus propios demonios: “Toda esta gente tenía un infierno en la cabeza, sí han tenido respiros, nadie puede vivir más de diez años con un infierno en la cabeza permanente, creo que en algunos casos han tenido alguna etapa más de remanso, a veces una pareja funcionaba como eso, como un lugar de cobijo, pero esa tortura permanente no se resolvía nunca: eso que entendemos como felicidad, estado de más placidez o bienestar, adquiere en ellos una forma muy efímera de la euforia, de la exaltación, un pico completamente inestable que, para ellos, es lo más parecido a la felicidad. En definitiva, si les pudiéramos preguntar a todos ellos si fueron felices, la respuesta sería no positiva. Escanlar, por ejemplo, tendría una respuesta más insolente, no hay que ser reduccionista, con lo difícil que es aceptar que uno no tuvo una vida feliz”, concluye Guerriero.

Si algo deja en claro este libro excepcional es que, a pesar de que la categoría maldito remita al campo semántico del romanticismo, el malditismo sigue y seguirá siempre vigente, tal vez reencarnando en otras formas, reapareciendo como los fantasmas y espíritus de muchos de estos escritores, cuya aura persiste luego de la muerte.

“Son personas muy dotadas para algo, pero muy poco dotadas para otras cosas, ahí hay un abismo insondable, resolver la vida práctica, hasta resolver un afecto, gente que nació con la sexualidad equivocada en la época equivocada. Y eso, en efecto, va a pasar siempre. Habrá otras cosas, pero siempre va a haber un punto de inadaptación, siempre habrá algo difícil de tragar, tal vez personas que, dentro de sesenta años, se quieran cocer y compartir el hígado con otra persona. Siempre algo nos va a producir rechazo.”

Los malditos


OMINGO, 4 DE MARZO DE 2012
Maldición eterna
De Alejandra Pizarnik a Gustavo Escanlar, de César Moro a Ignacio Anzoátegui, de Porfirio Barba Jacob a Jorge Barón Biza, Los malditos, un volumen de la Universidad Diego Portales editado por Leila Guerriero, reúne diecisiete retratos de vidas al límite de artistas de América latina contados por escritores y cronistas destacados como Alan Pauls, Mariana Enriquez, Alberto Fuguet, Juan José Becerra y Juan Gabriel Vásquez, entre otros. Suicidios, infiernos interiores, impulsos autodestructivos, pero también talento y creatividad extremos se ponen en juego en este formidable volumen que indaga en las formas antiguas y aún vigentes del malditismo.







Por Juan Pablo Bertazza
La palabra maldito proviene del latín male dictus, que sería algo así como “expresar ofensas a alguien” o, incluso, “maldecir”. Los malditos son, en consecuencia, los que antes maldijeron, un círculo que se cierra sobre ellos mismos. Malditos son los que caen en su propia trampa, los que se enredan en sus propias maldiciones. Los malditos es también un libro fascinante compilado por la escritora y periodista Leila Guerriero, una verdadera puerta de acceso hacia una dimensión desconocida o, mejor, una plataforma lanzada hacia aquello desde donde ya no se vuelve: el interés por hombres y mujeres que escribieron con sangre su obra y su propia vida. Diecisiete –el número de la desgracia– perfiles de autores muertos pero vigentes y contemporáneos de Latinoamérica; ese fue el punto de arranque para confeccionar esta obra, aclara Leila Guerriero desde la mesa de un bar de Chacarita, con anteojos de sol, fresca, grave, lúcida y reflexiva, como recién llegada de un lugar traumático, como si hubiera pasado una temporada en el infierno: “Confeccionar la lista de malditos me llevó nueve meses, había países de cuyos escritores malditos no teníamos la menor idea. No por escasez, es decir, no los países que podés estar pensando como Ecuador, que sí tenían un referente muy claro, sino por superpoblación de malditos, como es el caso de Colombia, donde tuvimos que dejar afuera a Raúl Gómez Jattin, y Brasil, otro país muy difícil porque sus malditos tienen más que ver con la composición de las canciones de la década del ’70. Queríamos un balance entre escritores conocidos y algunos que fueran más soterrados, rescatar la obra de gente con mucho brillo en su momento que luego quedó olvidada, tratamos de esquivar la moda consagratoria”, explica Guerriero.

