domingo, 4 de diciembre de 2011

De la biblioteca de Babel a la casa de papel -Carmen Perilli



la gaceta literaria


Domingo 4 de Diciembre de 2011 | En su relato, Borges presenta a la biblioteca como un laberinto que convierte al lector en guardián de un saber que lo excede. Pero no hay ficción que presente una fábula de biblioteca más espeluznante que la novela de Carlos María Domínguez, en la que uno de sus personajes construye una casa usando a los libros como ladrillos. Por CArmen Perilli - Para LA GACETA - Tucumán

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Una biblioteca es un sistema de objetos peculiares en un doble sentido material y simbólico. Jacques Bonnet afirma que está llena de fantasmas. El bibliófilo une el lector al coleccionista. Gérard Hadad señala que "En las antípodas del devorador del Libro que lo hace suyo, el incendiario lo vomita con horror, busca erradicarlo, rechaza todavía más su transmisión". En el relato La Biblioteca de Babel, Borges la presenta como institución intemporal e infinita que encierra la totalidad de la cultura. Un laberinto que convierte al lector en guardián de un saber que lo excede, proveniente de una fuente enigmática y exterior, y acaba por ser una metáfora del universo.

En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez reserva para los libros un lugar reducido: un cuarto donde se encuentran libros antiguos en idiomas extraños, y un manuscrito profético, un doble de la novela. Las narraciones circulan en el mundo exterior al cuarto. Si por un momento aparece la librería, esta tampoco se encuentra inserta en la cultura de Macondo. Es una librería de incunables, de un sabio que escribe en catalán, un manuscrito que nadie leerá. Curiosamente el manuscrito encerrado en el cuarto encierra las claves de la historia familiar y la sola posibilidad de reconocimiento. Aureliano es, ante todo, un Lector.

Creo que no hay ficción que presente una fábula de biblioteca más espeluznante que La casa de papel, de Carlos María Domínguez. El narrador autobiográfico es un profesor de literatura. La misteriosa muerte de una colega, atropellada mientras lee, lo enfrenta a un "desquiciado y viejo" ejemplar de La línea de sombra, de Joseph Conrad, con una singular dedicatoria que llega al correo de la difunta. El enigma lo lleva de Cambridge a Montevideo.

En la primera página leemos: Los libros cambian el destino de las personas, una afirmación que luego se invierte. En el viaje al sur, el narrador se siente intimidado por la proliferación alarmante de librerías. En Montevideo logra hablar con un amigo de Carlos Brauer, un bibliófilo desaparecido.

El temeroso coleccionista le narra, con mucha reticencia, la tragedia. La pasión irrefrenable por la biblioteca que reduce a Brauer, incapaz de desprenderse de sus libros, a vivir entre oscuros pasadizos de estantes. En su intento por organizar ese mundo no puede evitar que su pasión lo empuje a cambiar un fichero temático por un fichero "afectivo". La hybris transforma al bibliófilo en biblioclasta.

Al intentar reproducir el mundo de un libro antiguo, los cirios incendian su catálogo, una catastrófica pérdida del orden y la memoria. La respuesta es monstruosa y destructiva ya que Brauer se traslada a una playa lejana donde construye una casa de papel con libros/ladrillos, extraviando los volúmenes en una suerte de laberinto. La biblioteca es "Una obra destruida dentro de otra. No sólo encerrada. Aniquilada en el cemento".

El intrigado narrador encuentra los restos de la casa en la arena. Los lugareños vieron un hombre desesperado, gritando un nombre y acabando con la casa. Ante el reclamo de un libro, la certeza de la existencia del mismo entre el cemento se torna intolerable. Es la memoria, no el olvido, lo que derrumba todas las defensas.

La casa de papel es sólo un momento imposible. La biblioteca no está inmóvil; desde la doble condición de objeto, el texto perdura.
© LA GACETA

Carmen Perilli - Doctora en Letras, profesora de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, investigadora del Conicet.

BIBLIOGRAFÍA
- Bonnet, Jacques. Bibliotecas llenas de fantasmas, Barcelona: Anagrama, 2010.
- Borges Jorge Luis. Obras Completas, Buenos Aires: Emecé, 1974.
- Domínguez, Carlos María. La casa de papel, Buenos Aires. Alfaguara, 2004.
- García Márquez, Gabriel, Cien años de soledad, Buenos Aires: Sudamericana, 1971.
- Haddad, Gérard, Los biblioclastas. El mesías y el auto de fe, Buenos Aires: Ariel, 1993.

