1980
A 4 años del secuestro de Angel
Escribo. Intento arrojar fuera de mí el tiempo viejo, fuera de este nuevo tiempo. La angustia me quema, se interpone entre yo y la vida, se cuela rastreramente en los agujeros que mi miedo le deja y me despoja de mí, me deja sola frente a un gran espejo vacío. Escribí me decía oracular , José , hacé como los grandes hombres que miran las altas cumbres. Por qué no te vas a la puta madre que te parió con recetas de grandes hombres estoy hasta la coronilla de los grandes hombres y de sus recetas por ahí me quedo con las palabras pequeñas de las mujeres o las sonrisas de mis hijos pero en lo que sí estoy de acuerdo es en que no renuncio a las palabras son mías tengo derecho a ellas me las he ganado.
Estoy llena de preguntas no entiendo quién soy y qué es mi vida, todo junto presente y futuro; al pasado lo tengo cada vez más claro pero también siento que mi cuerpo se rebela a seguir siendo pasado que a mis ganas ya no las contienen más los mitos. Es como si de un golpe hubiera salido o me hubieran sacado del transcurrir ahora no sé como volver cómo colarme de nuevo en la vida cómo salir de la épica donde me he instalado donde me he construido una imagen confiable y mirá que las épicas no son recomendables y los mártires pueden ser terribles y soberbios aunque no por ello dejan de ser mártires. Pequé por haberme instalado en la gesta de la mujer del héroe con una carátula trágica protectora, en realidad es lo único que pude hacer , sostenerme en algún espacio que me explica. Y alguien me susurró sos tigre y los tigres son buenos para las épicas aunque nadie se llevaría un tigre a la casa. Solamente muerto y para que le sirva de alfombra, para pisarlo y exhibirlo, en una de ésas para colgarlo de la pared lo que no me hace mucha gracia ya he experimentado la sensación de estar en la pared de otro.
Durante años viví todas las muertes y todas las vidas, no me permití huecos ; soporté a los muertos y a los vivos, a los vecinos y a los ausentes. En mis días confluían los gritos de la cárcel , la sangre silenciosa de los asesinatos, la vergüenza de los miedosos y de los cómplices, el odio sordo de los verdugos, la indiferencia de los que nos habían declarado inexistentes. Y así adriana ricardo horacio graciela y sobre todo ángel siguieron viviendo , yo representaba a todos . En ese mundo imaginario yo dialogaba con ellos e intentaba conjurar la palabra muerte, convivía con los fantasmas cuyo regreso nadie se atrevía a cuestionarme. Cuestión de fe. de fanatismo por la vida, de fascinación con la muerte de negación de la ausencia. La muerte me acechaba con sus peores rostros- sí la muerte tiene diferentes caras y aunque parezca extraño unas son más temibles que otras-La tortura que no se merece, el crimen que no se entiende. tres años donde todos los días me dibujaba una cara que perdía todas las noches, donde solamente los rituales mantenían vivo al otro, un eterno monólogo de muertes reales y engañosos renacimientos. Y los cuadernos con diálogos imaginarios se amontonaban en el rincón obsesivamente registraba todo aquello que el otro se perdía de mi vida de la de sus hijos de la de todos los que nos rodeaban renovando las promesas hasta con regalos que cuidadosamente guardaba con la ropa para el viaje que realizaríamos salvándonos para siempre de este país, de esta gente porque ya no habría dudas ya nadie nos tocaría la puerta mientras pintábamos la casa, nunca más permitiría que me tranquilice una voz masculina que simula manejar la situación con la última frase que le escuché "No te preocupés cielo que ya vuelvo" qué derecho tenía a pedirme que no me preocupe.
Hoy debo fundar un modo de instalarme en el presente, de abandonar la doble escena en la que en ese momento quedé fijada y volver los ojos hacia los hombres y las mujeres, las palabras y los libros, Por eso es necesario poner historia en ese pasado. Esta historia es la mi historia de un grupo de personas muchas de ellas están muertas otras están lejos. Hay en ella mucho dolor pero también mucha ternura y sobre todo una inmensa demanda de memoria y de justicia en un mundo que pretende olvidarlos.
Carmen
viernes, 5 de marzo de 2010
martes, 2 de febrero de 2010
Adiós a Tomás Eloy

El 31 de enero murió Tomás Eloy Martínez. En su memoria reproducimos un texto suyo "Ars Poética"
Ars poética
¿Desde dónde escribo? Escribo desde lo que desconozco, desde lo que no comprendo, desde lo que me afecta (es decir, siguiendo la vieja etimología de la palabra, desde aquello que de algún modo me rehace). Escribo para reconocer esos desconocimientos que están allí y ante los que no quisiera permanecer ciego. Lo hago para imponerme una cierta lucidez, para negarme al desconcierto. Y también, sobre todo, escribo desde aquí, desde esta realidad a la que pertenezco: no tanto desde la realidad que leo sino desde la realidad que vivo. Mi materia es la infinita vida que me sorprende ahora y que no podría apresar si no estuviera con los sentidos en estado de alerta.
No coincido (o como dirían en el Caribe, no me hallo) con el viejo lema deconstruccionista según el cual todo texto debe suspender casi por completo su aspecto referencial. No quiero suspender nada, no quiero renunciar a nada que prive a mi lenguaje de todos los recursos y las técnicas que ese lenguaje ha ido aprendiendo a fuerza de ejercitarse cotidianamente, a fuerza de afilarse y de buscarse a sí mismo. No quiero castrar a ese lenguaje de la pasión investigadora que se le adhirió al pasar por el periodismo, ni de la fiebre visual que se le contagió al escribir cine o textos sobre cine; no quiero privarlo de los sobresaltos que lo transfiguran cuando oye música, ve un tríptico de Hyeronimus Bosch o reconoce el habla de su infancia en los campos de Tucumán; no quiero tampoco obligarlo a olvidar el paisaje de las teorías críticas que le han movido los meridianos de la inteligencia, aquí o afuera. No quiero, en fin, escribir fuera de la historia, ni lejos, ni simulando que no me concierne. Quiero meter las manos en ella, aunque se me quemen.
No estoy dispuesto a renunciar a nada, porque no creo que sea legítimo privarme de nada de lo que soy, así como tampoco sería legítimo arrogarme dones que no tengo.