Jugando un poco a las estadísticas, digamos que el gran mapa del malditismo contemporáneo de América latina cuenta con tres argentinos, tres chilenos, dos colombianos, dos peruanos, un boliviano, un brasileño, un mexicano, un cubano, un uruguayo; un escritor que se agregó a último momento, el periodista y estrella de la televisión uruguaya Gustavo Escanlar, que falleció en noviembre del 2010, y sólo dos mujeres: la chilena Teresa Wilms Montt y Alejandra Pizarnik.

Pero además este libro presenta, en uno de sus sucesivos trasfondos, una antología de los escritores más importantes de Latinoamérica, aquellos encargados de escribir y bucear en la vida de los malditos: nombres como Alan Pauls, Juan Gabriel Vázquez, Edmundo Paz Soldán, Rafael Lemus, Juan José Becerra, Mariana Enriquez y Alberto Fuguet. Escritores que elaboraron textos de una excelente calidad literaria pero que, en cada caso, emprendieron un viaje, un itinerario, es decir, no sólo por los libros del escritor que les tocó en suerte, sino también por la ciudad natal de cada uno de ellos, los barrios que habitaron, los colegios donde estudiaron o fueron expulsados, las familias en las que nacieron, los amigos que eligieron y hasta los cementerios donde permanecen enterrados.

A todo esto, ¿qué es un escritor maldito?

“Los malditos tienen que tener, inevitablemente, un punto de tortura interna, estar a la intemperie, ser frágiles para resolver cuestiones que a otros no les cuesta demasiado, un retorcijón fuerte de la conciencia, del ánimo, una sensibilidad exacerbada, son sobrevivientes de ellos mismos, gente muy arrojada a los lobos. Por ejemplo, un alcohólico agarrado del semáforo de la esquina y con una obra endeble no podría ser considerado un maldito, intentamos evitar la leyenda de los excesos o, por lo menos, que eso no fuera lo único para mostrar. El objetivo noble de este libro es despertar el interés por todas estas obras que son muy valiosas, despertar la curiosidad del lector”, concluye Guerriero.

Sin volver a apelar a las etimologías, dentro de la literatura el término “maldito” se remonta a la poesía francesa, a partir de Los poetas malditos, de Paul Verlaine, un libro de ensayos publicado por primera vez en 1884, y luego en su versión definitiva de 1888. En esta obra se honra y se reconstruye la obra y la vida de seis poetas emblemáticos: Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de L’Isle-Adam y Pauvre Lelian, anagrama del propio Paul Verlaine. Desde aquel entonces a esta parte, el malditismo parece subsistir en el género poético, a tal punto que se conoce la expresión poeta maldito, pero no cuentista o novelista maldito. ¿Por qué la poesía es el género que más aloja sujetos malditos?

“Es verdad, parece haber una relación estrecha entre la poesía y el malditismo, de hecho, los grandes referentes son poetas, quizá se deba a que la poesía es un género que trabaja con el ser sin tanta intermediación: yo primero pensé que en el libro íbamos a tener sólo poetas y no fue tan así.”

Los Malditos -Blog FTEM

VIERNES 30 DE MARZO DE 2012

Prólogo: Los Malditos
Es un honor para la Fundación TEM inaugurar Prólogos -la nueva sección del blog- con el texto introductorio que escribió Leila Guerriero para Los Malditos, libro que compila y reconstruye en 17 perfiles, la vida de 17 escritores latinoamericanos del siglo XX. El libro fue editado por la Universidad Diego Portales, de Chile.