jueves, 1 de diciembre de 2011

No me explico Sr. Rector de Nicolás Parra

1

NO ME EXPLICO SEÑOR RECTOR

Las razones que pudo tener el Jurado
Para asignarme a mí
Que soy el último de la lista
Premio tan contundente como éste

Hay x lo menos una docena de candidatos
Que con razón se sienten postergados

Irregularidades como ésta
No debieran volver a repetirse

Yo x mi parte me querellaré
Contra quienes resulten responsables


2

ANTES NO SUCEDIAN ESTAS COSAS

Seguramente lo que + pesó
Fueron las razones de orden humanitario
Vengo saliendo x enésima vez del quirófano:
Ese maldito cáncer a la próstata:
To P or not to P
....................that is the question


3

COMO SI TODO ESTO FUERA POCO

Mi Cecilia Bolocco me tiró la cadena
Comillas
"Por andar con las patas a la rastra"

Mentiría si digo que miente:
Dentro de poco cumpliré los 100

Me cambió x un lolo de 70
De los trigos no demasiado limpios
Pero con cuenta bancaria morrocotuda

Que la verdad no quede sin ser dicha


4

NO SÉ NO SÉ

Yo pertenezco a un mundo que se fue
Yo todavía creo en el ser humano
Yo todavía creo en Dios y en el Diablo
Para decirlo todo de una vez
Yo soy
Uno de esos engendros modernistas
Que confundieron el Ser con el Ente
Ni progresista ni conservador
Sino todo lo contrario Sr. Rector:
Ecologista muerto de susto:
Una pulga en el oído del Minotauro:
¡Mi reyno x un par de muletas eléctricas!
Vivo no me pondrán en el ataúd:

Al cementerio x mis propios pies


5

ENTENDEMOS X ECOLOGISMO

Un movimiento socio-económico
Basado en la idea de armonía
Del ser humano con la naturaleza

Que lucha x una vida lúdica
Creativa pluralista Igualitaria
..................................libre de explotación

Y basada en la comunicación
Y colaboración de grandes y chicos

Muchos los problemas
..............................Una la solución:
Economía mapuche de subsistencia



6

NO SÉ SI ME EXPLICO

Lo que quiero decir es no
Más Indemnizaciones millonarias
Fuera de la que a mí naturalmente
Me corresponde x derecho propio
Las cuentas claras
& a otra cosa mariposa

Terminamos nosotros con los premios
O los premios terminan con nosotros



7

GRACIAS SEÑOR RECTOR

Es un honor muy grande para mí
No me pellizco para no despertar
Y lo recibo con una lágrima en los anteojos



Mayo 2001, La Reyna

Beatriz Sarlo en La Nación

Puede ser arcaico o puede ser peligroso
Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION
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Por decreto del Poder Ejecutivo se ha fundado el Instituto Nacional de Doctrina Histórica. Ese es el nombre real del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano "Manuel Dorrego".

Los considerandos se inspiran en la letra de una vieja canción que dice más o menos así: la oligarquía y las fuerzas antinacionales pactaron, desde Bartolomé Mitre, un relato histórico donde suceden las injuriosas falsedades que siguen: 1.- Se difama a los verdaderos grandes del pasado y se inventan o exageran las cualidades de los esbirros del imperio y las elites locales (gentuza como Sarmiento o Rivadavia, entre los más repudiables); 2.- Se oculta la acción de las masas populares en los hechos históricos; 3.- Idem, de las mujeres.

Este programa o "ideario liberal" debe ser corregido y tal será la función del Instituto de Doctrina, que no se funda, entonces, con la modesta aspiración de conocer más y mejor el pasado, sino con la de poner las cosas en su lugar. Ya se sabe quiénes fueron los héroes y los villanos. Ahora hay que difundirlo desde un organismo público.

Se podría decir mucho sobre este decreto, pero sólo diré dos cosas. La primera: el revisionismo histórico es una poderosa línea ideológica surgida en la década de 1920. Todos los historiadores profesionales conocen esos libros que, escritos con gran estilo y pasión, tuvieron repercusiones más amplias que la disciplina. Los revisionistas de los años 20 eran hombres de derecha y lamentaron que Uriburu, después del golpe de 1930, no los empleara como consejeros.

Con el paso de décadas surgió un revisionismo antiimperialista y de izquierda, con otro gran escritor, Jorge Abelardo Ramos (inspirador del joven estudiante Ernesto Laclau), que influyó en la insurgencia juvenil de los años sesenta y setenta.