Mi primera novela fue de ruptura, de tanteo. Era como una ceremonia de fricción y deliberado desencuentro con todo lo que yo llevaba en mí, o más bien, con lo que yo era: el periodista, el investigador de las crónicas de Indias, el crítico de la literatura latinoamericana. Los dos últimos libros que he escrito tienden, en cambio, a explorar el camino del medio, entendiendo el medio de la manera como lo entiende Gilles Deleuze: el lugar del movimiento, del pasaje, el punto de máxima velocidad, el imprevisto y vulnerable punto por donde las cosas empujan. ¿Medio entre qué y qué, podría preguntarse? Medio o línea del medio en la que todo cabe, todo vale: en la que el lenguaje se nutre hasta de aquello que la tradición podría considerar como escoria, como no-literatura, mientras, a la vez, se afana en busca de un orden verbal, de una estructura capaz de descubrir la realidad como otra cosa: como una transfiguración o epifanía. De esa manera, el camino del medio no es la búsqueda de un promedio, de una conciliación entre contrarios sino, como también diría Deleuze, es la fruición por el exceso.
¿Qué tipo de narración se concilia con eso? ¿O mejor dicho, qué trato de construir, como narración, desde esos puntos de partida no tan heterogéneos como pudieran parecer a primera vista? Trato de escribir un relato de la historia que sea también un relato de la realidad histórica; trato (quisiera decir) de escribir la realidad. Lo que con frecuencia no me resulta fácil es que de allí se deriven goces que para mí son irrenunciables: el goce de escribir y el goce de quienes leen lo que escribo.
Escribir la realidad ha permitido que algunos de mis textos sigan también escribiéndose en la realidad. Si bien la historia nace de la realidad, hay ciertas realidades que sólo pueden nacer de la ficción.
Veamos entonces qué es lo que no hace mi narración para verificar luego aquello que sí hace; veamos, en mis dos últimos libros, qué pareciera que hace mi escritura cuando, en verdad, no tiene el menor interés en hacerlo. Mis textos últimos no son una variante heterodoxa del llamado «nuevo periodismo». El nuevo periodismo pone en escena datos de la realidad que la cuestionan pero que no la niegan; puede, acaso, dramatizar algunos detalles triviales, pero siempre es pasivo ante la realidad. Lo que el nuevo periodismo pone en duda no son los hechos sino el modo de narrar los hechos. La ficción no pertenece a ese juego. Tampoco son, mis textos últimos, un afluente testimonial de la historia. Acaso lleguen a proponer verdades iguales a las de la historia, pero siguiendo otros caminos: el camino de lo que pudo ser, el camino de lo que tal vez fue y sin embargo no se puede probar en términos académicos. He engendrado personajes ficticios que dialogan con personajes reales; he imaginado publicaciones (obviamente ficticias) que narran hechos reales y publicaciones reales que narran ficciones; he imaginado a personajes reales viviendo acontecimientos imaginarios, si bien cuando los viven están sujetos no a la lógica de la Historia sino a la lógica de la verosimilitud novelesca.
Lo que con cierta prosopopeya podría llamar entonces «mi proyecto» es un acto de pequeña audacia: quisiera convertir el presente en una fábula, dentro de la cual los personajes históricos pueden establecer una relación dialéctica con la imaginación. Procuro, como ya he dicho, que mis textos sigan escribiéndose en la realidad, que sean ficciones no clausuradas. Nada que ver, entonces, con la novela histórica tradicional, aunque un proyecto de esta índole sea, por supuesto, tributario de ella.
Cada relato crea, como se sabe, su universo de relaciones, sus crepúsculos, sus lluvias, sus primaveras, su propia red de amores y de traiciones. Ese conjunto de leyes no tiene por qué ser igual a las leyes de la realidad. Su única obligación es postular una verdad que tenga valor por sí misma, que sea sentida como verdadera por el lector. Que el lector diga: he aquí otro mundo que se parece al mío, que difiere del mío, pero donde todo está en su sitio. Pero sobre todo que diga el lector: este mundo no es el de la historia, y sin embargo, lo necesito. Sin este mundo, la vida (y en consecuencia, también la historia) sería incompleta.
Lo que sí hago, entonces, es echar mano de la realidad (y no sólo de la literatura) para escribir literatura. Obviamente, hay cosas que suceden también en la literatura que me mueven a tentar formas de respuesta, por lo mismo que esas cosas forman parte de la realidad. De un modo u otro, esas cosas me afirman, por confirmación o por rechazo -da lo mismo-, en lo que podría llamarse «mi proyecto literario». Y escribo, también, desde una frontera genérica, desde cierto margen u orilla de los géneros donde todo se mezcla (el periodismo, las fábulas narrativas, la ópera, los libretos de cine, los expedientes judiciales) y donde cada paso entraña un cierto riesgo, un tanteo, una provocación.
Lo importante es cuales textos imponen un cambio, un paso al frente o al costado, con relación a Roberto Arlt, a Macedonio, a Borges o a Cortázar. están abriendo brechas de lenguaje que parecieran resonar de una manera nueva. Pero, ¿cómo llamar definitivas a esas impresiones cuando nada es definitivo en este magma donde andamos?
¿Desde dónde escribo? Escribo desde lo que desconozco, desde lo que no comprendo, desde lo que me afecta (es decir, siguiendo la vieja etimología de la palabra, desde aquello que de algún modo me rehace). Escribo para reconocer esos desconocimientos que están allí y ante los que no quisiera permanecer ciego. Lo hago para imponerme una cierta lucidez, para negarme al desconcierto. Y también, sobre todo, escribo desde aquí, desde esta realidad a la que pertenezco: no tanto desde la realidad que leo sino desde la realidad que vivo. Mi materia es la infinita vida que me sorprende ahora y que no podría apresar si no estuviera con los sentidos en estado de alerta.
No coincido (o como dirían en el Caribe, no me hallo) con el viejo lema deconstruccionista según el cual todo texto debe suspender casi por completo su aspecto referencial. No quiero suspender nada, no quiero renunciar a nada que prive a mi lenguaje de todos los recursos y las técnicas que ese lenguaje ha ido aprendiendo a fuerza de ejercitarse cotidianamente, a fuerza de afilarse y de buscarse a sí mismo. No quiero castrar a ese lenguaje de la pasión investigadora que se le adhirió al pasar por el periodismo, ni de la fiebre visual que se le contagió al escribir cine o textos sobre cine; no quiero privarlo de los sobresaltos que lo transfiguran cuando oye música, ve un tríptico de Hyeronimus Bosch o reconoce el habla de su infancia en los campos de Tucumán; no quiero tampoco obligarlo a olvidar el paisaje de las teorías críticas que le han movido los meridianos de la inteligencia, aquí o afuera. No quiero, en fin, escribir fuera de la historia, ni lejos, ni simulando que no me concierne. Quiero meter las manos en ella, aunque se me quemen.
