miércoles, 7 de julio de 2010

El juicio histórico. La jefatura de Policía de Tucumán

Tres décadas y pico hemos demorado en ver llegar la justicia. En realidad no creí vivir para ver juzgados a los genocidas. Aunque todavía falta mucho han sido tres meses en los que ha avanzado, se han encontrado pruebas y se ha vuelto a poner en el mapa histórico nombres desaparecidos como Ángel Mario Garmendia, Ricardo Torres Correa, Adriana Mitrovich, Horacio Frrerira, Graciela Bustamante y tantos otros. Tantas veces intuimos sus siluetas detrás de los muros, sentíamos que nos miraban, fantaseábamos que hablaban con nosotros en esos años en que la muerte bailaba en las calles como si nada.

domingo, 20 de junio de 2010

Lectura y globalización. Elogio (innecesario) de los libros


Uno de los más importantes intelectuales mexicanos, el escritor Carlos Monsiváis, regresa a las páginas de Número con este texto sobre los libros y la lectura que leyó en la instalación del 6º Congreso Nacional de Lectura, dedicado este año al tema «Lectura para construir nación», organizado por Fundalectura. Se publica con autorización de Fundalectura y del autor.

En relación con la lectura en el siglo XXI latinoamericano, los agoreros podrían fallar y acertar a la vez. En conjunto se lee menos, y la lectura dista de ocupar el sitio real y mitológico de otro tiempo, donde las resonancias de los libros eran inmensas, así sólo la minoría leyera de modo regular. Ahora el costo de los libros los aleja con frecuencia de los estudiantes de la enseñanza pública (en el ámbito de la enseñanza privada, lo inaccesible suele provenir del desinterés, pues allí la posesión se valora muy por encima del conocimiento). Así mismo, no se dispone de un sistema de información bibliográfica que oriente y ahorre esfuerzos (más del 90% de los libros carecen de una recepción mínimamente adecuada); disminuye, por razones de la cultura de masas, el valor atribuido a la lectura; no procede, con la rapidez debida, la actualización tecnológica, y así sucesivamente. ¿Cómo afecta la globalización los procesos de lectura? Es muy pronto para decirlo y el asunto es de tal vastedad que sólo un insensato titularía una ponencia «Lectura y globalización». Sin embargo, aventuro un bosquejo del tema:
Se perfeccionan o, si se quiere, se vuelven casi inapelables procesos ya advertibles desde hace décadas; el primero, el avasallamiento de las industrias culturales de Norteamérica, que en materia de lectura imponen (proponer sería un verbo de enorme modestia) dos grandes zonas del consumo: los bestsellers (a tal punto identificados con los viajes, que si uno está en casa de cualquier modo se abrocha el cinturón de seguridad) y la literatura de autoayuda o superación personal.
Internet obliga a un mucho mayor ejercicio de la lectura, así sea fragmentaria y opuesta a las prácticas antiguas de concentración, y también distribuye un cúmulo informativo desconocido y abrumador. Por ejemplo, lo que hoy los interesados en el mundo entero conocen sobre Leonardo da Vinci, el Opus Dei, los templarios, las sectas católicas, etcétera, se debe al éxito de El código Da Vinci, que remite a internet.
El lector se considera cada vez más representante de los lectores, debido al proceso que a todos, en algún nivel, nos vuelve emblemáticos de lo global. Falta poco para escuchar en las reuniones: «¡Qué global te viste!» o «De veras, no tenía idea de que fueras tan local».
Las industrias editoriales, por fuerza, tienden a integrarse a grandes holdings, y el gran mérito de las editoriales pequeñas es y será convertir su resistencia en una alternativa institucional.
Se unifican de modo constante las visiones educativas y se globaliza el proceso de la enseñanza superior. Eso no elimina las distancias históricas entre metrópolis y tercer mundo, pero sí las aclara y, por así decirlo, quebranta las nociones deterministas. Las carencias científicas y tecnológicas no describen mentalidad alguna, sino procesos del imperio, y la falta de proyectos y de posibilidades en las naciones sujetas a su hegemonía o, mejor, dependientes de sus ritos de pobreza.
El universo de la imagen, la iconosfera, desplaza en la vida colectiva al universo del libro. Y a esta pérdida de centralidad me refiero en las notas siguientes.
Se perfeccionan o, si se quiere, se vuelven casi inapelables procesos ya advertibles desde hace décadas; el primero, el avasallamiento de las industrias culturales de Norteamérica, que en materia de lectura imponen (proponer sería un verbo de enorme modestia) dos grandes zonas del consumo: los bestsellers (a tal punto identificados con los viajes, que si uno está en casa de cualquier modo se abrocha el cinturón de seguridad) y la literatura de autoayuda o superación personal.
Internet obliga a un mucho mayor ejercicio de la lectura, así sea fragmentaria y opuesta a las prácticas antiguas de concentración, y también distribuye un cúmulo informativo desconocido y abrumador. Por ejemplo, lo que hoy los interesados en el mundo entero conocen sobre Leonardo da Vinci, el Opus Dei, los templarios, las sectas católicas, etcétera, se debe al éxito de El código Da Vinci, que remite a internet.
El lector se considera cada vez más representante de los lectores, debido al proceso que a todos, en algún nivel, nos vuelve emblemáticos de lo global. Falta poco para escuchar en las reuniones: «¡Qué global te viste!» o «De veras, no tenía idea de que fueras tan local».
Las industrias editoriales, por fuerza, tienden a integrarse a grandes holdings, y el gran mérito de las editoriales pequeñas es y será convertir su resistencia en una alternativa institucional.
Se unifican de modo constante las visiones educativas y se globaliza el proceso de la enseñanza superior. Eso no elimina las distancias históricas entre metrópolis y tercer mundo, pero sí las aclara y, por así decirlo, quebranta las nociones deterministas. Las carencias científicas y tecnológicas no describen mentalidad alguna, sino procesos del imperio, y la falta de proyectos y de posibilidades en las naciones sujetas a su hegemonía o, mejor, dependientes de sus ritos de pobreza.