Leila Guerriero

El mail decía así: “Aproveché para ir a Manizales, la ciudad donde murió Arias Trujillo, y te cuento que, entre otras cosas, visité a una de sus sobrinas, una mujer que guarda la mascarilla mortuoria de su extraño tío. La acariciaba como si se tratara de un gato. Eso para decirte que la cosa va muy bien”. Iba firmado por Andrés Felipe Solano, escritor y periodista que, por esos días, seguía las huellas de su coterráneo, el colombiano Bernardo Arias Trujillo, escritor, diplomático amateur y morfinómano profesional, muerto por sobredosis en 1938. En ese mismo momento, en otras ciudades, otros periodistas y escritores revisaban correspondencia, visitaban universidades, hablaban con viudas, novias, amigos, psiquiatras y académicos para reconstruir la historia de diecisiete escritores de once países latinoamericanos (Chile, Uruguay, Argentina, Colombia, Venezuela, Perú, Bolivia, Ecuador, Brasil, Cuba y México), todos ellos atravesados por diversas formas del padecimiento, todos ellos dueños de una obra proteica y poderosa, todos ya muertos .
El resultado son los diecisiete perfiles que integran este libro, que existe porque Matías Rivas, director de publicaciones de la Universidad Diego Portales, tuvo la idea.

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Un perfil. Un perfil no es un ensayo ni una crítica ni un análisis literario. Un perfil es un perfil es un perfil. Una mirada en primer plano sobre los trabajos y los días, los maridos y los hijos, los tíos y las bibliotecas, los armarios, los libros, los poemas, los viajes, los amantes, las manías, las píldoras, los electroshocks.

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Todos los escritores cuyos perfiles integran este libro son latinoamericanos (excepto dos, uno nacido en Estados Unidos y otro en Polonia, que desarrollaron su obra en latinoamérica); están muertos (no antes del siglo XX pero sí después: uno se arrojó al vacío en 2001, otro murió por sobredosis en 2010); tienen una obra contundente (que, en la mayoría de los casos, aunque con notorias excepciones, está olvidada y/o es inconseguible), y padecieron diversos grados de desdicha y de devastación, ya sea por ejercer el sexo a contrapelo en el momento y el lugar equivocados, por escribir en contra (de su época, de su circunstancia, de su entorno), por vivir en contra (de su época, de su circunstancia, de su entorno), por haber enfermado cuando no había cura, por no tener amor ni patria ni padres ni hermanos ni casa ni rumbo ni consuelo. Vivieron en un mundo que les resultaba demasiado incomprensible o demasiado despreciable o demasiado hostil, y se enfrentaron a él con hostilidad, con desprecio, con fragmentación, con fragilidad, con espanto.

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El chileno Joaquín Edwards Bello por el chileno Roberto Merino.
El argentino Jorge Barón Biza por el argentino Alan Pauls.
El uruguayo Gustavo Escanlar por el chileno Alberto Fuguet.
El ¿cubano? nacido en Baltimore Calvert Casey por el chileno Rafael Gumucio.
El colombiano Bernardo Arias Trujillo por el colombiano Andrés Felipe Solano.
El venezolano Rafael José Muñoz por el venezolano –que es, además, su hijo- Boris Muñoz.
La chilena Teresa Willms Montt por la chilena Alejandra Costamagna.
El chileno Rodrigo Lira por el chileno Oscar Contardo.
El peruano Martín Adán por el peruano Daniel Titinger.
El boliviano Jaime Sáenz por el boliviano Edmundo Paz Soldán.
El ecuatoriano Pablo Palacio por la ecuatoriana Gabriela Aleman.
El ¿brasileño? nacido en Polonia Samuel Rawet por la brasileña Graça Ramos.
El argentino Ignacio Anzoátegui por el argentino Juan José Becerra.
El colombiano Porfirio Barba Jacob por el colombiano Juan Gabriel Vásquez.
El peruano César Moro por el peruano Marco Avilés.
La argentina Alejandra Pizarnik por la argentina Mariana Enríquez.
El mexicano Jorge Cuesta por el mexicano Rafael Lemus.
Esos son: los escritores; quienes los escriben.