No estoy dispuesto a renunciar a nada, porque no creo que sea legítimo privarme de nada de lo que soy, así como tampoco sería legítimo arrogarme dones que no tengo.
Mi primera novela fue de ruptura, de tanteo. Era como una ceremonia de fricción y deliberado desencuentro con todo lo que yo llevaba en mí, o más bien, con lo que yo era: el periodista, el investigador de las crónicas de Indias, el crítico de la literatura latinoamericana. Los dos últimos libros que he escrito tienden, en cambio, a explorar el camino del medio, entendiendo el medio de la manera como lo entiende Gilles Deleuze: el lugar del movimiento, del pasaje, el punto de máxima velocidad, el imprevisto y vulnerable punto por donde las cosas empujan. ¿Medio entre qué y qué, podría preguntarse? Medio o línea del medio en la que todo cabe, todo vale: en la que el lenguaje se nutre hasta de aquello que la tradición podría considerar como escoria, como no-literatura, mientras, a la vez, se afana en busca de un orden verbal, de una estructura capaz de descubrir la realidad como otra cosa: como una transfiguración o epifanía. De esa manera, el camino del medio no es la búsqueda de un promedio, de una conciliación entre contrarios sino, como también diría Deleuze, es la fruición por el exceso.
¿Qué tipo de narración se concilia con eso? ¿O mejor dicho, qué trato de construir, como narración, desde esos puntos de partida no tan heterogéneos como pudieran parecer a primera vista? Trato de escribir un relato de la historia que sea también un relato de la realidad histórica; trato (quisiera decir) de escribir la realidad. Lo que con frecuencia no me resulta fácil es que de allí se deriven goces que para mí son irrenunciables: el goce de escribir y el goce de quienes leen lo que escribo.
Escribir la realidad ha permitido que algunos de mis textos sigan también escribiéndose en la realidad. Si bien la historia nace de la realidad, hay ciertas realidades que sólo pueden nacer de la ficción.
Veamos entonces qué es lo que no hace mi narración para verificar luego aquello que sí hace; veamos, en mis dos últimos libros, qué pareciera que hace mi escritura cuando, en verdad, no tiene el menor interés en hacerlo. Mis textos últimos no son una variante heterodoxa del llamado «nuevo periodismo». El nuevo periodismo pone en escena datos de la realidad que la cuestionan pero que no la niegan; puede, acaso, dramatizar algunos detalles triviales, pero siempre es pasivo ante la realidad. Lo que el nuevo periodismo pone en duda no son los hechos sino el modo de narrar los hechos. La ficción no pertenece a ese juego. Tampoco son, mis textos últimos, un afluente testimonial de la historia. Acaso lleguen a proponer verdades iguales a las de la historia, pero siguiendo otros caminos: el camino de lo que pudo ser, el camino de lo que tal vez fue y sin embargo no se puede probar en términos académicos. He engendrado personajes ficticios que dialogan con personajes reales; he imaginado publicaciones (obviamente ficticias) que narran hechos reales y publicaciones reales que narran ficciones; he imaginado a personajes reales viviendo acontecimientos imaginarios, si bien cuando los viven están sujetos no a la lógica de la Historia sino a la lógica de la verosimilitud novelesca.
Lo que con cierta prosopopeya podría llamar entonces «mi proyecto» es un acto de pequeña audacia: quisiera convertir el presente en una fábula, dentro de la cual los personajes históricos pueden establecer una relación dialéctica con la imaginación. Procuro, como ya he dicho, que mis textos sigan escribiéndose en la realidad, que sean ficciones no clausuradas. Nada que ver, entonces, con la novela histórica tradicional, aunque un proyecto de esta índole sea, por supuesto, tributario de ella.
Cada relato crea, como se sabe, su universo de relaciones, sus crepúsculos, sus lluvias, sus primaveras, su propia red de amores y de traiciones. Ese conjunto de leyes no tiene por qué ser igual a las leyes de la realidad. Su única obligación es postular una verdad que tenga valor por sí misma, que sea sentida como verdadera por el lector. Que el lector diga: he aquí otro mundo que se parece al mío, que difiere del mío, pero donde todo está en su sitio. Pero sobre todo que diga el lector: este mundo no es el de la historia, y sin embargo, lo necesito. Sin este mundo, la vida (y en consecuencia, también la historia) sería incompleta.
Lo que sí hago, entonces, es echar mano de la realidad (y no sólo de la literatura) para escribir literatura. Obviamente, hay cosas que suceden también en la literatura que me mueven a tentar formas de respuesta, por lo mismo que esas cosas forman parte de la realidad. De un modo u otro, esas cosas me afirman, por confirmación o por rechazo -da lo mismo-, en lo que podría llamarse «mi proyecto literario». Y escribo, también, desde una frontera genérica, desde cierto margen u orilla de los géneros donde todo se mezcla (el periodismo, las fábulas narrativas, la ópera, los libretos de cine, los expedientes judiciales) y donde cada paso entraña un cierto riesgo, un tanteo, una provocación.
Lo importante es cuales textos imponen un cambio, un paso al frente o al costado, con relación a Roberto Arlt, a Macedonio, a Borges o a Cortázar. están abriendo brechas de lenguaje que parecieran resonar de una manera nueva. Pero, ¿cómo llamar definitivas a esas impresiones cuando nada es definitivo en este magma donde andamos?
Tomás Eloy Martínez
La Gaceta Literaria, La Gaceta de Tucumán
Ficciones Verdaderas.