El universo de la imagen, la iconosfera, desplaza en la vida colectiva al universo del libro. Y a esta pérdida de centralidad me refiero en las notas siguientes.
*** Gracias a la lectura, cada persona se multiplica a lo largo del día. El impulso del personaje de un relato, de una atmósfera literaria, de un poema, renueva y vigoriza las opiniones morales y políticas, vuelve por una hora un poeta o un narrador al que complementa con imaginación lo leído, ayuda a situarse ante el horizonte científico o social, vigoriza el sentido idiomático. Así sea a contracorriente de algunos textos, la lectura es el ingreso a la racionalidad, la fantasía, la grandeza de los idiomas, el don de extraer universos de la combinación de las palabras. Lo afirma Borges, que ya lo dijo todo con tal de volvernos su sistema de ecos: «No vivo para leer, leo para vivir».
*** ¿Ha disminuido el hábito de la lectura? Tal vez sí, y uso el tal vez porque según mi experiencia, antes tampoco se leía mucho. Y el analfabetismo funcional se expande por razones diversas, que incluyen la falta de hábito social y familiar de la lectura, el desinterés de los gobiernos, la ausencia en la educación básica de la recomendación de libros, la decisión (involuntaria) de considerar bibliotecas y librerías espacios hostiles y extraños (en México, en 2001, el director del Instituto Nacional de la Juventud declaró que el aumento del 15% del IVA a los libros serviría, ya reconvertido ese dinero en bibliotecas, «¡para que ningún joven tenga que entrar a una librería!»). Y la causa mayor es la competencia abrumadora de la iconosfera, del universo de imágenes. Con todo, se sigue leyendo porque sin el aprendizaje del lenguaje y sus recursos en distintos niveles, no existe la articulación social.
*** Muy poco se consigue si se quiere obligar a la lectura a las personas o a las comunidades. Sí hay tal cosa, como la vocación lectora y los estímulos, y las incitaciones al libro algo consiguen, pero no milagros, en el estilo de «Una mañana Gregorio Samsa despertó y comprobó que había leído de principio a fin la Encyclopedia Britannica». Se pueden multiplicar las ofertas y el acceso a los libros, pero los grandes lectores, los lectores profesionales, por así decirlo, seguirán siendo minoría. Por lo demás, se modifica el acercamiento a la lectura. El libro ya no es un signo irrestricto de autoridad, no en Latinoamérica, desde luego, donde si alguien quería leer la Biblia requería hasta hace medio siglo los «intérpretes calificados», que evitaban los «extravíos». La cultura fílmica es hoy otra ruta formativa y lo visual se propone como la vía mayoritaria. Sin embargo, nada remplaza ni puede remplazar a la lectura en lo tocante a la comprensión de la historia, la sociedad y los seres humanos, a la estructuración lógica del conocimiento y al simple hecho de la comunicación inteligible.
*** A la pregunta del aporte de los libros a los niños y los jóvenes, la respuesta obligada debe ser: «Que cada uno responda». No conozco otra mejor. La persona que se entusiasma ante un libro está al tanto de uno de los aportes de la lectura y no necesita más explicaciones. Por unas horas, esas páginas le modificaron la vida y lo hicieron distinto. ¿Qué más se quiere que la pérdida legítima de identidad durante un tiempo de hechizamiento? Si uno al leer no es otro y no es otros, no es nadie.
*** ¿Humaniza la lectura? La pregunta es una trampa heredada del tiempo de la superioridad indiscutible de los letrados y, de manera más enfática, del clasismo de las élites, que se burlan de los analfabetos porque éstos no logran, como sí lo consiguen quienes los desprecian, renunciar al placer de la lectura. Y si los que se abstienen no se deshumanizan, los lectores tampoco se humanizan por el mero hecho de serlo, porque la ventaja de frecuentar lo impreso no consiste en la superioridad sobre los demás (imposible de obtener por un mero ejercicio óptico), sino en el cambio interno; en la certeza de que uno ha sido mejor que de costumbre mientras lee, y volverá a remontar algunas de sus limitaciones cuando recuerde lo leído. Así por ejemplo, en materia de clásicos —de El Quijote a Cien años de soledad, de la Divina Comedia a Residencia en la tierra— sólo sus frecuentadores están al tanto de lo que se habrían perdido de no hacerlo. Y allí radica su gran ventaja: en la celebración del tiempo ganado. Ejemplifico de mala manera las maniobras de la superioridad instantánea de quienes dicen leer sobre quienes manifiestamente no lo hacen. En 2001 el presidente de México, Vicente Fox, fue al Segundo Congreso de la Lengua en Valladolid, España. Al leer su discurso habló del gran escritor José Luis Borgues. El mundo ilustrado le cayó encima y aún persiste la burla, originada en un 99% entre personas que jamás han leído a Borges, ni tal desmesura se proponen. Algo parecido a ser moderno a costa de la edad media. Y don Vicente Fox coronó el episodio meses después. Al preguntársele por las críticas recibidas, comentó: «Bueno, me atacaron muchísimo porque no supe decir el nombre de un escritor. Pero cualquiera puede cometer un lapsus bilingüe».