Hoy, el revisionismo (que no se practica en la universidad, donde se lo estudia como se estudian las obras del pasado) es una especie de fósil que vive en el paraíso de los best-sellers. Una veta del mercado editorial con novelas buenas y malas, biografías y libros de divulgación más atractivos, sin duda, que las ponencias de los simposios de historiadores. De grupo de elite segundona, reaccionaria, católica y nostalgiosa que fueron aquellos primeros revisionistas, los de hoy son favoritos de los CEO de grandes editoriales.

No faltan razones de popularidad: su versión del pasado es simple, con malos y buenos, elites y masas, pueblos y oligarquías enfrentados en una wagneriana guerra prolongada. Todo es fácil de leer. Comparados con una página de Tulio Halperin Donghi (nuestro historiador máximo según las más variadas opiniones), diez libros revisionistas actuales suenan tan sencillos como una canción alpina.

En el decreto del gobierno hay, finalmente, un elemento más peligroso. Desde la transición democrática por lo menos, juzgada por todos los criterios de la disciplina, la historia argentina es de gran nivel. Investiga sectores populares, anarquistas y sindicalistas, movimientos campesinos, mujeres; no hace historia de "grandes hombres", no se ocupa de establecer una tabla de posiciones. Hay historiadores universitarios de todas las tendencias ideológicas, todos responden a las reglas que definen su disciplina. El gobierno pasó por alto esto (el ministro Lino Barañao debería saberlo).

El Instituto de Doctrina podría convertirse en un rincón arcaico y polvoriento. Pero también podría ser un centro que irradie su "historia" a la escuela. Allí se convertiría en algo más peligroso. Finalmente, los revisionistas desdeñados por Uriburu en 1930 podrían festejar, desde el paraíso, que el gobierno kirchnerista adopte a su descendencia

Pacho O Donnel en Pagina 12

EL PAIS › PACHO O’DONNELL ANTE LA POLEMICA POR EL INSTITUTO DE REVISIONISMO HISTORICO
“Historia nacional y popular”
El director del Instituto Manuel Dorrego defendió la “necesidad de una historia” que contrapese la visión “oligárquica, porteñista, antipopular y antiprovincial” de la llamada historia oficial. Desestima las críticas de la “academia” tradicional.







Por Ailín Bullentini
Para Mario “Pacho” O’Donnell, el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego responde a una demanda histórica: “La de la necesidad de una historia nacional, popular y federalista alternativa a la liberal, oligárquica, porteñista, antipopular y antiprovincial”, ésa conocida como la historia oficial. El historiador y escritor dirigirá el organismo que, compuesto por una treintena de colegas, en su mayoría de la rama revisionista de la disciplina, tendrá como objetivo la “consolidación de una perspectiva histórica que merece ser reconocida”, a través del fomento a la investigación y producción de nuevos contenidos ligados a esta manera de entender la construcción del país.

–¿Cuál será el rol del instituto?

–El revisionismo histórico comienza con Alberdi, cuando cuestiona a Sarmiento y Mitre su forma de interpretar la historia. Luego vendrán Jauretche, Scalabrini Ortiz, José María Rosa, Jorge Abelardo Ramos, Ortega Peña y Fermín Chávez, por nombrar sólo algunos. El instituto recoge de ellos esa herencia de la necesidad de una historia nacional, popular y federalista, alternativa a la liberal, oligárquica, porteñista, antipopular y antiprovincial que se escribió tras la batalla de Pavón, con la victoria de la oligarquía porteña. Mi participación y la de quienes lo integramos es absolutamente ad honorem. Y tampoco es un organismo que crea la Presidenta (Cristina Fernández de Kirchner) para exaltar la figura de Néstor (Kirchner, el ex presidente y su marido). Eso es una grosería no sólo para con la Presidenta, sino además para con todos aquellos que se jugaron por una historia nacional, popular y democrática.

–¿Sobre qué ejes de la historiografía trabajará?

–Nos abocaremos a continuar en gran medida lo que hacíamos e hicimos hasta ahora. Casi todos los integrantes son buenas plumas. La existencia del organismo nos dará mayor posibilidad de organización y de fomento a la investigación historiográfica; nos permitirá la construcción de acuerdos con otras instituciones, ligarnos más a las provincias, salir del núcleo ciego que es Buenos Aires. Poder escapar de ese funcionamiento marginal que hasta ahora teníamos.

–Una de las críticas que impactaron contra la creación del organismo tilda a sus integrantes de “divulgadores” de la historia.