***

El ensayista mexicano Gabriel Zaid publicó, en 2006, en la revista colombiana El Malpensante, un artículo llamado Periodismo cultural. Allí se preguntaba: “¿De qué debería informar el periodismo cultural? Lo dijo Ezra Pound: la noticia está en el poema, en lo que sucede en el poema (...) Pero informar sobre este acontecer requiere un reportero capaz de entender lo que sucede en un poema, en un cuadro, en una sonata; de igual manera que informar sobre un acto político requiere un reportero capaz de entender el juego político: qué está pasando, qué sentido tiene, a qué juegan Fulano y Mengano, por qué hacen esto y no aquello. Los mejores periódicos tienen reporteros y analistas capaces de relatar y analizar estos acontecimientos, situándolos en su contexto político, legal, histórico. Pero sus periodistas culturales no informan sobre lo que dijo el piano maravillosamente (o no) (...) Informan sobre los calcetines del pianista”.
Si, en efecto, todo buen periodista debería ser alguien capaz de entender lo que dice el piano, maravillosamente o no, debería ser, sobre todo, alguien capaz de entender cuándo es hora de abrir el cuadro e informar, también, sobre los calcetines del pianista. Durante semanas, o meses, Merino, Fuguet, Costamagna, Pauls, Solano, Muñoz, Titinger, Paz Soldán, Alemán, Ramos, Becerra, Vásquez, Avilés, Enríquez, Contardo, Gumucio y Lemus leyeron, entrevistaron, hurgaron, caminaron, preguntaron, fueron a ver. El resultado es este libro sobre lo que dice el piano pero, también, sobre los calcetines del pianista. Porque los hechos son fáciles: lo difícil es entender cómo llegaron las personas hasta allí.


El libro

Jorge Barón Biza descuartizando libros de su biblioteca para regalar sus partes favoritas a parientes y amigos; Joaquín Edwards Bello refugiándose en un prostíbulo después de la publicación de su novela; Jorge Cuesta visitando a un médico y exponiéndole su teoría de que una degeneración de la próstata lo arrastra inevitablemente a la androginia; Calvert Casey dejando de lado su educación racional y neoyorquina para participar de ritos de la santería cubana; Rodrigo Lira pidiendo la mano de las hijas solteras de Parra, Donoso, Edwards: Colombina Parra, 12 años, Pilar Donoso, 16, Pilar Edwards, 15; Alejandra Pizarnik sentándose en las rodillas de un amigo gay, queriendo tener sexo, enojándose cuando él sólo puede aplacarla con caricias; César Moro, usualmente discreto, comportándose como una bailarina de cabaret durante una entrevista de trabajo con el funcionario de una empresa telefónica; Porfirio Barba Jacob fumando marihuana por las calles de la ciudad de México, hablando a gritos de “el día en que maté a mi padre”; Ignacio Anzoátegui diciéndole a una jueza que “la justicia no puede emanar de una mujer”; Samuel Rawet entrando al Hotel Nacional de Brasilia con una jaula de pájaros sin pájaro en la que promete encerrar “a todos los corruptos” y a “las ratas judías”; Pablo Palacio transformándose en personaje cruel, capaz de jugar una broma atroz a unos amigos cuyo padre ha muerto; Jaime Sáenz robando de la morgue el pie de un cadáver y llevándolo con él a todas partes; Martín Adán recluyéndose por propia voluntad, a los 27 años, en un psiquiátrico de Lima; Rafael José Muñoz resitiendo a la tortura en una cárcel de Venezuela gracias a los poderes mentales que está convencido de poseer; Bernardo Arias Trujillo buscando sustancias y grumetes por las calles de Buenos Aires y redactando más tarde, como juez, sentencias en contra del consumo de drogas; Teresa Wilms Montt casándose a los 17, sin el consentimiento de sus padres y, poco después, tratando a su marido de “canalla”, “indigno cobarde” y “puerco”; Gustavo Escanlar haciendo las veces de testigo –no oficial- del casamiento de un serial killer uruguayo.
Hechos, hechos, hechos: los hechos son fáciles. Lo difícil es entender.