*** ¿Cómo se impulsa la lectura? Desde la fundación de las repúblicas, los gobernantes de Latinoamérica ensalzan los libros en ceremonias escolares, se olvidan de los tímidos privilegios fiscales, editan joyas o joyitas de la prosa y la poesía nativas (que se eternizan en las bodegas, esos panteones de la identidad nacional), y les rinden homenaje a los grandes escritores, en veladas donde los asistentes, con celo policial, alivian su aburrimiento contabilizando los signos del tedio del gobernante. ¡Qué tipazo es el presidente! ¿Usté cómo domeñó sus bostezos? ¡Ah! Y de vez en cuando se lanzan campañas de animación, como la del PRI en la década de los años setenta, que mandó imprimir miles de pósters: «Hidalgo, un mexicano que aprendió a leer a tiempo / Juárez, un mexicano que aprendió a leer a tiempo / Zapata, un mexicano que aprendió a leer a tiempo»... A tiempo de entrar a la historia, uno supone, para descifrar la escritura en la pared, y no mucho más. ¿Qué han leído los gobernantes? En principio, casi nada, porque no disponen de tiempo. Si acaso, leyeron o ya leerán, lo que comprueba la calidad de sus improvisaciones. Antes, se recordaba lo leído durante la etapa estudiantil, y eso con el fin de asombrarse a sí mismos. ¿A qué hora se lee y para qué? Doy un ejemplo, para mí, relevante. A un político del Partido Acción Nacional (de la derecha mexicana), Carlos Medina Placencia, un periodista le pregunta: «¿Qué lee ahora, senador?». Responde: «Nada, porque me cambié de casa y tuve que meter mis libros en cajas». Nuevo interrogante: «¿Y hace cuánto se cambió de casa?». Contestación elocuente: «Hace como ocho años». Además, es notoria en todos los dirigentes de la vida pública, eclesiásticos y empresarios entre ellos, la ausencia del vocabulario proveniente de la lectura; Ludwig Wittgenstein lo definió en forma memorable: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Digo la frase y visualizo a la clase dirigente latinoamericana, y no sólo a ella, encerrada, previo ángel exterminador, en el aula de aquel distante y cercano sexto año de educación privada. A los políticos, los mercadólogos (los nuevos poderes tras el trono) y los asesores de imagen (el nuevo trono) les aconsejan: «No se alejen de su electorado,/ eviten las palabras domingueras,/ no envíen a sus oyentes al lugar más alejado del mundo, el diccionario». Y el consejo culminante: «Hablen como la gente de la calle», como si pudiesen hablar de otra manera. Sin embargo, el problema central de la capacidad tan menguante de la comprensión se halla también, y muy primordialmente, en varios temas.
*** Afirma George Steiner: «Leer bien es arriesgarse a mucho. Es dejar vulnerable nuestra identidad, nuestra posesión de nosotros mismos (...) Quien haya leído La metamorfosis, de Kafka, y pueda mirarse impávido al espejo será capaz, técnicamente, de leer la letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta». Escribió Alfonso Reyes: «Estamos tejidos en la sustancia de los libros mucho más de lo que a simple vista parece. Aun los rasgos más espontáneos de nuestra conducta y aun nuestras más humildes palabras tienen detrás, sepámoslo o no, una larga tradición literaria que viene empujándonos y gobernándonos». Lo dicho por Reyes es innegable hasta cierto momento; luego un círculo de fenómenos (la desaparición gracias a la telenovela del antiguo lenguaje del melodrama, tan armado en la retórica de las crispaciones; la preeminencia de los cómics, el gran instrumento de la alfabetización de masas; el desvanecimiento del sitio central de la poesía; la erosión de la lógica en el sistema universitario y en la formación del conocimiento y, sobre todo, el culto a los fragmentos y el relegamiento de las visiones de conjunto) garantizan lo que en un primer momento podía calificarse de «actitud distraída», que es, en rigor, la incapacidad de concentrarse culturalmente por el abandono o el desconocimiento del pensamiento abstracto y de los referentes culturales.
*** El plurilingüismo no va a la par de la democracia. Si las élites latinoamericanas reciben el siglo XX hablando francés, lo despiden «en inglés», por lo común con el vocabulario mínimo, el que les hace leer a saltos The New York Times, Time Magazine, Newsweek, los servicios indispensables de internet, algún bestseller de Stephen King o de Tom Clancy (o los relevos en la lista de The Top Ten) y los libros de su especialidad, nunca demasiados. Y lo usual, en todas las clases sociales, es detenerse en el inglés comercial, laboral y técnico. Y, ni modo, en el spanglish de la clase dirigente, el único idioma del que algo se percibe es el español.
*** En la parte cercana a los seminarios y a la erudición, la derecha latinoamericana dispuso de un pasado bibliófilo; ahora la modernidad les reduce el espacio de credibilidad y, además, no les deja tiempo para leer, sólo para inmovilizarse ante la televisión. En la izquierda partidaria el antiintelectualismo se expresa por la devoción a la praxis, o, lo más común, por la burocratización de la idea de la praxis. Lo que no es acción es traición, y hay que enviar la invitación a la toma de conciencia con copia para las autoridades. Y la derecha, por otra parte, se especializa en su aversión a las audacias artísticas, lo que los lleva a censurar exposiciones, obras de teatro y películas. Por lo común, la secularización de las sociedades los obliga a retroceder, pero jamás desisten.Resultan un tanto desalentadoras las campañas gubernamentales «en favor de la lectura» (frase usada hasta el cansancio en México). Desde hace medio siglo en el mundo son excepciones los dirigentes de toda índole formados en la lectura. Recuerdo ahora la campaña del candidato Vicente Fox. En un encuentro en el Polyforum con intelectuales y artistas, Fox se sinceró: «A diferencia de ustedes, que se formaron leyendo libros, yo me formé viendo las nubes». ¿Cuántos altos dirigentes podrían decir lo mismo? El presidente Bush tal vez no. Él se formó invadiendo las nubes. El alejamiento orgánico de la lectura de parte de la clase gobernante ha tenido, entre otros, un costo: la ausencia de medidas de protección. A diferencia de los gobiernos de España, al tanto de las ventajas de una política fiscal que aliente a las editoriales, los gobiernos en América Latina suelen presionar por más impuestos a libros y editoriales, sin la mínima visión de conjunto del asunto. Mi chovinismo me lleva al ejemplo del secretario de Hacienda de México, Francisco Gil Díaz, que al defender sus cargas impositivas acusa a los intelectuales de no haber conseguido que el pueblo lea, y concluye heroicamente: «Lo único que se lee en México son cómics semipornográficos». Y sus acciones no le acarrean costos políticos porque en materia de lecturas cada quien se conforma con reiterar sus promesas íntimas: «El año que viene sí termino de leer este soneto».