–No es así. El ataque, la queja, llega fundamentalmente del grupo de historiadores formados en la UBA. En el instituto hay gente muy formada, incluso en el exterior. Varios de sus integrantes, como la rectora de la Universidad Nacional de Lanús, Ana Jaramillo, o el investigador Hugo Chumbita, reconocido catedrático de la Universidad Nacional de La Matanza, llegan desde casas de altos estudios ubicadas en lugares populares y consustanciadas con el pensamiento nacional y popular. No es casual que aquellos que atacan son los que hasta hoy manejan la producción historiográfica nacional teniendo en sus manos la distribución de becas, empleos, subsidios para investigación y, por ende, la construcción de una determinada visión de la historia. Que vean la creación del instituto como “peligrosa” es una reacción paranoica contra algo que no pretende más que la consolidación de una perspectiva histórica que merece ser reconocida.

–¿Por qué es importante la existencia de varias posturas sobre la visión de los hechos que constituyen la historia?

–Es muy importante para la construcción de una identidad nacional. Como dijo Jauretche, no se puede construir una nación sobre una historia falsa. Y la historia oficial es, en muchos aspectos, falsa. La acusación sobre que el instituto instalará un pensamiento único es un boomerang para aquellos que defienden la versión liberal, oligárquica y porteñista de la historia argentina, que fue la única versión que existió sobre los hechos que constituyen al país: la historia hasta ahora oficial; la que se planteó como única posible, la natural, la incontestable. El instituto llega para romper con ese monopolio porque amplía enormemente el campo de la historiografía nacional. Muchos de los que critican su creación plantean que el revisionismo histórico está superado, que sólo se preocupa por temas ya vistos. Están equivocados. Todo el tiempo nos enfrentamos con cosas que se relacionan con el análisis de la historia para entender el presente, un mecanismo que nos da instrumentos para analizar y modificar nuestro tiempo. Son instrumentos que la historia oficial no sólo no da, sino que si los da, los disimula.

–¿Por qué el instituto integra la visión de la historia argentina desde una postura latinoamericanista?

–Porque es importantísimo. Justamente, es el lugar desde el que la historia oficial se empecina en no contar a Argentina. La idea de “patria grande” está presente en la inmensa mayoría de nuestros grandes próceres. Manuel Dorrego, en honor a quien se bautizó al instituto, fue un gran americanista. Ni hablar de Artigas o de Felipe Varela; en Rosas, en San Martín. Está en todos nuestros jefes populares, en nuestros caudillos federales, en nuestros próceres maltrata

El Cervantes para Nicanor Parra

ara Nicanor Parra, el Cervantes
El poeta chileno de 97 años, creador del concepto de la "antipoesía", fue distinguido con el máximo premio de la lengua castellana. Matemático, físico y hermano de la conocida folklorista Violeta Parra, el escritor contaba ya, entre otros reconocimientos, con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2002. Dentro de su extensa obra se destacan "Cancionero sin nombre", "Poemas y antipoemas", "Manifiesto", "Canciones rusas", "Obra gruesa", "Artefactos", "Sermones y prédicas del Cristo de Elqui" y "Hojas de Parra".







Es el reconocimiento a "toda una vida dedicada a la poesía", coincidieron tras dar a conocer el fallo, tanto la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, como la presidenta del jurado, Margarita Salas, primera mujer que ocupa este puesto desde la creación del premio, hace 36 años. Tras ocho votaciones, el chileno fue apoyado por la mayoría de los miembros del jurado, que respetaron la ley no escrita de que cada año se conceda alternativamente a un escritor hispanoamericano y a un español. En 2010 fue para la catalana Ana María Matute.

Parra es el tercer chileno en ganar el Cervantes, después de que Jorge Edwards y Gonzalo Rojas fueran reconocidos en 1999 y 2003. De los 37 autores premiados en las 36 ediciones desde 1976, dieciocho son americanos y diecinueve españoles. Hubo sólo tres mujeres: María Zambrano en 1988, la cubana Dulce María Loynaz, en 1992 y Matute, el año pasado. El Cervantes premió a cuatro argentinos. Juan Gelman en 2007, precedido por Jorge Luis Borges -compartido con el español Gerardo Diego-, Ernesto Sabato y Adolfo Bioy Casares.

La ministra consideró una "gran fortuna" que Parra pueda recibir este reconocimiento en vida y destacó el hecho de que el galardón a la literatura haya sido concedido a un poeta, ya que "la vocación de escribir poesía es más exigente que otros géneros". Sin embargo, al momento de hacer público el fallo, todavía el chileno no se había enterado. "No le hemos localizado, no contestaba el teléfono", excusó la funcionaria.

El premio, dotado con 125 mil euros, lo entregará el rey Juan Carlos el próximo 23 de abril, fecha de la muerte del creador de "El Quijote", Miguel de Cervantes, en la Universidad de Alcalá.