Carmen Perilli
Las ficciones de Tomás Eloy Martínez trabajan con dos gestos, la noticia y el mito. Proponen un diálogo entre la memoria y el olvido, la vida y la muerte, la historia y el mito. Después de las primeras poesías, Sagrado rescata la memoria de un Tucumán mitológico, donde el tiempo se transforma en quietud y las voces de las tías en susurros detrás de los visillos. El autor considera este libro "una ceremonia de fricción y deliberado desencuentro con todo lo que yo llevaba en mí, o más bien, con lo que yo era: el periodista, el investigador de las crónicas de Indias, el crítico de la literatura latinoamericana". Años más tarde aparecerá La mano del amo, una novela donde el escritor se transforma en sociólogo del imaginario provincial. Carmona vive oprimido en un mundo donde lo familiar es siniestro, separado del resto del mundo por una herida, la Zanja de Alsina. Estas novelas pueden ser leídas en contrapunto, en el pasaje de un universo hierático a la esperpéntica representación de un drama.El periodismo y la literaturaEl periodismo y la literatura se alimentan mutuamente. Tomás no sutura ni homogeneiza las palabras de los otros: las deja en libertad. Sus novelas más importantes surgen a lo largo de muchos años de investigación. En ellas explora lo que llama el "sueño argentino", "el lugar común, la muerte", obsesiones de un imaginario nacional. La novela de Perón es la respuesta literaria a Las memorias de Juan Perón recogidas en el semanario Panorama. Un libro polemiza con el otro, lo hace desde la imaginación. La novela se construye con todas las versiones y se abre a múltiples significaciones. En el espacio narrativo hay dos géneros en juego: la ficción y el testimonio. El uso del "de" en el título es ambiguo. Como posesivo funda un simulacro de propiedad que parece eludir el nombre del autor sustituyéndolo por el del personaje. Hay al menos tres posibilidades: la biografía, la autobiografía y el mito. El escritor pasa de mediador a autor. Dramatiza el encuentro entre dos figuraciones de periodistas: Zamora y Tomás Eloy Martínez. Este último afirma: "Por una vez quiero ser el personaje principal de mi vida. No sé cómo. Quiero contar lo no escrito, limpiarme de lo no contado, desarmarme de la historia para poder armarme al fin con la verdad".Santa Evita y El cantor de tangoSanta Evita es una biografía y una tanatografía. En el centro de la novela está la muerte, un cadáver multiplicado en textos y cuerpos. Desde la Eva-muñeca de Borges en El Simulacro hasta la fascinante protagonista de la ópera de Tim Rice y Andrew Lloyd Weber o la figura travestida en Copi. Pero sobre todo Esa Mujer, de Rodolfo Walsh. Las historias se mezclan: la de Eva, la de su cadáver, la del militar Moori Koenig y la de Tomás Eloy Martínez. El narrador nos dice: "Acumulé ríos de fichas y relatos que podrían llenar todos los espacios inexplicados de lo que, después, iba a ser mi novela. Por ahí los dejé, saliéndose de la historia, porque yo amo los espacios inexplicados". Y en ese inacabamiento está la autonomía del texto que se rehace en cada lectura.Las últimas novelas han tomado diferentes caminos. El vuelo de la reina es la historia de la obsesión de Camargo, especie de Citizen Kane, poderoso editor, que convierte las pasiones y las acciones en formas de poder en un país desmantelado por el neoliberalismo. La historia está escrita desde el final como relato policial, entretejido con filmes de los años 50. Además de los recuerdos del protagonista -la infancia tucumana y la adolescencia porteña-, la acción se sitúa en tres tiempos: 1997, 2000 y 2003. El cantor de tango, de enigmático título, es una novela de búsqueda. No sólo del crítico norteamericano y del cantor sino del autor y del lector. La exploración admite varios planos: la persecución del cantor y el encuentro con la ciudad que es una y muchas ciudades, las de la historia y las de la literatura. La escritura dibuja la ciudad dentro de la ciudad, repone la historia. "Sólo una ciudad que ha renegado tanto de la belleza puede tener, ante la adversidad, una belleza tan sobrecogedora". En todos estos alucinantes relatos hay un elemento común: la muerte impune.Ficciones verdaderasLa mayoría de las novelas pueden definirse como "ficciones verdaderas", ficciones que, según el escritor, parten de un dato de la realidad que suscita en el narrador el interés no por el episodio en sí sino por la red de significaciones que desata. Tomás Eloy mantiene un largo diálogo con las sombras de su historia y las de la historia nacional. Se refiere a su proyecto literario como "un acto de pequeña audacia: quisiera convertir el presente en una fábula, dentro de la cual los personajes históricos pueden establecer una relación dialéctica con la imaginación. Procuro, como ya he dicho, que mis textos sigan escribiéndose en la realidad, que sean ficciones no clausuradas".El tucumano construye un espacio de encuentro entre los discursos de la cultura "ilustrada" y la cultura masiva y popular. Preserva intacta la seducción de géneros como el folletín, el policial y la crónica: la aprovecha para abrir una grieta dando vuelta significaciones, armando metáforas que los expanden más allá de sus límites y los dotan de la sutil materialidad de la literatura.