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“-En sus últimos años ella estaba muy interesada por la obscenidad, me costaba seguirla. Siempre llamaba de madrugada, pero llegó un momento en que se volvió demasiado demandante y podía ser agotadora”, le dijo el escritor argentino Edgardo Cozarinsky a Mariana Enríquez, recordando a Alejandra Pizarnik.
“Un día me lo encontré en Lima tirado en el suelo, hecho una mierda en la calle, y lo levanté. Él me miró y me dijo “¡Suéltame, soy Martín Adán!”, así con su voz ronca y fuerte. “No, le dije, yo soy Carlos Miguel de la Fuente Gálvez y tú eres mi tío querido Rafael de la Fuente Benavides”. Entonces me miró, se sacudió y me dijo “Vete, yo soy Martín Adán”. Supongo que me reconoció, pero él cuando chupaba se ponía horrible. Pero era Martín Adán, pues, un genio carajo” le dijo Cocoy, sobrino de Martín Adán, a Daniel Titinger, recordando a su tío.
“(...) para ese cumpleaños Rodrigo vendió la bombona de gas de su casa para poder hacerme un regalo.
-¿Qué te regaló?
- Las Prédicas del Cristo de Elqui, de Nicanor Parra”, le dijo la chilena Alicia Opoport a Oscar Contardo, recordando a su compañero de estudios Rodrigo Lira.
“Saenz era un ermitaño, pero eso no lo hacía antisocial y, de hecho, era muy alegre, sociable, lleno de chistes, ceremonias y supersticiones (...) Para García Pabón, era “carismático, generoso, jodido, insoportable”. (...) Podía ser un energúmeno si las cosas no salían como quería, pero tenía una risotada franca y ayudaba a los jóvenes con sus primeros libros”, escribe Edmundo Paz Soldán sobre Jaime Sáenz.
“Hasta ese momento había funcionado como un reloj la máxima que afirma que la marca de una inteligencia superior es poder mantener dos ideas opuestas en la cabeza sin dejar de funcionar. La inteligencia de Palacio podía reconocer que no había salida posible y aún así intentar cambiar el mundo. Su militancia y su escritura, pues, no se contradecían. Pero, por esos años, algo cambió y la vida comenzó a presentarse como un continuo proceso de pérdidas y resquebrajamientos. Quizás fue entonces cuando supo que había contraído sífilis, una enfermedad que en ese momento sólo podía tratarse con mercurio. Ninguna opción era alentadora: para curarse tendría que envenenarse con el remedio y, si la cura no surtía efecto, esperar un deterioro general”, escribe Gabriela Alemán sobre Pablo Palacio.
Los hechos son fáciles. Lo difícil es entender la minucia: las inevitables contradicciones que hacen que nadie sea, del todo, un demonio o un ángel encendido.

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Y antes y durante y después: la obra.
Jorge Barón Biza escribiendo una novela única y fulgurante que se lo tragó vivo; Teresa Wilms Montt escribiendo libros de un lirismo oscuro que la crítica saludó de pie; Gustavo Escanlar escribiendo una obra tan explícita como insoportablemente autobiográfica que la crítica aún no saluda; Bernardo Arias Trujillo escribiendo una novela cuya importancia se comparó con la de La Vorágine y que lo hizo famoso a los 33 años; Rafael José Muñoz escribiendo poemas que son objeto de culto en Venezuela; Calvert Casey que fue, según Guillermo Cabrera Infante, “el escritor ideal para una época ideal —mientras duraron ambas”; Rodrigo Lira, que no publicó un solo libro en vida, que aún así despertó el interés de Enrique Lihn y de Nicanor Parra, y cuya devoción se replica como si se tratara de una estrella de rock; Martín Adán, a quien Allen Ginsberg escribía cartas en las que decía “Quiero leer tus más sucios/garabatos secretos,/tu Esperanza./en su más obscena Magnificiencia” y cuya obra, casi toda inédita, se guarda en un sótano de la Universidad Católica de Lima; Pablo Palacio, que publicó artículos y libros que dividieron las furias en el Ecuador en los años ´30; Joaquín Edwards Bello, cronista chileno de éxito en su época y con lectores fieles hasta el día de hoy; Jaime Sáenz, de quien se dice que es el escritor boliviano más grande del siglo XX; Alejandra Pizarnik, poeta de admiración, estudio y consumo en varios países a la redonda; Jorge Cuesta, figura mítica de la literatura y la crítica mexicanas; Samuel Rawet, que contribuyó a la construcción de Brasilia (era ingeniero) y escribió ensayos, novelas y cuentos recibidos con elogios por la crítica y con indiferencia por los lectores; Ignacio Anzoátegui, de una incorrección ideológica difícil de tragar, admirado por intelectuales cuyas convicciones están en sus antípodas; Porfirio Barba Jacob, dueño de la que fue, según Alfonso Reyes, “la mejor prosa periodística en lengua castellana”; César Moro, de quien se dice que fue, junto a César Vallejo, el poeta peruano más importante del siglo pasado pero cuyos libros no se consiguen en ninguna parte.
Antes, después, ahora: la obra.