Luis Alberto Romero en La Nación-30/11/11

El Estado impone su propia épica
Por Luis Alberto Romero | Para LA NACION
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Un reciente decreto creó el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. De sus fundamentos se deduce que el Estado argentino se propone reemplazar la ciencia histórica por la epopeya y el mito.

El mito y la epopeya están en la prehistoria del saber histórico. Los mitos explicaban el misterio y el papel de lo divino; los relatos épicos exaltaban la acción de los héroes, entre divinos y humanos. La historia se ocupó, simplemente, de los hombres, y trató de entenderlos basándose en el razonamiento y la comprobación. En la Antigua Grecia, Herodoto y Tucídides fundaron la historia como ciencia y dejaron en el camino mitos y héroes. A mediados del siglo XIX, Wagner recurrió al mito y a la épica, pero sus óperas se representaban en los teatros; en las universidades estaban los historiadores tan notables como Mommsen.

Más o menos así estamos hoy en la Argentina. No tenemos ópera, pero hay abundantes cantantes, poetas y escritores de mitos y epopeyas, que conquistan la fantasía de su público. Los historiadores, por su parte, trabajan en las universidades y en el Conicet.

El Estado tiene otra idea: la épica debe ocupar el lugar de la historia. La tarea que le encomienda al Instituto de Revisionismo es rescatar y valorar la obra de los héroes fundadores de nuestra nación, sistemáticamente ignorada por la "historia oficial". Nadie se sorprendería si leyera esa propuesta en los escritos de Pacho O'Donnell, presidente del nuevo instituto. Su pluma y su verba son familiares. Lo insólito es que una prosa tan idiosincrática sea asumida, sin correcciones ni matices, por el Estado nacional a través de un decreto firmado por la Presidenta, el jefe de Gabinete y el ministro de Educación.

El decreto amonesta severamente a los historiadores. Obnubilados por el "liberalismo cosmopolita", abandonaron su misión -la reivindicación de los héroes patrios- y ocultaron la gesta de las grandes personalidades identificadas con el ideario nacional y con las luchas populares. Entre otros héroes olvidados se encuentran personajes como San Martín, Rosas, Yrigoyen, Perón y Eva Perón. También son culpables de haber olvidado el aporte de las mujeres y, sobre todo, la contribución de los sectores populares a estas luchas. Al nuevo instituto se le pide que elabore una reivindicación de los auténticos héroes, con la salvedad de que debe hacerse mediante un saber científico riguroso, ausente de la investigación histórica actual.

Los historiadores profesionales vivimos en el engaño. Creímos que la investigación histórica científica y rigurosa se había consolidado en las universidades y el Conicet. Computamos como hechos positivos no sólo la excelente formación profesional, sino la ampliación de nuestros temas, inclusive -entre tantos otros-, los referidos a las personalidades mencionadas. Nos enorgullecimos de haber superado viejas controversias esterilizantes. Acordamos que no existen verdades únicas ni definitivas y que el nuestro es un conocimiento en revisión permanente. No se si efectivamente lo logramos. Pero lo cierto es que hoy hay una enorme cantidad de historiadores excelentes y altamente capacitados, que se han formado y han sido examinados en sus capacidades por las rigurosas instituciones del Estado argentino: sus universidades, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas o la Agencia Nacional de Investigaciones.

Creímos que retribuíamos al Estado lo que hizo por nuestra formación con buena historia, reconocida en todo el mundo. Pero a través de este decreto, la más alta autoridad nos dice que ha sido un trabajo vano, y que sus instituciones académicas y científicas han fallado. Todo lo que hemos hecho es historia "oficial", y, peor aún, "liberal".

El decreto también se ocupa del conjunto de los ciudadanos. Les advierte sobre los riesgos de las ideas equivocadas sembradas por los enemigos del pueblo. Los previene acerca del pernicioso relativismo del saber. Sobre el pasado -así como sobre el presente- hay una verdad, que el Estado conoce y que este instituto contribuirá a inculcar. Para ello se ocupará de la correcta educación de los docentes y los vigilará para que no recaigan en el error. Podrá además cambiar los nombres de las calles y las imágenes de los billetes, monedas y estampillas; crear museos y lugares de memoria, establecer nuevas celebraciones y, en general, promover la difusión de estas ideas a través de cualquier medio de comunicación. En estos prospectos, inquietantemente totalitarios, se dibuja una suerte de orwelliano Ministerio de la Verdad, del cual ya hemos visto algunos adelantos en la cuestión de la llamada "memoria del pasado reciente".