domingo, 10 de enero de 2010
Los Reyes Magos, esos desconocidos de Umberto Eco

Estos últimos días, he asistido casi por casualidad a dos episodios interesantes: una quinceañera hojeaba muy interesada un libro de reproducciones de arte y otros dos quinceañeros visitaban (fascinados) el Louvre. Los tres habían nacido y habían sido educados en países rigurosamente laicos y en familias no creyentes. Por eso, cuando veían "La balsa de la Medusa" entendían que unos desgraciados acababan de escapar de un naufragio, o que los dos personajes de Francesco Hayez que se ven en la Academia de Brera eran dos enamorados, pero no conseguían comprender por qué el Beato Angélico representó a una chica hablando con un marica con alas o por qué un señor trastornado bajaba a trompicones una montaña llevando a cuestas dos losas de piedra muy pesadas y emanando rayos luminosos por los cuernos.Naturalmente los chicos reconocían algo en una Natividad o en una Crucifixión, porque ya habían visto algo parecido pero, si en el pesebre se introducía a tres señores con manto y corona, ya no sabían quiénes eran ni de dónde venían. Es verdad que esto también le pasaba a Mateo, pero no es éste el punto. Es imposible entender digamos tres cuartos del arte occidental si no se conocen los hechos del Antiguo y del Nuevo Testamento y las historias de los santos.¿Quién es la chica con los ojos sobre un platito de plata? ¿Sale de la noche de los muertos vivientes? Y un caballero que corta por la mitad una prenda de vestir, ¿está haciendo una campaña anti-Armani? Sucede que, en muchas situaciones culturales, chicos y chicas aprenden en el colegio todo sobre la muerte de Héctor y nada sobre la de San Sebastián, todo sobre las bodas de Cadmo y Harmonía pero nada sobre las bodas de Caná. En algunos países hay una fuerte tradición de lectura de la Biblia, y los niños se lo saben todo sobre el becerro de oro, y nada sobre el lobo de San Francisco. En otros sitios se los ha embutido de Via Crucis y han quedado a oscuras de la "mulier amicta solis" del Apocalipsis.Ahora bien, lo peor sucede, obviamente, cuando un occidental (y no sólo los quinceañeros) tienen que vérselas con representaciones de otras culturas, cada vez más presentes puesto que la gente viaja a países exóticos mientras los habitantes de esos países vienen a instalarse aquí. No hablo de las reacciones perplejas de un occidental ante una máscara africana, o de sus risas ante esos Budas oprimidos por la celulitis (que además, si se lo preguntamos, estarán dispuestos a contestar que Buda es el dios de los orientales tal y como Mahoma es el dios de los musulmanes). Lo peor es que muchos de nuestros vecinos de casa estarían dispuestos a pensar que la fachada de un templo hindú ha sido diseñada por un comunista para representar lo que sucedía en los festines que Silvio Berlusconi daba en sus villas, y menean la cabeza cuando ven que los mismos hindúes se toman en serio a un señor en cuclillas con cabeza de elefante, sin darse cuenta de que ellos no encuentran nada extraño en una persona divina representada como una paloma. Por lo tanto, más allá de cualquier consideración religiosa, e incluso desde el punto de vista más laico del mundo, es necesario que los chicos en el colegio reciban una información básica sobre ideas y tradiciones de las distintas religiones. Pensar que no es necesario equivale a decir que no hay que enseñarles quiénes eran Zeus o Atenea porque eran sólo cuentos para las viejecillas del Pireo. Pero claro, querer resolver la educación de las religiones con la educación de una sola religión (por poner un ejemplo, la católica en Italia) es culturalmente peligroso porque, por una parte, no se puede impedir que no asistan a esa hora los alumnos que no creen o los hijos de los no creyentes, con lo que se pierden un mínimo de elementos culturales fundamentales; y, por la otra parte, se excluye de la educación religiosa toda alusión a otras tradiciones religiosas.No sólo, la hora de religión católica puede transformarse en un espacio de discusión ética, absolutamente respetable, sobre los deberes hacia nuestros semejantes o sobre la esencia de la fe, pasando por alto esas noticias que nos permiten distinguir una Fornarina de una Magdalena arrepentida. También es verdad que los de mi generación estudiamos todo sobre Homero y nada sobre el Pentateuco; en el bachillerato nos enseñaban todo sobre Burchiello y nada sobre Shakespeare, y recibimos pésimas lecciones de historia del arte pero aun así hemos conseguido sobrevivir, porque evidentemente había algo en el aire que nos hacía llegar estímulos y noticias. Pero esos tres quinceañeros de los que hablaba, que no sabían reconocer a los Reyes Magos, me sugieren que también el aire nos transmite cada vez menos informaciones útiles, y cada vez más informaciones absolutamente inútiles. Que los Reyes Magos mantengan sus seis santas manos sobre nuestras cabezas. Copyright New York Times Syndicate, 2010.
Diario Clarín, 6 de enero de 2010
domingo, 20 de diciembre de 2009
Los dueños de los libros
De cómo los libros pueden tener dueños
En 2001, estando en Mar del Plata, un librero me recomendó La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón. Confieso ser una lectora omnívora, y reconozco que el libro me produjo un placer inmediato y me amarró desde las primeras líneas. A lo largo de más de doscientas páginas se mezclan todo tipo de fórmulas de géneros masivos: melodrama, aventuras, policial, relato de aprendizaje, con un sabroso agregado: el héroe se movía en una gótica Barcelona, compuesta por lectores, escritores y libros... y casas viejas llenas de tesoros. En el comienzo, como símil de la biblioteca de Borges y custodiado por el fiel Isaac, un “Cementerio de Libros Olvidados”. El joven Daniel Sempere encuentra allí La sombra del viento, de Julián Carax. Antes, como si lo presintiera, el padre, un sabio y viejo librero, le advierte: “Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?”.A primera vista una defensa de la lectura en un mundo hostil, la España del franquismo, con reflexiones, casi excesivas, sobre el futuro de los libros. La fascinación del lector se sostiene menos en la descuidada narración, llena de galicismos y según la cual Bogotá es la capital de Venezuela, que en el “flujo”, casi en un sentido televisivo, de los acontecimientos, que no dejan casi detenerse. La ficción está concebida casi góticamente en términos de luces y sombras en una ciudad prodigiosa en las primeras décadas del siglo XX.