Educación y lecturaLa masificación de la enseñanza tiene consecuencias positivas en lo cultural. En América Latina hay cientos de millones de estudiantes, de educación primaria a posgrado, y si en relación con otros países es aún insuficiente el número de inscritos en la enseñanza superior (o postsecundaria, como sugería Octavio Paz, no sé si malévolamente), las cifras son altísimas de cualquier modo.¿De qué se habla cuando se anuncia la «catástrofe educativa»? De varios procesos simultáneos:
La incapacidad de las escuelas públicas y privadas de actualizar los métodos de enseñanza (y la falta de recursos para implantar adecuadamente la informática en la enseñanza pública).
La distorsión de las dificultades de la literatura. «No entiendo poesía, se me hace muy difícil».
La identificación entre lectura y compromisos de adquisición del título universitario.
La deserción sistemática de los obligados a trabajar o, seré más específico, a buscar empleo; el crecimiento de la población escolar y la disminución constante de recursos del Estado en el caso de escuelas públicas.
El fin de la creencia en las bondades providenciales del título universitario (ya no es cierto el dicho antiguo: «Cada abogado trae su pan»).
La falta de previsión en lo tocante a la relación entre universidades y mercado de empleos.
La conversión de la globalidad en religión civil, adorada en abstracto.
La absoluta falta de planeación. Así por ejemplo, la carrera de más acelerado desenvolvimiento en América Latina es ciencias de la comunicación o de la información, poblada de ansiosos de aparecer en televisión, o de «manipular a las masas» (de seguir así la explosión demográfica de esta carrera, se verá el caso insólito de las masas manipulando a las masas). Y la mercadotecnia es la nueva carrera universitaria de crecimiento veloz.