El revisionismo histórico, cuya tradición se invoca en este decreto, merecía un destino mejor. En esa corriente historiográfica militaron historiadores y pensadores de fuste. Julio Irazusta desarrolló una bien fundamentada defensa de Juan Manuel de Rosas, con sólida erudición, aguda reflexión y una prosa refinada. Ernesto Palacio dejó una Historia de la Argentina bien pensada y provocativa. José María Rosa, quizá más desparejo, tiene piezas de preciso conocimiento y convincente argumentación. Ellos y sus seguidores, como todos los buenos historiadores, cuestionaron las ideas establecidas, provocaron el debate y aportaron nuevas preguntas. Sobre todo, formaron parte de una tradición crítica, contestataria, irreverente con el poder y reacia a subordinar sus ácidas verdades a las necesidades de los gobiernos.

Quienes hoy hablan en su nombre impresionan por su mediocridad. El decreto los califica de "historiadores o investigadores especializados", capaces de construir un conocimiento "de acuerdo con las rigurosas exigencias del saber científico". Pero ninguno de ellos es reconocido, o simplemente conocido, en el ámbito de los historiadores profesionales. De los 33 académicos designados, hay algunos conocidos en el terreno del periodismo, la docencia o la función pública. Dos de entre ellos, Pacho O'Donnell y Felipe Pigna, son escritores famosos. En mi opinión, entre ellos hay muchos narradores de mitos y epopeyas, pero ningún historiador. Nada comparable con los fundadores del revisionismo.

Estos epígonos del revisionismo comparten con sus predecesores ciertos rasgos, disculpables en quienes reunían otros méritos. Uno de ellos es la idea de la conspiración. Los "vencedores" han mantenido oculta una historia verdadera, que ellos revelarán. Lo que hemos leído muchas veces a propósito de Rosas y de otros se aplica hoy a Manuel Dorrego, cuyos méritos enumera el decreto. A los historiadores siempre nos asombra este permanente descubrimiento de lo ya sabido. Personalmente, hace cincuenta años ya aprendí todo eso con Enrique Barba y Tulio Halperín Donghi. Desde entonces, aparecieron abundantes trabajos académicos, algunos brillantes, que están al alcance de cualquiera que se tome el trabajo de buscarlos.

La retórica revisionista, sus lugares comunes y sus muletillas, encaja bien en el discurso oficial. Hasta ahora, se lo habíamos escuchado a la Presidenta en las tribunas, denunciando conspiraciones y separando amigos de enemigos. Pero ahora es el Estado el que se pronuncia y convierte el discurso militante en doctrina nacional. El Estado afirma que la correcta visión de nuestro pasado -que es una y que él conoce- ha sido desnaturalizada por la "historia oficial", liberal y extranjerizante, escrita por "los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX". Los historiadores profesionales quedamos convertidos en otra "corpo" que miente, en otra cara del eterno "enemigo del pueblo".

En nombre del pueblo, el Estado coloca, en el lugar de la historia enseñada e investigada en sus propias instituciones, a esta épica, modesta en sus fundamentos, pero adecuada para su discurso. Más aún, anuncia su intención de imponerla a los ciudadanos como la verdad. Quizá sea el momento de que, en nombre del pueblo, se le diga a quien encabeza el Estado que hay cosas que no tiene derecho a hacer.

El autor, historiador, es investigador principal del Conicet/UBA .

Ivan de la Nuez en Radar


RADAR
enero 14th, 2011 — Ensayo, Recomendaciones

Iván de la Nuez


1. En cuanto alguien se dispone a hablar –o actuar- en nombre de América Latina, enciendo las alarmas y, si es posible, me pongo a resguardo. En cuanto alguien se dispone a hablar –o actuar- en nombre de América Latina, es también el momento de ecualizar. De ponerle filtro a la retórica que acompaña el empeño. Con su abanico de coartadas, su ontología fuera de escala, y su dosis (o sobredosis) de mesianismo. Elementos inflamables, todos ellos, del combustible que ha alimentado a todo tipo de experimentos: oligárquicos y liberales, marxistas y neoliberales, tiránicos y parlamentarios, guerrilleros y paramilitares, mitológicos o apocalípticos (la Atlántida no suele andar muy lejos). Casi siempre, pasados unos y otros por el tamiz del populismo: estilo idóneo para gobernar desde todas las ideologías (y desde la ausencia de toda ideología).

A la hora de tomar precauciones, guarecerse, ajustar sonido, los proyectos políticos no son los únicos a tener en cuenta. Los modelos culturales no han quedado rezagados a la hora de colocar los templos. El barroco y el boom, el modernismo y la antropofagia, Ariel y Calibán, el postmodernismo y la utopía. No es cuestión de negar a ultranza los aportes –algunos formidables- de estas corrientes. (Incluso los clichés del turismo cultural aportan lo suyo). Pero sí es momento de prevenir sobre el hecho, constatable, de que eso que entendemos por América Latina, en cualquiera de sus variantes, se ha cobijado en un lenguaje eufemístico y una pretensión de unidad que muchas veces no ha hecho otra cosa que reproducir el gesto colonial.