La nueva novelaEn La casa del ángel la acumulación de elementos es mayor y los recursos se duplican hasta llenar agobiantes 667 páginas. La mezcla de géneros se exaspera, al punto que el lector se siente desorientado todo el tiempo acerca de si se encuentra ante una novela policial o frente a una historia de terror. Cuando creemos que resulta imposible que aparezcan nuevos elementos, Ruiz Zafón nos sorprende, como en las telenovelas, con un nuevo giro. El delirante diseño narrativo acude a continuos golpes de efecto y nos abruma con laberintos, desdoblamientos, exageraciones, reconocimientos. Un remoto y traicionado modelo está en Grandes Esperanzas, de Charles Dickens, el libro que acompaña al protagonista. David Martín, un joven periodista que nació con el siglo, se inicia en la literatura a través del periodismo. La novela es pródiga en figuraciones del mundo de los escritores y también del mundo editorial. Martín, obligado por su situación, se convertirá en un escritor por encargo de una serie folletinesca de nombre altisonante La ciudad de los malditos. Todo cambia cuando se muda a una antigua casa y se cruza en su camino un misterioso personaje, Andreas Corelli, sombra del Mefistófeles del Fausto, que le encarga un misterioso libro religioso. Martín descubrirá, a través de múltiples enredos, la trama siniestra que se esconde detrás de este mandato. También acá un librero, de apellido Sempere, es su amigo y muere defendiendo su novela, “porque los libros tenían alma, el alma de quien los había escrito y de quienes los habían leído y soñado con ellos”. El relato, casi kitsch, nos regala una prosa tosca, regada de casticismos, de gran velocidad, que enhebra todo tipo de acontecimientos. No faltan la historia de amor maldito ni, como broche final, un desenlace inusitado. Carlos Ruiz Zafón, escritor de guiones para Hollywood, ha afirmado que la mejor literatura está hoy en la televisión. Lo cierto es que, a pesar de la profesión de fe en los libros que parecen encerrar estas dos novelas, su verdadero modelo está en la reformulación que los medios masivos hacen de los géneros narrativos tradicionales, que le garantizan, a través de la repetición, la “ facilidad” del recorrido al consumidor. La figura de Ignatius B. Samson, el “autor fantasma” de folletines, es un espejo del autor. La narrativa española del siglo XX, quizá por el tardío ingreso en la modernidad que supuso el franquismo, dio un salto abismal al mundo del mercado. Juan Goytisolo habla de desertificación. Las industrias editoriales españolas, que ya habían celebrado lo que unos críticos llaman “la llegada de los bárbaros” (el boom latinoamericano) buscan el grial editorial. Casos como los de Antonio Muñoz Molina y Arturo Pérez Reverte son acompañados por la mismísima Academia. En ese horizonte no hay gestos, ya que el lector es visto como consumidor, y el libro, como producto. El éxito de los libros de Carlos Ruiz Zafón no es casual; tiene antecedentes en fenómenos como El Código Da Vinci y Harry Potter... y muchas aristas. Aunque no quepan dudas de que estos libros irán a parar al Cementerio de Libros Olvidados. © LA GACETA
CARMEN PERILLI
En 2001, estando en Mar del Plata, un librero me recomendó La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón. Confieso ser una lectora omnívora, y reconozco que el libro me produjo un placer inmediato y me amarró desde las primeras líneas. A lo largo de más de doscientas páginas se mezclan todo tipo de fórmulas de géneros masivos: melodrama, aventuras, policial, relato de aprendizaje, con un sabroso agregado: el héroe se movía en una gótica Barcelona, compuesta por lectores, escritores y libros... y casas viejas llenas de tesoros. En el comienzo, como símil de la biblioteca de Borges y custodiado por el fiel Isaac, un “Cementerio de Libros Olvidados”. El joven Daniel Sempere encuentra allí La sombra del viento, de Julián Carax. Antes, como si lo presintiera, el padre, un sabio y viejo librero, le advierte: “Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?”.A primera vista una defensa de la lectura en un mundo hostil, la España del franquismo, con reflexiones, casi excesivas, sobre el futuro de los libros. La fascinación del lector se sostiene menos en la descuidada narración, llena de galicismos y según la cual Bogotá es la capital de Venezuela, que en el “flujo”, casi en un sentido televisivo, de los acontecimientos, que no dejan casi detenerse. La ficción está concebida casi góticamente en términos de luces y sombras en una ciudad prodigiosa en las primeras décadas del siglo XX.
La nueva novelaEn La casa del ángel la acumulación de elementos es mayor y los recursos se duplican hasta llenar agobiantes 667 páginas. La mezcla de géneros se exaspera, al punto que el lector se siente desorientado todo el tiempo acerca de si se encuentra ante una novela policial o frente a una historia de terror. Cuando creemos que resulta imposible que aparezcan nuevos elementos, Ruiz Zafón nos sorprende, como en las telenovelas, con un nuevo giro. El delirante diseño narrativo acude a continuos golpes de efecto y nos abruma con laberintos, desdoblamientos, exageraciones, reconocimientos. Un remoto y traicionado modelo está en Grandes Esperanzas, de Charles Dickens, el libro que acompaña al protagonista. David Martín, un joven periodista que nació con el siglo, se inicia en la literatura a través del periodismo. La novela es pródiga en figuraciones del mundo de los escritores y también del mundo editorial. Martín, obligado por su situación, se convertirá en un escritor por encargo de una serie folletinesca de nombre altisonante La ciudad de los malditos. Todo cambia cuando se muda a una antigua casa y se cruza en su camino un misterioso personaje, Andreas Corelli, sombra del Mefistófeles del Fausto, que le encarga un misterioso libro religioso. Martín descubrirá, a través de múltiples enredos, la trama siniestra que se esconde detrás de este mandato. También acá un librero, de apellido Sempere, es su amigo y muere defendiendo su novela, “porque los libros tenían alma, el alma de quien los había escrito y de quienes los habían leído y soñado con ellos”. El relato, casi kitsch, nos regala una prosa tosca, regada de casticismos, de gran velocidad, que enhebra todo tipo de acontecimientos. No faltan la historia de amor maldito ni, como broche final, un desenlace inusitado. Carlos Ruiz Zafón, escritor de guiones para Hollywood, ha afirmado que la mejor literatura está hoy en la televisión. Lo cierto es que, a pesar de la profesión de fe en los libros que parecen encerrar estas dos novelas, su verdadero modelo está en la reformulación que los medios masivos hacen de los géneros narrativos tradicionales, que le garantizan, a través de la repetición, la “ facilidad” del recorrido al consumidor. La figura de Ignatius B. Samson, el “autor fantasma” de folletines, es un espejo del autor. La narrativa española del siglo XX, quizá por el tardío ingreso en la modernidad que supuso el franquismo, dio un salto abismal al mundo del mercado. Juan Goytisolo habla de desertificación. Las industrias editoriales españolas, que ya habían celebrado lo que unos críticos llaman “la llegada de los bárbaros” (el boom latinoamericano) buscan el grial editorial. Casos como los de Antonio Muñoz Molina y Arturo Pérez Reverte son acompañados por la mismísima Academia. En ese horizonte no hay gestos, ya que el lector es visto como consumidor, y el libro, como producto. El éxito de los libros de Carlos Ruiz Zafón no es casual; tiene antecedentes en fenómenos como El Código Da Vinci y Harry Potter... y muchas aristas. Aunque no quepan dudas de que estos libros irán a parar al Cementerio de Libros Olvidados. © LA GACETA
CARMEN PERILLI
Dos escritores en dos lenguas
La potente literatura hispano- caribeña en EEUU puede clasificarse en dos categorías: los escritores emigrantes y los nacidos o criados en EEUU hijos de emigrantes que escriben en inglés y son traducidos. En esta última se encuentran el dominicano Junot Díaz y el norteamericano peruano Daniel Alarcón. Aunque la frontera siga siendo una cicatriz que separa el Norte del Sur, la lengua y la cultura la cruzan continuamente.
