sábado, 9 de abril de 2011

Fragmentos de una crónica- Alberto Salcedo Ramos

Domingo 10 de Abril de 2011 | La Gaceta de Tucumàn

"Un anciano del Caribe vive de contradecir la trágica norma de todo sepelio: te hace reír de la muerte. Cuenta chistes en los funerales. Esta es la historia del señor Chivolito, un risueño ciudadano de Barranquilla. Si no eres el muerto, ríete.

Chivolito jura por Inés Cuesta, su madre, que no se duerme cada noche con la esperanza de que a la mañana siguiente amanezca muerto alguno de sus paisanos.

Luego carraspea, se queda pensativo. Casi en seguida advierte que, aunque a él le conviene la muerte del prójimo, jamás se ha sentado en la terraza a esperar que eso ocurra. La gente estira la pata porque le toca y no porque él se encargue de liquidarla. "Yo no tengo la culpa de que la trombosis ande suelta por las calles buscando empleo", añade con una sonrisa malévola.

Chivolito, cuyo nombre de pila es Salomón Noriega Cuesta, le debe el apodo a una pequeña verruga que tenía sobre la frente. Se ha pasado los últimos cincuenta años de su vida contando chistes en los velorios de Soledad, un pueblo de la Costa Caribe de Colombia, a casi mil kilómetros de Bogotá.

Los asistentes se desternillan de la risa y le brindan licor. Lo aplauden, le dan palmadas sobre los hombros. Al final de la jornada, él extiende frente a ellos una gorra, para que se la llenen de monedas. Casi siempre recoge entre ocho mil y doce mil pesos -unos cinco dólares-.

A menudo son los propios dolientes quienes lo solicitan como bufón, pues saben que su presencia le garantiza compañía al difunto. También sus vecinos le avisan cuando alguien acaba de fallecer. Y a veces él mismo está pendiente de los carteles de exequias que los deudos de los difuntos pegan en las paredes. En Soledad y en varios barrios del sur de Barranquilla es popular la frase según la cual un velorio donde falte Chivolito no tiene ni pizca de gracia.

Por lo general, Chivolito llega al velorio a las ocho de la noche. Les da el pésame a los deudos y se sienta en la sala, al lado del ataúd. Allí permanece un rato en silencio, con el rostro desconsolado.

Es su manera de expresar respeto por la ceremonia religiosa. Luego se va hacia el patio o hacia el exterior de la casa -depende de dónde esté el público- y comienza su función, que suele prolongarse hasta el alba. Muchos de los asistentes le resultan ya familiares, pues son vagabundos de feria que lo siguen de un lugar a otro. Como conocen a fondo su repertorio, le van haciendo peticiones en voz alta, una actitud similar a la de esos espectadores enardecidos que, en los conciertos, les solicitan canciones a sus músicos favoritos. "¡Echa el del man que tenía dos próstatas!", le grita un calvo de bigote frondoso. "Es mejor el del viagra pediátrico", exclama un vendedor callejero de butifarras. "Cuenta el de los esposos que se detestaban", propone un anciano desdentado. Ellos ignoran que, al recordarle a Chivolito sus propios chistes, lo ayudan a combatir los estragos de su memoria y a seguir vigente a los setenta y ocho años..."

"...Esta noche Chivolito luce una camisa blanca de lino, un pantalón caqui y unos mocasines blancos. La cachucha, en la que más tarde recogerá el dinero, es verde. El hombre tiene una voz chillona que taladra los oídos y una variadísima colección de ademanes cómicos: tuerce la boca, se pone bizco, camina renqueando, se tira al piso, se alborota el pelo, saca un peine, se acicala con la raya en la mitad, hace la mímica de un borracho, aplaude, se arrodilla. Parece un muñeco de cuerda manipulado por un titiritero delirante.

-Chivolito, ¿por qué no cuentas el del hombre de las dos próstatas? -interviene a gritos el vendedor de butifarras-.

-Ese es muy largo -responde Chivolito, sin mirar al autor de la pregunta-. Una garrafa de ron blanco empieza a rodar de mano en mano. El que la recibe apura un trago a pico de botella y enseguida se la pasa al siguiente..."