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A veces, reconstruir la historia de un hombre o una mujer muertos es entrar en un palacio en ruinas en el que todavía zozobran angustiosamente los ecos de los valses viejos. Alejandra Costamagna llegó hasta la casona donde había vivido la familia Wilms Montt, en la calle Viana 301, de Viña del Mar, y se topó con un cartel: “Casa vacía: se robaron hasta las cañerías de cobre e instalación eléctrica. No insista”. Andrés Felipe Solano peregrinó hasta el barrio de Hoyo Frío, en Manizales, Colombia, buscando la casa en la que murió Bernardo Arias Trujillo, y la encontró transformada en la Comunidad Terapéutica El Edén. El peruano Marco Avilés entró al cuarto del barrio de Barranco, en Lima, donde vivió César Moro, y encontró una “habitación de techos altos y llena de cachivaches” de cuyas paredes, alguna vez cubiertas por las ilustraciones del poeta, colgaban “toallas y un afiche de vinil donde nadan peces gordos”. El argentino Juan José Becerra buscó la casa de Ignacio Anzoátegui en Buenos Aires y encontró ”un edificio de seis pisos donde se ignora olímpicamente la estela que ha dejado mi personaje”. Rafael Lemus fue tras los pasos de Jorge Cuesta, en México, y se encontró con nada: “La Escuela de Ciencias Químicas en el pueblo de Tacuba, entonces fuera de la ciudad: cercada y abandonada, devorada por el centro. El edificio de Tampico 8, colonia Roma, donde vivió con Lupe Marín y al que más tarde se mudaron Diego Rivera y Frida Kahlo: un anodino loft contemporáneo, pretendidamente ligero, con un consultorio dental (“Smile Center!”) detrás de los vidrios de la planta baja. (..) El manicomio donde padeció su primer encierro: derrumbado, ahora un deportivo y un supermercado”.
Otras veces, reconstruir la historia de un hombre o una mujer muertos es abrir cofres donde no siempre hay lo que se espera. La madre de Rodrigo Lira le contó a Oscar Contardo que sólo cuando supo que poetas como Nicanor Parra o Enrique Lihn mostraban interés por su obra entendió que lo que su hijo escribía “no eran puras leseras”. “No se puede soslayar el carácter mercenario de (Porfirio) Barba Jacob, cómo alquilaba su pluma a ciertos poderosos, cómo acomodaba sus ideas al molde que mejor las horneara. En ese ejercicio lamentable cortejó dictadores, se hizo el cegatón ante muchas realidades, apacentó su rebeldía”, le dijo el poeta Juan Manuel Roca a Juan Gabriel Vásquez.
Otras veces, reconstruir la historia de un hombre o una mujer muertos es un ejercicio de pura tristeza. Roberto Merino, al recordar la relación gélida de Joaquín Edwards Bello con dos hijos de su primer matrimonio, reproduce la carta que envió uno de ellos: “Querido papá: he venido innumerables veces a verte. Quería decirte lo contento que estaba con el abrigo y que la camisa me quedaba muy bien. Ayer vine de nuevo y mientras te esperaba en la esquina tú pasaste y entraste a la casa. Golpeé yo y no abriste. ¿Por qué, papá? ¿Estás enojado conmigo? (...) Te ruego me llames, yo iré a verte y espero encontrarte. Créeme sinceramente que te quiero”. Alan Pauls, al narrar el momento en que las colaboraciones de Jorge Barzón Biza en el periódico La voz del interior se vieron casi interrumpidas debido a la crisis económica, dice: “Es un golpe duro para Baron Biza: económico (porque su confusa pero modesta economía parece depender de la relación con el diario), pero también social (el contacto que mantenía con el círculo de periodistas amigos se vuelve más intermitente) y sobre todo anímico (está cada vez más fuera de lugar, más desamparado). (...) Como le escribe a Juan Carlos González, editor de la sección Cultura: “Mi agenda me dice que [el día en que iba al diario] es el día de la semana en que estoy seguro que almuerzo... Y que mis notas serán publicadas y que pagaré el alquiler a fin de mes. Y que si tengo algún lector atento, podrá entender algo de lo que escribo“ (...) Más de una vez, en medio de la tarde, suena el teléfono de la sección y atienden y reconocen su voz, que vacila del otro lado, hasta que se disculpa y dice haberse equivocado de número al marcar y se despide. Recién cuando sea demasiado tarde sabrán hasta qué punto mentía”.