En la educación pública la burocracia se expande, son lamentables los salarios de los profesores, las instalaciones son ruinosas y los planes de estudios se improvisan cada tres años. La educación privada no está mejor, instalaciones aparte en algunos casos, pero sus egresados sí disponen de más seguridades, o de alguna; por eso en México a la carrera de administración de empresas se le dice «administración de herencias». Así, no obstante la masificación de la enseñanza, los sistemas educativos no han variado en lo básico porque la tecnología deja muy atrás a la pedagogía y no hay suficiente dinero para la actualización tecnológica.

De la lectura como privilegio ópticoEl deterioro del proceso educativo amengua considerablemente la puesta al día cultural. En la década de los años setenta se creyó posible o se quiso creer que en América Latina había cientos o miles de millones de estudiantes en la lectura. No hay tal por razones diversas, entre ellas la inexorable: en cualquier sociedad sólo una minoría lee, y su proporción jamás crece al ritmo exacto de la demografía. Lo usual es el consumo de unos cuantos libros (por lo común entendido como cumplimiento de tareas de clase) y abundan las copias xerox. El grado xerox de la lectura. Sí, es muy importante el volumen de ediciones del Estado y las universidades (absolutamente desinteresadas en los asuntos de la distribución), pero tampoco son menospreciables la desidia y la hipocresía. ¡Ah, esas quejas a gritos de lo caro del libro de quienes jamás protestarían por el costo de las bebidas! El acercamiento a la lectura sólo por obligación desemboca en las «generaciones fechadas» de profesionistas, de los que es posible saber, con exactitud pasmosa, sus años de universidad y de posgrado por las referencias bibliográficas en su conversación. Y el fenómeno se agrava con la inexistencia de un sistema de bibliotecas digno de tal nombre. Son varias las bibliotecas de Estados Unidos y Europa que tienen más volúmenes que todas las de México juntas (lo anterior no me convierte en fetichista de las bibliotecas). Pudo y puede ser de otro modo, pero en América Latina nunca se le ha reconocido provecho alguno al acto de leer, calificado de «obsesión de grupos»; algo semejante a la Marca de Caín, el mismo que no acompaña a Abel por estar ante un libro. Leer «está bien» si se viaja en avión, si se está enfermo, si se convalece o si se requieren temas de sobremesa. Hasta allí. Y con esto pierde la sociedad, al abandonar una de sus ventajas primordiales: la lectura como estructura personal del conocimiento. El que no lee se acerca a las ideas con miedo, rechazo previo, encono o veneración parroquial; el que lee puede hacer eso mismo, pero es menor el número de probabilidades. Desde los años setenta, y el fenómeno es internacional, se renunció en la enseñanza elemental de América Latina a la memorización de fechas, poemas, procesos, y sólo se ha conseguido potenciar la amnesia de lo jamás aprendido. Y no se impulsa la lectura desde las instituciones educativas, ya que, en el fondo, no creen posible animar a los estudiantes a hacer lo que los funcionarios desdeñan. Este es el mensaje, no tan oculto: «Lee este libro en memoria de lo que nunca hojearás o vislumbrarás siquiera». La mayoría abandona su proceso educativo en el sexto año de primaria y otro porcentaje importante lo hace en el ciclo secundario; quienes prosiguen no suelen ver en la lectura un instrumento del desarrollo personal, sino un rito de tránsito. El proceso es más o menos el siguiente:
Los profesores de primaria y secundaria leen poco porque el salario no les alcanza y, por eso, no transmiten lo que no poseen: el placer de la lectura.
Los maestros de enseñanza media y, con frecuencia, de educación superior, no leen porque sus sueldos no lo permiten, y muy pocas veces las bibliotecas de sus instituciones tienen el acervo conveniente.
Ergo, los maestros transmiten su moraleja de múltiples formas: el libro es prescindible, ya que a mí, el maestro, no me impulsó en la vida, y a ustedes, los alumnos, los llevará, si no se cuidan, a ser profesores.
Sé que generalizo, sé que no generalizo. Al tema, siempre que aparece, lo acompaña la solución: formar a los lectores desde la niñez. Pero, en la práctica, la apatía es notoria y es la minoría previsible la que lee desde siempre.