"...-Bueno, les voy a contar un chiste muy apropiado para esta noche -dice con el rostro iluminado-. Dos esposos llevaban treinta años sin hablarse. Una tarde el tipo fue al médico y se enteró de que se iba a morir al día siguiente. Entonces llamó a la mujer: "Fíjate, Susana, desperdiciamos treinta años odiándonos y ya mañana me van a comer los gusanos. No quiero irme a la tumba sin reconciliarme contigo. Te propongo lo siguiente: primero nos damos un abrazo y después nos vamos a cenar. Entramos al cine, tomamos vino y rematamos la noche en un motel". Y le responde la esposa: "Nada de eso, malparido, recuerda que yo tengo que madrugar a preparar el entierro".

La risotada es estrepitosa. El anciano desdentado luce al borde de un infarto. Se sacude, se golpea el pecho con la mano abierta. Los ojos le lagrimean. En medio de la algarabía, ninguno de los radiantes espectadores parece interesado en mirar hacia la sala, donde las mujeres enlutadas continúan entregadas a su plegaria por el difunto.

Aunque no existen registros históricos sobre el origen de los bufones de velorio en el Caribe colombiano, se cree que es una tradición de por lo menos un siglo. Resulta obvio suponer que el propósito de esta costumbre es amortiguar el impacto que produce la pérdida de un ser querido. Pero se trata, en realidad, de algo mucho más profundo, relacionado con la naturaleza festiva de los habitantes. No es que se cuenten chistes con la intención calculada de desterrar el dolor y restaurar la alegría, sino que, sencillamente, la gente es así, gozosa, risueña. ¿Por qué diablos tendría que comportarse de manera distinta en los funerales? Sería como aceptar la derrota. Lejos de humillarse ante la muerte, los hombres la desafían con el humor. Por eso, al frente de la mayoría de cementerios de la región hay un bar que se llama La última lágrima. Es una cultura tan hedonista que pareciera inspirada siempre en la célebre sentencia de Lord Byron: la vida es demasiado corta para desperdiciarla jugando ajedrez. O rasgándose las vestiduras por algo que, a fin de cuentas, es inevitable..."

"Felicidad Clandestina" Clarice Lispector




Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.

Alma Guillermo Prieto en Ñ


e los artículos de Alma Guillermoprieto sobresale el hueso de una clavícula, calcinado, junto a miles de huesos comidos por el olvido y la tierra. El fruto de una época de violencia y represión en América latina que ella vivió narrando. En El Playón y en Mozote (El Salvador), la periodista tragó tanta muerte que no se le borra. Y sin embargo, aún es capaz de enfrentar la memoria de Evita y atinar con la pregunta: “¿Se habrá parecido a mí?”.

La editorial Debate recopila ahora una selección de sus artículos bajo el título de Desde el país de nunca jamás . Son piezas publicadas en The Washington Post, The Newyorker y The New York Review of Books entre 1981 y 2008.

Las notas que se juntan en el libro arrancan en los huesos de El Salvador para viajar a Granada, donde la administración Reagan convierte a 800 cubanos en “una fuerza militar”, y al Brasil de religiones cruzadas. En Perú, Abimael Guzmán detenido se revuelve en su jaula y, más allá, Mario Vargas Llosa recorre el territorio en una campaña electoral por la presidencia que se convierte en un golpe duro de realidad. Pasamos por Chiapas y recorremos la Habana el día en el que Fidel se recogió en la iglesia para la misa de Juan Pablo II. Y aparece la que se considera la primera de “la letanía de muertes brutales” de Ciudad Juárez, Alma Chavira.

Las crónicas de Guillermoprieto ofrecen un retrato de la América latina de los últimos 30 años narrado con maestría y desde la experiencia directa de la autora. Pisar la tierra de la que habla parece ser su máxima. El diálogo con los protagonistas, un arma bien aceitada.

¿Cómo se lleva tanta muerte?