A fin de cuentas, “lo latinoamericano” no deja de ser un relato, lo que no quiere decir que sea, necesariamente, una ficción. Desde el Mapa de Borges o La Mancha de Fuentes (ambos emplazados sobre el territorio), ha primado un dibujo previo, un pre-juicio, donde el modelo ha fagocitado a sus seguidores.

(Acaso ahí se encuentren los orígenes de tantas decepciones).

Ese rapto no ha sido una tarea exclusiva de los autóctonos. Es larga la historia de las “apropiaciones” externas, desde los tiempos de la Conquista hasta hoy mismo. En éstas, cuando ha mandado la prisa de, pongamos, algún curator desaprensivo, un crítico a la caza del exotismo, entonces el secuestro se ha convertido en un secuestro express.

2. Así como hoy se habla del Bicentenario de la Independencia, resulta que, en 1992, el mundo iberoamericano discutía sobre otros fastos. Los del V Centenario de la Conquista y/o Colonización de América. Encuentro de las Dos Culturas. Doble Descubrimiento…

Otras las coartadas y otros los llamamientos. Otros eufemismos.

Sin embargo, gracias a la pulsión crítica desatada por aquella celebración -y a la incertidumbre de un universo en el que entonces se llegó a invocar el fin de la historia-, la posición de América Latina ante el mundo dejó de manifestarse como un match entre la reproducción acrítica y la confrontación hipercrítica.

Fue saludable el ejercicio de despachar las viejas tesis binarias. Aquellas que reafirmaban lo latinoamericano como una identidad por negación (“somos todo lo que nuestro enemigo no es”), portadoras del síntoma que Nelly Richard definió como “síndrome acomplejado de la periferia”; el mismo que Roberto Schwartz prefirió calificar como un “nacionalismo por sustracción”. Incluso frente a Estados Unidos y su histórica lista de desencuentros o invasiones, Latinoamérica dejó de comprenderse únicamente desde el diferendo Norte-Sur. Hoy nadie discute que la presencia latinoamericana al norte de El Paso constituye una reconquista cuyas consecuencias son todavía incalculables.

América Latina entró, así, con otro vigor en las polémicas acerca de la identidad y la modernidad. Tanto en su condición de extremo de la cultura occidental como en su situación excéntrica con respecto a esta. Tanto en su dimensión de revancha periférica como en su posibilidad utópica ante la racionalización extrema del mundo moderno. En el punto más alto de la euforia, más de uno llegó a presagiar el fin de la cultura occidental a causa de las irrupciones latinoamericanas: un Fukuyama puesto de cabeza (y con un taco en la mano).

No todo se reduce a los avatares de La Historia, El Pensamiento, la vida extraordinaria de los próceres. En la construcción de los paradigmas con los que cargamos, debemos tanto a esos grandes relatos como a los personajes de ficción, igualmente generadores de los modelos que tradicionalmente han hecho reconocible a América Latina. Ahí los tenemos. El durmiente que despierta junto al dinosaurio, de Augusto Monterroso, y la Beatriz Viterbo de Jorge Luis Borges. El patriarca de Gabriel García Márquez y el revolucionario Esteban, de Alejo Carpentier, en El siglo de las luces. Maqroll el gaviero, de Álvaro Mutis, o la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos. La Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde o el Pedro Navajas de Rubén Blades. La Mafalda de de Quino y el Fitzcarraldo de Werner Herzog.

En esos arquetipos, a veces devenidos en estereotipos, se ha concentrado el sueño y la fatalidad del continente. La confluencia de todos los mundos posibles y el anticipo de Internet. El inacabable caudillo de estos doscientos años y ese género narrativo tan latinoamericano: la novela del dictador. La ilusión y la desilusión por la revolución. Lo fugitivo y lo futurista. El mestizaje y la violencia. El emigrante lumpen y el iluminado europeo que busca la utopía en América, aunque no precisamente para salvarla -como suele afirmar-, sino para salvarse a sí mismo.

En todo caso, no es siempre recomendable percibir las cosas desde los anteojos de una vida libresca. Como decía Edward Said: “Aplicar literal­mente a la realidad lo que se ha aprendido en los libros es correr el riesgo de volverse loco o arruinarse.” Ni siquiera en esta Europa desde la que escribo, en la que la política no parece continuada por la guerra (Clausewitz), ni siquiera por la guerrilla (Che Guevara), sino por la estética.