«Me gusta leer de noche para combatir el insomnio»El analfabetismo funcional es sin duda la relación dominante con la lectura. Hay una impresión dominante: leer es dejar de ver lo interesante, leer es renunciar al ejercicio de la vista. Las madres exclaman al ver al hijo o a la hija leyendo: «¿Qué haces allí sentadote? Ponte a hacer algo útil». Por lo común, se leen los textos que nada más exigen la atención distraída y fragmentaria, o el apego devocional a falsos catecismos (la literatura de «autoayuda»). En América Latina, los prestigios literarios suelen darse por fe y no por demostración. El atractivo hipnótico de la tecnología auspicia generaciones de lectores que no se reconocerían como tales. La literatura del self help o de autoayuda pertenece al territorio de las generaciones, ya sin el menor sentido de culpa respecto a sus deberes hacia los libros. Los libros de superación personal son el mejor ejemplo de lo que se lee contradiciendo las tradiciones de la lectura, y son también un regreso al ámbito del Catecismo del padre Ripalda en su versión triunfalista. Un ejemplo:P.: ¿Qué es el éxito?R.: La única meta digna de obtener en la vida.P.: ¿Dónde está el éxito?R.: Al alcance de la voluntad de la persona y de su capacidad para conseguirlo en diez lecciones fáciles. P.: ¿Dónde se inicia la búsqueda deléxito?R.: Ante el espejo, asegurando que el rostro tiene una expresión decidida. La lectura de los alejados de los libros. Pero éstos, ¿qué leen en rigor? Además de lo evidente (cómics, periódicos deportivos, libros de autoayuda o de superación personal, textos religiosos, divulgaciones de historia nacional e internacional, manuales de la especialidad), leen a través de los diálogos del cine y la televisión (donde el sustrato literario se desvanece), de los mensajes religiosos (amenazados cada vez más por la mercadotecnia), de la publicidad, del habla de los cómicos televisivos.