Los periodistas tenemos una disciplina parecida a la de los médicos. Es parte del oficio y el compromiso ver todo lo que uno puede ver. Y no cerrar los ojos.

Usted habla de “la necesidad de entender la violencia y la indiferencia ciudadana ante ella”.

Una cosa he aprendido, y es que la gente quiere vivir en paz. Hubo un tiempo en que se creía que querían hacer la revolución, pero la gente es muy temerosa de perder la vida y hace lo que sea por no arriesgar la vida de sus hijos. Algo ha cambiado, ahora una persona indignada puede sentir miedo a saltar sola a la calle, pero Facebook permite que se formen grupos de actuación.

Sin embargo, es dudoso que quienes se levantan ahora en el norte de Africa tengan conexión a Internet.

Tienen sus celulares. El celular es un fenómeno que no hemos comenzado a entender aún. En los mercados, los indígenas van descalzos pero tienen su celular.

Podría deducirse de sus escritos que Latinoamérica ha pasado de la violencia de las revoluciones y su represión a la violencia del narco, con un espejismo de democracia.

No es un espejismo de democracia, sino una especie de transición. Pero no hemos resuelto los problemas que generaron las revoluciones: las desigualdades sociales y una generación “No futuro” de jóvenes suficientemente preparados que no tienen salida.

Y la violencia resultante.

En Sudamérica hay una gran cantidad de armas y una gran cantidad de gente que no tiene mejor oficio que usarlas. El fracaso en América latina es el de la no violencia como opción política. Hemos tenido siempre una visión romántica de la violencia, de los héroes que mueren, del martirio... somos católicos al fin y al cabo. Eso se ha traducido en el fenómeno de la narcocultura.

Casi un folclore.

Se basa en una exaltación de la violencia como valor. La parte folclórica es la expresión comercial, la gorrita de béisbol con la hoja de marihuana bordada en cristales Swarovski, la exaltación de la violencia y los bienes de consumo, los narcocorridos y el machismo.

Usted afirma que a esta altura la legalización ya no sería útil.

Hace 40 años entramos en un círculo estúpido, no con la ilegalización, que eso lleva la mayor parte del siglo XX, sino con el descubrimiento de Nixon de que podía quitarse algunos problemas domésticos creando villanos a partir del narcotráfico. Su Administración inventa el término “Guerra contra las drogas”. Si hoy día legalizamos las drogas, nos sigue quedando la herencia de las armas y de generaciones cuyo único oficio está en el empleo de esas armas y todos los negocios que ha ido generando el narcotráfico. Es decir, la trata de mujeres, de menores de edad, el tráfico de personas indocumentadas...

Usted señala a los Estados Unidos como responsables de las dictaduras y la represión en América latina. Y también del narcotráfico.

Es responsable “no exclusivamente, pero sí directamente. No exclusivamente, porque nosotros somos también responsables de nuestros propios actos. En el caso del narco, por supuesto, Estados Unidos es responsable. Pero si en México no existiera una larga tradición, heredada del PRI, del uso de la corrupción como forma de gobernar, no estaríamos así.

Se habla menos de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez.

La violencia es tan omnipresente y tan grotesca que las mujeres asesinadas en Juárez han pasado a ser parte de una cifra terrible, porque cada día nos tenemos que ocupar de más. Si calculamos que hay unas 100 mujeres en una década, de 1990 al 2000, que murieron torturadas, jóvenes, de clase trabajadora, con un mismo patrón, y luego calculamos que, en un sólo día, matan a 72 emigrantes, entonces se entiende.

Cambiando de tema, en su artículo sobre Evita, empieza y termina preguntándose si se habría parecido a usted. Me interesa cómo hace pública esa mirada íntima.

En el artículo me pregunto si Evita se habrá parecido a mí, sí. Algo que se niega en el periodismo es que todo reportaje es autobiográfico, pero lo es. Escribimos de lo que vemos, por lo tanto estamos describiéndonos a nosotros mismos. Trato de incluir explícitamente ese elemento autobiográfico. Yo estoy aquí, soy yo la que estoy viendo esto, es mi opinión, y esa es una manera de no engañar a los lectores

Ricardo Piglia en Eterna Cadencia ( Revista Ñ)


Este es Ricardo Piglia, el profesor : una chica del público, en la charla que dio el miércoles en la librería Eterna Cadencia, le pregunta si prefiere escribir novelas o cuentos. Una pregunta simple, diría una.