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Como si la onda expansiva del daño siguiera produciendo círculos en las aguas del presente, la reticencia de algunos entrevistados terminó siendo parte troncal de las historias. A Juan José Becerra le costó acceder a los familiares directos de Ignacio Anzoátegui. Un día consiguió cita con una de sus hijas, Josefina pero, aunque Becerra tocó el timbre veinte veces en la dirección convenida para el encuentro, la mujer no lo atendió. Alberto Fuguet, que viajó a Montevideo tras los pasos del cuerpo más tibio de este libro, Gustavo Escanlar, que murió en noviembre de 2010, se topó con un inesperado universo endogámico en el que casi nadie –amigos, editores, parientes, novias- estaba dispuesto a aparecer dando su nombre. Otras veces no hubo reticencias, sino asombro: “¿Sabe hace cuánto no oía el nombre de Bernardo Arias Trujillo? –le pregunto a Andrés Felipe Solano un hombre de 91 años lamado Otto Morales Benítez, ex ministro colombiano-. Yo creo que hace unos treinta, cuarenta años”. Otras, ni reticencia ni asombro, sino pura pena: “Él tenía tanto valor. Todavía siento una profunda tristeza cuando pienso en él” le dijo a Graça Ramos la hermana del brasileño Samuel Rawet, muerto veintisiete años atrás, mientras acariciaba una carpeta de plástico con las últimas pertenencias de su hermano: “la última goma, la lapicera, el documento de identidad, el certificado de defunción”.
Como si la onda expansiva del daño siguiera produciendo círculos.