Del Mercado del Libro¿Cómo se forman, se amplían o, de ser el caso, se reducen las generaciones de lectores, las hoy llamadas escuetamente el Mercado del Libro? La pregunta surge de un proceso marcado por la crisis de la industria gráfica y la industria editorial, la captura creciente de los puntos de venta por libros que sólo lo son en apariencia (esoterismo, consejos para obtener éxito instantáneo, etcétera), las inmensas dificultades de distribución y la carencia (histórica) de proyecto cultural de las instituciones gubernamentales, carencia que los programas más ostentosos no resuelven. Que el problema es grave lo exhiben las declaraciones extremistas. En 1992, Jaime Labastida, director de Siglo XXI, fue categórico: «Lo que hace falta no son campañas de promoción de la lectura, ni que los libros tengan mejores precios, ni tampoco que existan más bibliotecas y librerías. No necesitamos este tipo de estímulos porque los estímulos son mentales. Cuando hay verdadero interés, la actividad de la lectura se desarrolla por sí misma» (El Universal, 28 de diciembre de 1992). En su énfasis, Labastida se acerca un tanto a la tesis macluhaniana del fin de la era de Gutenberg: «La palabra escrita para efectos de diversión, como la novela y el relato, ha cedido mucho espacio a otras formas de entretenimiento, como el cine y la televisión; incluso el cine destruyó de manera completa la actividad teatral y ahora la televisión está destruyendo el cine (industria que ahora también se encuentra en crisis) y a la palabra escrita». La noción un tanto vaga de «estímulos mentales» y la síntesis del panorama, desoladora o defoliada, requieren explicación y matices. Ni el cine destruyó «de manera completa» la actividad teatral, que continúa incesante, aunque en graves dificultades económicas, ni la televisión está destruyendo (modificando sí) al cine, ni la palabra escrita ha perdido lo esencial de su impulso extraordinario. Y en cuanto a «los estímulos mentales», de ser éstos los que imagino, surgen de factores muy variados: las tradiciones de familia y comunidad, la vida estudiantil, las redes amistosas, las modas, las tendencias místicas y paramísticas, los deseos de superación, los descubrimientos personales que, como sea, en ese azar que nunca lo es tanto, necesitan bibliotecas, precios accesibles que persuadan a los lectores de mínimos recursos, campañas permanentes de incitación a la lectura, sistemas eficaces de distribución de la vasta y nunca muy distribuida producción estatal, etcétera. Los métodos —si se quiere convencionales— de acercamiento al libro distan de haberse agotado, entre otras cosas porque nunca se han intentado de manera rigurosa y sistemática, pese a la abundancia relativa de ediciones de libros de calidad que no contrarrestan la falta de proyectos nacionales, la abundancia burocrática y la sujeción de todos los planes a los relevos de gobierno. Es notorio el sitio ínfimo que el Estado y la sociedad le conceden a la lectura. Al respecto, Octavio Paz declaró:«Los escritores mexicanos trabajamos en condiciones particularmente desventajosas: nuestra industria editorial es raquítica, las ediciones son ridículas por lo que se refiere al número de ejemplares, y aun así penetran muy difícilmente en un público que no lee. Y no lee porque no se ha inculcado en los hogares, ni en las escuelas, el amor a la lectura. La indiferencia ante el libro, general en los pueblos hispánicos, se convierte entre nosotros en una suerte de horror. Para la mayoría de nuestros compatriotas leer un libro es una excentricidad, una curiosidad psicológica que colinda con la patología. Esto ha sido el resultado de años y años de ruidosas campañas de alfabetización» (La Jornada, 16 de enero de 1993). La descripción de Paz no es justa. Las campañas de alfabetización han sido importantísimas y el desbordamiento de la enseñanza media y superior ha disminuido el antiintelectualismo en la sociedad (hoy, el libro es objeto de reconocimiento, en actitudes que van del respeto al fetichismo). La nueva generación de lectores aprovecha los resquicios de las oportunidades, y se hace presente en bibliotecas estatales, municipales y universitarias, cadenas de préstamos, fotocopias, búsquedas de saldos. El libro ha llegado errática pero significativamente a sectores que antes lo ignoraban, que si se inhiben ante los precios es por la ausencia del hábito social que considere productivo el gasto económico en un objeto de conocimiento. Los gobiernos, en Saturno, les atribuyen (si algo reconocen) a los rezagos del pasado y la economía mundial la falta de lectura, o la ven como el pago del presente por el bienestar de las generaciones futuras: «Tus nietos gozarán, viajarán, dispondrán de ocios creativos y leerán gracias a tus sacrificios».
*** En materia literaria, está desapareciendo la provincia, en el sentido peyorativo del término. La sigue habiendo en materia de producción y distribución de libros, pero el nivel es semejante, y el conocimiento instalado de los escritores ya no difiere sensiblemente. El criterio de ventas no es de modo alguno sinónimo de calidad, pero tampoco, como lo han probado Rulfo y García Márquez, de falta de calidad. Y se han desvanecido las viejas oposiciones: nacionalismo / cosmopolitismo; alta cultura / cultura popular; tradición / modernidad, antinomias que se reformulan muy de otra manera.