Pero el profesor Piglia tiene muñeca: “La primera cuestión es si uno sabe, cuando tiene una historia, si va a ser un cuento o no. Habría una primera distinción de ciertas historias con duración limitada y otras que tienden a promover algo más parecido a una novela”. ¿Qué los diferencia? La sala llena de la librería, incluyendo a los dos presentadores, Jorge Consiglio y Patricio Zunini, escucha: “Quizás los cuentos están más conectados con las anécdotas y las novelas con los personajes . Por ejemplo, uno quiere contar un hijo que recibe un telegrama diciendo que su padre se ha suicidado y tiene que viajar a Mar del Plata; puede ser cualquiera el personaje que realiza esa acción. Mientras que habitualmente las novelas empiezan con personajes y luego se va definiendo la intriga.” Bien, entonces, ¿cuento o novela? “Mientras la ilusión mía con las novelas es que todas sean distintas, los primeros cuentos que he escrito en los años 60 y los que estoy escribiendo ahora son muy parecidos. Formalmente, quiero decir. Como si el cuento no fuera un espacio de experimentación como es la novela. Hay que pensar por qué pasa eso.” Y este es Piglia, el narrador : “Me gustaría escribir una novela sobre una guerra”, dice. “Aunque no tengo ninguna experiencia”. Sólo, dice, la colimba. Y acomódense, que viene el cuento: “Logré no entrar en diciembre sino en marzo, tres meses después que el resto de los colimbas”, dice. Y esto es lo que va a contar, pero abre un segundo relato, dentro del primero: “El Tata Cedrón me acomodó, era profesor de guitarra de la hija de un coronel, lo conocían los oficiales. Yo estaba tirado en un playón con todos los civiles que íbamos a recibir la instrucción, me vio y fue al tipo que estaba haciendo los destinos de los soldados y dice: ‘El coronel dijo que lo haga venir en marzo’ y nadie iba a preguntarle al coronel si había dicho eso, en el ejército nadie pregunta nada”.

Fin del relato insertado, volvemos al principal: “Entonces aparecí en marzo. Me dieron un uniforme inmaculado, me mandaron a la cuadra. La primera noche. Había una serie de rituales para acostarse, levantarse. La ropa estaba al pie de la cama, uno se vestía y pasaba el oficial de guardia haciendo la revisación. Y yo cuando me levanté me habían cambiado el uniforme nuevo y me habían puesto uno todo roto. Entonces estaba yo ahí parado con el uniforme roto y el oficial me dice: ‘¿Soldado, por qué tiene esa ropa toda rota?’ ‘No sé, me sacaron la ropa’. ‘¿Y por qué no cambió la rota por otra?’ me dijo. ‘Pero alguno hubiera tenido la rota’, le dije yo. ‘¿Usted es comunista, soldado?’’” El público se ríe. Lo celebra. Le preguntan de todo, le preguntan a quién va a votar y dice que a Cristina Kirchner porque “la política ha tomado un sentido distinto en la discusión general, más allá de la posición que uno tome”. Le preguntan por su vínculo con los lectores y aprovecha para tirar un diplomático palito a sus colegas: “Me llama la atención que muchos escritores argentinos estén ubicando novelas en Europa. En muchos es así porque les parece que está bien ponerla allí, y en otros, porque piensan que si la ponen en Europa quizás la novela va a tener un efecto más amplio. Ahí uno puede encontrar un signo de este tiempo, lo español, la idea de traducciones”.