La escritora chicana Gloria Anzaldúa en Borderlands/La Frontera, desafía: “Deslenguadas. Somos los del español deficiente. We are your linguistic nightmare “Una pesadilla lingüística, una aberración cultural, es una de las formas de existencia de un mundo globalizado. Las historias de Alarcón y Díaz, tienen una multicultural. En la novela Radio Ciudad Perdida de Alarcón, antropólogo y cronista, la radio es el medio por el que se comunican los habitantes fantasmales de una nación devastada por la guerra, el Perú. Junot Díaz, ganador del Premio Pulitzer, escribe la novela La maravillosa vida breve de Óscar Wao, un texto que reproduce el ritmo y el humor de la cultura caribeña, mezclando enguas en cada frase. La historia del obeso negro nerd- Negro", "negro" y (otra vez) "negro". - afectado por la maldición del Fukú, no nos permite dejar de leer. Como en el caso de Julia Álvarez trae, a través de la historia de las mujeres de la familia, la historia de Trujillo, en un texto lleno de notas explicativas. Se puede leer como parodia a La Fiesta del Chivo. Los dos escritores habitan en ese” fuera de lugar” que se ha tornado frecuente en una cultura global.
Carmen Perilli
La escritora chicana Gloria Anzaldúa en Borderlands/La Frontera, desafía: “Deslenguadas. Somos los del español deficiente. We are your linguistic nightmare “Una pesadilla lingüística, una aberración cultural, es una de las formas de existencia de un mundo globalizado. Las historias de Alarcón y Díaz, tienen una multicultural. En la novela Radio Ciudad Perdida de Alarcón, antropólogo y cronista, la radio es el medio por el que se comunican los habitantes fantasmales de una nación devastada por la guerra, el Perú. Junot Díaz, ganador del Premio Pulitzer, escribe la novela La maravillosa vida breve de Óscar Wao, un texto que reproduce el ritmo y el humor de la cultura caribeña, mezclando enguas en cada frase. La historia del obeso negro nerd- Negro", "negro" y (otra vez) "negro". - afectado por la maldición del Fukú, no nos permite dejar de leer. Como en el caso de Julia Álvarez trae, a través de la historia de las mujeres de la familia, la historia de Trujillo, en un texto lleno de notas explicativas. Se puede leer como parodia a La Fiesta del Chivo. Los dos escritores habitan en ese” fuera de lugar” que se ha tornado frecuente en una cultura global.
Carmen Perilli
A propósito de "Cine" de Juan Martini
Juan Martini, Cine, Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora, 2009-.
El recurso a la imagen es una constante en la narrativa de Martini, en cuya obra se reiteran tópicos de Adolfo Bioy Casares. Un amigo me señaló que Martini era el último modernista. Quizá la aseveración sea un tanto fuerte, pero lo cierto es que su obra se asienta sobre una fuerte afirmación del valor de la literatura. En Cine, el protagonista, Sívori, un director de cine, debe armar un guión sobre el peronismo. Aunque no le interesa porque cree que no se puede agregar nada, ni siquiera saber quién es Eva, mucho menos su biografía”. Eva Perón aparece en otras novelas de Martini.
Se trata de un libro sobre el tiempo y la forma en la que se puede leer el pasado. El profesor de cine europeo prefiere hacer “una película sobre el tiempo”. O sea construir una Eva, alejada del museo, “reinterpretada por otra época, no la suya sino esta”. En el presente el autor se debate entre dos enigmáticas mujeres traductoras: Pina Bosch, la mujer de enfrente y Carola Holms, la “otra” mujer. El guión se sostiene en el diálogo entre las actrices Eva Duarte y Rita Molina,. Toda la acción, transcurre la víspera de la liberación del general el 17 de octubre de 1945, en un departamento de la calle Posadas.
El texto escenifica la reconstrucción de una época y una subjetividad a través de una mirada doble. “Sívori es un hombre que debe mirar “ ya que las figuras del pasado están íntimamente relacionadas con las figuras del presente. Los desdoblamientos son infinitos: remiten a Mulholland Drive de David Lynch. La narración incluye una vasta, por momentos excesiva, enciclopedia.
El cineasta pasea por una ciudad donde las estatuas reproducen a la naturaleza, Calles y plazas son objeto de lecturas históricas. El escritor es el paseante que arma otra ciudad a partir de las alusiones. Al mismo tiempo es el mirón, , el espectador que se apropia de las vida ajenas . Los “escenas no incluidas”, caen fuera de la novela y sirven para retomar líneas no concluidas.
Martini escribe una novela sobre la mirada, que sostiene una palabra vacilante que intenta construir una historia. El epígrafe de Stendhal proclama “¿Cuál es el ojo que puede verse a sí mismo?”. Martini se pronuncia por una literatura de resistencia: “si no borran del mapa de una vez y para siempre a la creación artística, a la poesía, a la ética, a una literatura que seguirá escribiendo en definitiva no contra el mercado sino a favor de ella misma, entonces esa resistencia sin concesiones podría en cualquier momento imaginarse y constituirse, nuevamente y otra vez, en utopía”.
Carmen Perilli
El recurso a la imagen es una constante en la narrativa de Martini, en cuya obra se reiteran tópicos de Adolfo Bioy Casares. Un amigo me señaló que Martini era el último modernista. Quizá la aseveración sea un tanto fuerte, pero lo cierto es que su obra se asienta sobre una fuerte afirmación del valor de la literatura. En Cine, el protagonista, Sívori, un director de cine, debe armar un guión sobre el peronismo. Aunque no le interesa porque cree que no se puede agregar nada, ni siquiera saber quién es Eva, mucho menos su biografía”. Eva Perón aparece en otras novelas de Martini.
Se trata de un libro sobre el tiempo y la forma en la que se puede leer el pasado. El profesor de cine europeo prefiere hacer “una película sobre el tiempo”. O sea construir una Eva, alejada del museo, “reinterpretada por otra época, no la suya sino esta”. En el presente el autor se debate entre dos enigmáticas mujeres traductoras: Pina Bosch, la mujer de enfrente y Carola Holms, la “otra” mujer. El guión se sostiene en el diálogo entre las actrices Eva Duarte y Rita Molina,. Toda la acción, transcurre la víspera de la liberación del general el 17 de octubre de 1945, en un departamento de la calle Posadas.