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El periodista venezolano Boris Muñoz cuenta la vida y la muerte de su padre, José Rafael Muñoz, y escribe cosas como esta: “A los períodos de sobriedad y lucidez los seguían inevitables crisis alcohólicas (...) Había días en los que salía a la calle sobrio y, un par de horas más tarde, un taxi lo dejaba en la puerta del edificio hecho un guiñapo. (...) Vivíamos en un primer piso, de modo que yo miraba todo escondido tras la ventana, con un escalofrío de vergüenza que venía acompañado por el deseo malsano de que el hombre tirado en el suelo no fuera mi padre. (...) Sin embargo, como no había nadie más en casa, bajaba a recogerlo y lo ayudaba a acostarse en el sofá.”
El escritor chileno Alberto Fuguet cuenta la vida y la muerte del uruguayo Gustavo Escanlar, con quien intercambió correspondencia y a quien vio, al menos, dos veces, y escribe cosas como esta: “Fui tras un escritor y volví salpicado de sangre y escupitajos, con la historia de un hombre ciego por los focos, el maquillaje pastoso, la droga dura, la orina propia, la farándula mal iluminada y berreta, el cotilleo, el morbo, y con la sensación de que un huracán había azotado a la gente que lo había conocido que parecía estar recuperándose de un mal que los había cambiado para siempre.“
El escritor chileno Roberto Merino cuenta la vida y la muerte del chileno Joaquín Edwards Bello, de quien su abuelo era amigo, y escribe cosas como esta: ”Recuerdo bien la mañana de febrero del ´68 en que Edwards Bello se suicidó de un balazo. La noticia la dieron en la radio de la cocina. Yo tenía siete años y fue la primera vez que escuché su nombre. Como mi abuelo había sido su amigo, o más bien su contertulio, mi mamá exclamó: “¡Oh, tu Tata se va a morir!” Entonces me subí a un monopatín y me fui a la parte de delante de la casa gritando: “¡Se suicidó Joaquín Edwards Bello!” Mi abuelo no dijo nada, simplemente me miró serio con una expresión de ausencia”.
El malditismo es, quizás, una categoría difusa y evasiva pero, en todo caso, no está reservada para siglos viejos: no es una categoría en extinción.

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La forma de su muerte no los une.
Están la horrible muerte de Jorge Cuesta que, emasculado por su propia mano, se ahorcó en la celda de un neuropsiquiátrico de México en 1942; la oscura muerte de Rodrigo Lira, que se cortó todo lo que pudo cortarse en la bañera de su departamento de Santiago en 1981; la literaria muerte de Alejandra Pizarnik, que escribió la frase “no quiero ir/ nada más/ que hasta el fondo” y tomó pastillas en su departamento de Buenos Aires en 1972; la suave muerte de Calvert Casey, que despachó un frasco de barbitúricos en una habitación de Roma en 1968; la muerte casi genética de Jorge Barón Biza, que se arrojó de un piso doce desde un edificio de la ciudad de Córdoba en 2001; la muerte anunciada de Gustavo Escanlar que murió de sobredosis en un hospital de Montevideo en 2010; la muerte por morfina de Bernardo Arias Trujillo en una casa de Manizales en 1938; la muerte por veronal de Teresa Wilms Montt en una habitación de París en 1921; la muerte por disparo de Joaquín Edwards Bello en su casa de Santiago en 1968. Pero también la muerte de César Moro en una cama del Instituto del Cáncer de Lima en 1956; la muerte por tuberculosis de Porfirio Barba Jacob en su departamento de la ciudad de México en 1942; la muerte por paro cardíaco de Samuel Rawet en su casa de Brasilia en 1984; la muerte por parálisis estomacal de Pablo Palacio en el Hospital General de Guayaquil en 1947; la muerte a bordo de siete enfermedades distintas de Jaime Sáenz en un departamento de La Paz en 1986; la muerte por problemas renales de Martín Adán en el hospital limeño Santo Toribio de Mogrovejo en 1985; la muerte “ahogado por el agua acumulada en sus pulmones, luchando por liberarse de una camisa de fuerza” de Rafael José Muñoz en el Hospital Clínico Universitario de Caracas en 1981; la muerte, al borde del despedazamiento por mutilación sanitarista, de Ignacio Anzoátegui en un hospital de Buenos Aires en 1978.
La forma de la muerte no los une.
Con los cerebros revueltos por las convulsiones del electroshock, los estados alterados por la pena, el alcohol o la morfina, perseguidores de patrias que no encontraron nunca, extraviados en el amor, perdidos en el sexo, transidos por el abandono: la forma de la muerte no los une. La muerte es sólo el puerto al que llegaron todos.
Los une, a veces, esa materia que se llama olvido, esa cosa esquiva que se llama genio, y una forma, muy humana, del desasosiego, de la insatisfacción y de la rabia.
Publicado por fundaciontem en 10:00