3. Salgamos, momentáneamente, de aquí.

América Latina es, también, el enclave del principal legado que han dejado muchos de esos proyectos: la violencia. De ahí que convenga andarse con ojo a la hora de valorar sus estructuras estatales, económicas o políticas a la luz de teorías fáciles de asir. Pensemos, sino, en el llamado sector informal, que no es tan informal como expresa su nombre, como tampoco resulta tan formal el Estado al que se le opone.

El ejemplo del narcotráfico es elocuente. Este, como sabemos, se expande hasta la política, la cultura y la economía. Ya hablamos de una narcopolítica (asentamiento del tráfico en los estamentos institucionales), del narcoterror (momento en que la población, en teoría colateral, comienza a sufrir de manera central los embates de esa guerra) y la narcocultura (donde se inscriben las artes plásticas, la música y la literatura, por no hablar del considerable impacto en Hollywood).

Paramilitares y asentamientos urbanos sin categoría sociológica fácilmente asumible, migraciones invisibles y nuevas formas de nomadismo… A través de estas prácticas, se está redefiniendo hoy América Latina, sólo que a través de discursos que no aspiran al púlpito.

El name-dropping suele ser aburrido y falaz: oculta más de lo que dice. Obnubila bajo la pretensión de esclarecer. Así que mencionaré unos pocos nombres; en ningún caso aleatorios, sí intercambiables. Estoy pensando en las obras recientes de Rodrigo Rey Rosa, Teresa Margolles, Yuri Herrera, Carlos Garaicoa, Pedro Vizcaíno o José Antonio Hernández-Díez. Estos autores apelan a magnitudes descomunales que, sin embargo, consiguen filtrar en historias menores, incluso únicas. Bandas juveniles y una falta de estructura del Estado. Colonialismo y postcolonialismo. La revolución y la contra. La violencia como fin per se… Lidian con el hecho urbano, y con las alcantarillas de la vida contemporánea. Con la represión y con la obsesión morbosa por las ruinas. Con los clichés sobre lo latinoamericano y, en consecuencia, con el parque temático al que han sido reducidas las Grandes Causas.

No proponen ni un “más allá literario” ni un “más acá metafórico” para invocar otras historias acaso más esclarecedoras. Y las abordan, si así puede decirse, desde una intensidad amoral que, sin embargo, entraña una ética.

En las novelas de Yuri, el lenguaje no siempre resulta comprensible para algún lector. Tampoco los documentos que en El material humano ayudarían a Rodrigo Rey Rosa a desentrañar la violencia. De hecho, estos rastros son difícilmente “traducibles” a otras culturas. Sin embargo, siendo incomprensibles, unos y otros no dejan de ser “legibles”, y esa es su grandeza.

A fin de cuentas, estamos hablando de artistas y escritores “de la guerra civil”. Sólo que, a diferencia de muchos autores españoles, esta guerra civil no está anclada en un lugar lejano de la historia. La guerra civil que sacude hoy América Latina –disfrazada muchas veces de delito común- es, también, una guerra entre civiles.

4. En Postdata, Octavio Paz hablaba sobre el México sacrificial que subyacía bajo el México moderno. Era su metáfora de la pirámide. Y su manera de explicar la matanza de Tlatelolco, ese 68 del “más allá” que también conviene recordar.

A veces me pregunto si no estamos viviendo la era de la pirámide invertida. Y si la violencia sacrificial no habrá soterrado a nuestras pretensiones modernas, dejándolas, acaso, como una rémora, un incordio, a la experiencia límite de esa América Latina que queremos pensar, definir y, por qué no, mejorar.

Es, desde esa pirámide invertida, que brotan esos otros relatos de esos otros autores que iluminan mis preguntas, pero a base de negarse a emitir teorías luminosas. Autores que, bajo el territorio de La Mancha, consiguen que asome, sin paliativos, la mancha del territorio.



(*) Comparto aquí una versión reducida de mi ensayo aparecido en la revista RADAR, una publicación del MUSAC (Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León), editada a propósito de la exposición Modelos para armar, con artistas latinoamericanos de su colección. Sus editores Agustín Pérez Rubio-María Inés Rodríguez-Octavio Zaya, han tenido la amabilidad de invitarme a este número “0″. Los ensayos corresponden a Andrea Giunta, Nicolás Guagnini, Natalia Maljuf, Rosina Cazali, Ana María Duran Calisto, Raúl Cárdenas y un servidor. Los proyectos artísticos son de Fernanda Gomes, Pablo León de la Barra, Armando Andrade Tudela y Jhafis Quintero Gonzale