El público hipnotizado, es hora de cerrar. Los aspirantes a escritores se llevan, como souvenir, un consejo: “En broma, hace años repito que hay dos maneras de narrar: o uno cuenta un viaje o uno cuenta una investigación. Pero si uno cuenta un viaje, si uno empieza una novela con alguien que está por tomar un tren, algo de narración se va a encontrar. Cuenta que se va, después la razón por la que se va, se pelea, lo echaron, y el tipo sube y se encuentra con alguien: ‘¿Y usted dónde va?’ Y empieza a contar la historia del tren. Si no saben cómo empezar una novela empiecen así

viernes, 8 de abril de 2011

Los perros románticos de Roberto Bolaño


LOS PERROS ROMÁNTICOS

En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.

Carlos Fuentes y La Edad del Tiempo de Carmen Perilli



"Cronos devorando uno de sus hijos" Francisco Goya

El viajero que llegue a México queda deslumbrado con el mural realizado por el artista Diego Rivera en el Palacio de Gobierno, un vasto y colorido tapiz histórico de la nación. Con un gesto similar el escritor Carlos Fuentes monta una narración de la historia mexicana. Desde los primeros relatos reunidos en Los días enmascarados nos adentrarnos en un México en el que la historia se compone como serie de tiempos superpuestos. Cuando en sus ensayos Fuentes habla de un “ tiempo mexicano” se refiere a esos “edenes subvertidos”. Son los sueños incumplidos: el indígena, hispánico, liberal, francés, revolucionario, modernizador. La mirada queda fijada en esos pasados a los que se interroga en busca de la identidad mexicana.. En el cuento Chac Mool el ídolo mexicano abandonado en el sótano de una vieja casa se apropia del narrador hasta dominarlo por completo. Fuentes “imagina” a México como el valle del agua quemada indígena; el valiente Nuevo Mundo de Cortés y Bernal, la “suave patria” de López Velarde, la región más transparente de Humboldt, siguiendo una larga tradición mexicana.
El escritor considera que todas sus obras pueden agruparse como una “comedia humana” con el nombre de la Edad del Tiempo, En la novela Terra Nostra se cifra, de modo ambicioso, la historia de los inicios mexicanos. El libro es una enorme biblioteca que acude a múltiples textos culturales, para imaginar el choque de dos mundos a los que concibe como opuestos y complementarios. El Viejo Mundo representado por la España de la Contrarreforma dominado por el Poder Absoluto del Señor, confronta con Nuevo Mundo donde el tlatoani o emperador azteca basa su mando en dioses sanguinarios. En ese instante se encuentran los pueblos: las celestinas, los miguel, los juanes, los pedros mexicanos con los cuahutecmoc, las malinches indígenas. De la derrota de los últimos deviene la continuidad del poder de los primeros prolongados en los dictadores o en los tapados presidenciales (a quien dedica una de sus últimas novelas El sillón del águila”). En estas “ceremonias del alba” la mujer- Malintzin-Marina- Malinche- entrega el mandato a su hijo mestizo: el primer mexicano. “Seamos ruinas y luego renazcamos”. Sólo ella, lengua y cuerpo- permite una continuidad de esos mundos destinados a desconocerse: “El poder y la palabra. Moctezuma o el poder de la fatalidad; Cortés o el poder de la voluntad. Entre las dos orillas del poder, un puente: la lengua, Marina, que con las palabras convierte la historia de ambos poderes en destino: el conocimiento del que es imposible sustraerse. Destino en y de la muerte, el sueño, la rebelión y el amor, le dice la Malinche a su hijo, el primer mexicano: muerte, sueño, rebelión y amor, no en cualquier orden, sino precisamente en ése, que indica los grados crecientes de la dificultad, de la carga y de la realización plena. Lo más fácil entre nosotros, será morir; un poco menos fácil, soñar; difícil, rebelarse: dificilísimo, amar”. (Todos los gatos son pardos).
Desde su génesis la cultura mexicana da una importancia central al símbolo del espejo y la máscara, sólo puede conocerse en tanto imagen y reflejo. Si en el mundo azteca se esperaba el regreso de Quetzalcóatl, el dios traicionado, , lo que se encuentra es una máscara, la de Cortés.. Sin embargo, el espejo ha quedado enterrado a ambas orillas del océano, en España y en México. Un espejo que nos define con relación a La otra orilla. Fuentes está obsesionado con la necesidad de establecer continuidades. En El naranjo muestra como, más allá de la violencia, la semilla atraviesa el océano y une las tierras de Castilla y México. Ese mismo movimiento lo realiza el español.
La historia, sucesión de repeticiones, se inscribe como tragedia en todos los tiempos. E tiempo del dominio francés ha quedado detenido en las viejas casonas del Paseo de la Reforma donde una anciana inmemorial construye un doble joven y bello en Aura. Esa hechicera que atrapa al joven historiador no es otra que, Carlota de México, figura trágica, eterna viuda del emperador Maximiliano, fusilado por Benito Juárez.
Carlos Fuentes vuelve una y otra vez sobre la revolución fundante de la nación mexicana moderna. En La muerte de Artemio Cruz muestra al caudillo revolucionario entregado a la corrupción, traicionando la revolución. Artemio, después de la muerte de su compañera, se casa con la hija del terrateniente y se entrega a negociar con la revolución.
La frontera entre el Norte del Sur se hace carne viva, herida sangrante, es el presente y el pasado beligerante, son “los mojados” que cruzan a buscar trabajo, es Texas arrebatada. Cristal e hierro, linde está la muerte y el anonimato. “Queremos entrar a contar la historia de la frontera de cristal antes de que sea demasiado tarde, hablen todos” ( La frontera de cristal). Esa frontera es espejo que recuerde que no somos más que reflejo. Creo que en ese sentido la figura casi quijotesca del escritor norteamericano