El texto escenifica la reconstrucción de una época y una subjetividad a través de una mirada doble. “Sívori es un hombre que debe mirar “ ya que las figuras del pasado están íntimamente relacionadas con las figuras del presente. Los desdoblamientos son infinitos: remiten a Mulholland Drive de David Lynch. La narración incluye una vasta, por momentos excesiva, enciclopedia.
El cineasta pasea por una ciudad donde las estatuas reproducen a la naturaleza, Calles y plazas son objeto de lecturas históricas. El escritor es el paseante que arma otra ciudad a partir de las alusiones. Al mismo tiempo es el mirón, , el espectador que se apropia de las vida ajenas . Los “escenas no incluidas”, caen fuera de la novela y sirven para retomar líneas no concluidas.
Martini escribe una novela sobre la mirada, que sostiene una palabra vacilante que intenta construir una historia. El epígrafe de Stendhal proclama “¿Cuál es el ojo que puede verse a sí mismo?”. Martini se pronuncia por una literatura de resistencia: “si no borran del mapa de una vez y para siempre a la creación artística, a la poesía, a la ética, a una literatura que seguirá escribiendo en definitiva no contra el mercado sino a favor de ella misma, entonces esa resistencia sin concesiones podría en cualquier momento imaginarse y constituirse, nuevamente y otra vez, en utopía”.
Carmen Perilli
domingo, 6 de diciembre de 2009
Homenaje a José Emilio Pacheco
LA GACETA Literaria
José Emilio Pacheco, Premio Cervantes 2009
Domingo 6 de Diciembre de 2009 Esta semana se anunció que el mayor galardón de las letras españolas quedó en manos del poeta mexicano, un verdadero viajero del siglo. Por Carmen Perilli, para LA GACETA, Tucumán.
Los premios tienen la virtud de convocar a la lectura, más allá de las consagraciones. El Premio Cervantes otorgado a José Emilio Pacheco pone en el escenario una de las más grandes figuras de la literatura latinoamericana. Su escritura, que ha incursionado en la poesía, el ensayo y la narrativa, está obsesionada por el paso del tiempo y los efectos de la historia: "A mí sólo me importa / el testimonio / del momento que pasa / las palabras / que dicta en su fluir / el tiempo en vuelo". El poeta se somete y somete a la época que le ha tocado vivir a severo escrutinio, sin olvidar al cronista. Un crítico afirma que es uno de los grandes románticos del siglo XXI, ya que si bien trabaja la épica, revela las energías del sujeto, distanciándose de las repeticiones. Su relación con México es ambigua y entrañable "No amo mi Patria. Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) daría la vida / por diez lugares suyos, cierta gente". En su gran novela, Las batallas en el desierto, afirma: "Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia". Con tono escéptico, plantea una poética que reivindica el encuentro: "Llamo poesía a ese lugar del encuentro / con la experiencia ajena. El lector, la lectora / harán o no el poema que tan sólo he esbozado. / No leemos a otros: nos leemos en ellos...". El trabajo del poeta se adensa en otros escritores; no teme a las referencias culturales de todo tipo. Margo Glantz habla de una literatura de incisión, México, que para algunos era la región donde el aire era sobre todo transparente, "se convierte en una metáfora escatológica, en una región infestada donde los hombres pierden su humanidad y se apelmazan".Poco a poco su poesía se torna fragmentaria y testimonial, reconocemos en ella los tonos conversacionales de Sabines, Parra o Gelman. En sus últimos poemarios ha renunciado a una poesía que sea "el espejo de armonía". El aeda retoma las palabras de Jorge Manrique: "La mar no es el morir / sino la eterna circulación de las transformaciones". Su palabra se transforma continuamente hasta el despojo, para grabar indeleble "la tinta de la memoria" ya que "la desnudez sigue intacta / como al principio del mundo" y siente que a los pasajeros del siglo XXI "sólo legamos una red de agujeros".© LA GACETACarmen Perilli - Profesora de Literatura Hispanoamericana de la Universidad Nacional de Tucumán.
José Emilio Pacheco, Premio Cervantes 2009
Domingo 6 de Diciembre de 2009 Esta semana se anunció que el mayor galardón de las letras españolas quedó en manos del poeta mexicano, un verdadero viajero del siglo. Por Carmen Perilli, para LA GACETA, Tucumán.
Los premios tienen la virtud de convocar a la lectura, más allá de las consagraciones. El Premio Cervantes otorgado a José Emilio Pacheco pone en el escenario una de las más grandes figuras de la literatura latinoamericana. Su escritura, que ha incursionado en la poesía, el ensayo y la narrativa, está obsesionada por el paso del tiempo y los efectos de la historia: "A mí sólo me importa / el testimonio / del momento que pasa / las palabras / que dicta en su fluir / el tiempo en vuelo". El poeta se somete y somete a la época que le ha tocado vivir a severo escrutinio, sin olvidar al cronista. Un crítico afirma que es uno de los grandes románticos del siglo XXI, ya que si bien trabaja la épica, revela las energías del sujeto, distanciándose de las repeticiones. Su relación con México es ambigua y entrañable "No amo mi Patria. Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) daría la vida / por diez lugares suyos, cierta gente". En su gran novela, Las batallas en el desierto, afirma: "Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia". Con tono escéptico, plantea una poética que reivindica el encuentro: "Llamo poesía a ese lugar del encuentro / con la experiencia ajena. El lector, la lectora / harán o no el poema que tan sólo he esbozado. / No leemos a otros: nos leemos en ellos...". El trabajo del poeta se adensa en otros escritores; no teme a las referencias culturales de todo tipo. Margo Glantz habla de una literatura de incisión, México, que para algunos era la región donde el aire era sobre todo transparente, "se convierte en una metáfora escatológica, en una región infestada donde los hombres pierden su humanidad y se apelmazan".Poco a poco su poesía se torna fragmentaria y testimonial, reconocemos en ella los tonos conversacionales de Sabines, Parra o Gelman. En sus últimos poemarios ha renunciado a una poesía que sea "el espejo de armonía". El aeda retoma las palabras de Jorge Manrique: "La mar no es el morir / sino la eterna circulación de las transformaciones". Su palabra se transforma continuamente hasta el despojo, para grabar indeleble "la tinta de la memoria" ya que "la desnudez sigue intacta / como al principio del mundo" y siente que a los pasajeros del siglo XXI "sólo legamos una red de agujeros".© LA GACETACarmen Perilli - Profesora de Literatura Hispanoamericana de la Universidad Nacional de Tucumán.
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