Ambrose Bierce cruzando el Río Grande, buscando la muerte en el país azteca desdobla la del general Tomás Arroyo. Uno está de vuelta de la escritura y lleva como única compañía El Quijote, el otro abraza con desesperación los papeles que le certifican la posesión de la tierra. Los dos morirán, el mensaje de ellos estará en manos de una mujer, una extranjera, Harriet Winslow.
El escenario privilegiado de las ficciones es la ciudad de México; el tumultuoso Distrito Federal, cuya vasta y misteriosa superficie le permite “historiar la sincronía”, trabajar el tiempo en el espacio; donde el mito triunfa sobre la historia. En ”una ciudad con noches llenas de mañanas” convertida en zanja infernal donde el perdido perfume de “la antigua laguna de México (es) un recuerdo sensible, casi un fantasma”(Agua Quemada), la escritura se detiene en los secretos de sus antiguos palacios, invadidos por rostros goyescos; merodea los enigmáticos restos de los tiempos indígenas. Fuentes practica un ”corte... casi geológico de la vieja ciudad de México, indicando la profundidad del tiempo, círculos cada vez más hondos, hasta el centro inviolado de una fundación anterior a la fecha consignada por la historia. imaginamos la ciudad de la ciudad, la laguna original, la sombra de cuanto México sería sucesivamente, sobreviviendo, como decía Ferguson, sólo en las ruinas y no en la basura”(Constancia y otras novelas para vírgenes).
La linealidad de la Historia se rinde ante el Mito. Tlatelolco se repite una y otra vez, de sacrificio se torna matanza. Por eso en el final del guerrero sacrificado en el siglo XVI se torna el estudiante muerto en 1968. Porque México “De Quetalzcóatl a Pepsicoatl”, no ha hecho más que cambiar ruinas por basura. La única salida, ésa es la cultura. Sólo en y por la literatura México y América Latina podrán salvarse. Uno de los ancianos sabios toltecas, un tlamatimine, habla de la importancia de la narración:“Yo soy el que recuerda. Ésa es mi misión. Yo cuido del libro del destino. Entre la vida y la muerte, no hay más destino que la memoria. El recuerdo teje el destino del mundo… Un tiempo termina y otro comienza. Sólo la memoria mantiene vivo lo muerto y quienes han de morir lo saben. El fin de la memoria es el verdadero fin del mundo” (Terra Nostra).
La escritura vincula la memoria con el futuro y el pasado con el deseo. Mirada vuelta hacia atrás, nombre hecho máscara que oculta los verdaderos rostros, voces públicas y voces privadas. La tesis cultural de Fuentes considera que el mestizaje como salida. Si esto no sucede México, heredero de todas las tradiciones queda relegado al espacio de la fatalidad y la violencia tanto del mundo antiguo como del mundo moderno: “Nombre y voz: no hay nada que identifique mejor a la escritura propia del continente iberoamericano. Nombre y voz: esto es lo que nuestra literatura ha sabido dar mejor que cualquier otro sistema de información porque sus dos proyecciones han sido la memoria y el deseo (Valiente Mundo Nuevo)





Carmen Perilli

I BIENAL INTERNACIONAL DE ENSAYO “REVISTA KIPUS”

Convoca Área de Letras de la UASB-E
www.uasb.edu.ec/public/rev/kipus.html
Con el propósito de abrir nuevos espacios para el debate en torno a la literatura andina y latinoamericana, el Área de Letras de la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador convoca a la I Bienal Internacional de Ensayo “Revista Kipus”, publicación semestral que hasta la fecha ha dado a conocer 27 números. El concurso está abierto para todos aquellos autores y autoras que estén interesados en reflexionar, desde nuevas perspectivas críticas, sobre la obra de algún autor/a andino y latinoamericano. Se concederá un premio único de 3000 USD, y menciones de honor a los 10 finalistas. El plazo para la entrega de trabajos vence el 30 de septiembre de 2011.
Para mayor información contactarse a los teléfonos (593-2) 322-8081, Ext. 1331, o a los correos electrónicos: saxraul@uasb.edu.ec / alexandra@uasb.edu.ec
El certamen se regirá por las siguientes Bases:

1. Podrán participar autores de cualquier país con un ensayo inédito, escrito en español. El ensayo no debe estar comprometido para su publicación ni haber obtenido premios o estar pendiente de fallo en otros concursos. Se aceptará un solo trabajo por autor.

2. El ensayo, de tema libre, estará circunscrito al campo de la literatura latinoamericana. Será un estudio que ponga a dialogar a dos o más textos literarios (novelas, cuentos, poesía, teatro y/o crítica) de los países latinoamericanos. Por lo menos uno de los textos literarios sobre los que verse el ensayo pertenecerá a algún autor de los países andinos.

3. El ensayo deberá tener entre 30 a 45 páginas tamaño A4 a espacio y medio, incluyendo bibliografía, y observará en su redacción la normativa de la escritura académica. Debe enviarse tres ejemplares firmados con seudónimo. En sobre aparte, identificado con el título del trabajo y el seudónimo, se incluirá una hoja con el nombre del autor, su dirección domiciliaria, teléfono, fotocopia de documento de identificación y/o pasaporte, dirección electrónica, y una breve ficha bio-bibliográfica. No se aceptará envíos por correo electrónico.

4. El plazo de aceptación de los ensayos vence el 31 de octubre de 2011, y deben remitirse a la siguiente dirección:

I Bienal Internacional de Ensayo “Revista Kipus”,
Universidad Andina Simón Bolívar, Área de Letras
Apartado Postal 17-12-569 Quito - ECUADOR

5. Se ha establecido dos jurados. Uno de preselección, conformado por miembros del Comité Editorial de la Revista Kipus, que escogerá diez ensayos finalistas que serán





analizados por el jurado internacional de premiación, conformado por tres connotados críticos latinoamericanos que seleccionará el
ensayo que se hará acreedor al Premio Único de 3.000 dólares más diploma. A todos los finalistas se les concederán menciones de honor sin que ello implique retribución monetaria y sus textos se publicarán en Kipus. Cada autor recibirá tres ejemplares de la revista en la que aparezca su ensayo.

6. El fallo de los jurados será inapelable y se dará a conocer en Quito el 21 de febrero de 2012.

7. La participación en el Concurso implica la aceptación plena de estas bases. Cualquier asunto no estipulado en las mismas será resuelto por el jurado de premiación.


Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
Área de Letras

Quito, abril 2011