¿Cuántos lectores quedan?¿Qué significa la escasez de lectores y cuáles son sus causas? Entre ellas están:
El peso, tan señalado, de las rutinas televisivas. En la primera mitad del siglo, al menos en las clases medias, aunque también en sectores obreros, el periódico forma parte de los hábitos hogareños, y el civismo de los niños se inicia al oír a sus familiares discutir interpretaciones y noticias como parte de su vida cotidiana. Esto ahora sólo ocurre excepcionalmente durante los noticieros televisivos, y en lo tocante a la prensa, se confina a los escándalos. El morbo sí es pasión genuina de los lectores y los divulgadores de lo leído a medias.
Se busca complacer de modo primordial al «lector real o posible», superficial en extremo, descuidado, atravesado por el rencor social, que satisface sus demandas noticiosas al revisar las cabezas de los periódicos. Y los periódicos latinoamericanos, pese a su genuina vocación internacional, se desentienden del lector ideal, que es, en síntesis, el que de verdad lee los periódicos, y responde de manera crítica y desde posiciones comunitarias a la noticia y sus interpretaciones.
Las dificultades adquisitivas se acrecientan. La lectura se encarece y se «privatiza», y el problema se acentúa por la escasez de bibliotecas públicas. Falta hablar de las tecnologías que hoy se proponen como remplazo del libro. Su potencialidad es asombrosa, y muy probablemente determinarán los procesos de la enseñanza. Pero en la medida en que un niño o un joven o una persona adulta se encuentre con objetos poblados de signos descifrables, de los que extrae conocimientos sobre el ser humano, información, deleite, sentido del humor, gozo y cultivo del idioma, en esa medida la resurrección se garantiza.
La desconfianza casi instintiva ante lo afirmado en diarios y revistas, lo que se complementa con la credulidad casi instintiva ante los frutos del sensacionalismo. No se cree en la manipulación gubernamental, que usa las ocho columnas como cripta a perpetuidad del presidencialismo; se cree con fervor en las noticias que tienen la apariencia de rumor («¿Ya leíste eso? Parece como si te lo estuvieran diciendo»). Así, los lectores sistemáticos se reducen en cada ciudad a la minoría que lee dos o tres diarios (la excepción serían aquellos dedicados al deporte y los que satisfacen una idea antigua de pueblo: «Colectividad que sólo cree en el crimen, el deporte y el espectáculo»).
Según Piso, una valoración internacional de niveles de entendimiento, la capacidad de captar lo esencial de los textos no es lo más notable de América Latina. Se lee, pero se han perdido muchísimos niveles o asideros de comprensión.

Derechos de los lectoresLos derechos de los lectores distan de estar garantizados en la mayor parte de las publicaciones que, por lo demás, ni siquiera los consideran. Esto se debe, entre otros motivos, a:
El criterio cortesano que jerarquiza las noticias (primero, lo que le interesa al gobierno; ya después, si hay espacio, lo que le interesa a la sociedad).
El desinterés ante el seguimiento de noticias de importancia. Al principio, son hechos excepcionales; luego, son situaciones anticlimáticas. Gracias a tal estrategia, a casi todas las publicaciones sólo les interesan las noticias que surgen porque sí y desaparecen acto seguido.
La idea dominante, no por jamás verbalizada menos actuante, del rango secundario de lo escrito, relegado por lo televisivo.
La lectura sigue siendo un acto profundamente personal. Y al Estado y la sociedad les corresponde crear las condiciones para que quien lo desee tenga a su alcance las facilidades o las oportunidades para ejercer como lector, rango nada menospreciable de los placeres de la subjetividad.¿Una conclusión? Tiré mi corazón al azar y me lo ganó la lectura.

http://www.revistanumero.com/41/41lect.htm

Murió Carlos Monsiváis -Artículo Página 12



Domingo, 20 de junio de 2010
LITERATURA › MURIO A LOS 72 AÑOS EL ESCRITOR MEXICANO CARLOS MONSIVAIS
Se fue el hombre feroz y brillante
Era el último escritor público de México, dueño de una ironía feroz y de una curiosidad que lo hizo inclasificable. Periodista, novelista, ensayista, Monsiváis fue una fuerza de la naturaleza enamorado de su país.

Por Silvina Friera
El alma mexicana está de luto. Se ha quedado huérfana. Ha perdido al más brillante de sus intelectuales de izquierda. El escritor militante que supo desentrañar los intersticios más recónditos de ese país camaleónico, con cientos de caras, que parecía intraducible. Algunos respirarán hondo, cerrarán los puños y liberarán algunas lágrimas o un quejido. No faltará quien balbucee, para conjurar la amargura, “por mi madre, bohemios”, el título de la legendaria columna de este grandísimo hombre orquesta de anteojos gruesos, típica tonada mexicana susurrada por su timidez crónica, y pluma afiladísima. El cronista de los cronistas mexicanos era un auténtico “fuera de serie” de las letras por su mirada crítica, por su lenguaje monsivaisiano y por esa elasticidad tan excepcional para escribir sobre lucha libre, fotografía, cómics, culebrones, danzón, ídolos populares, reinas de bellas, criminales enrejados, perdedores de diversos pelajes, indígenas y todo lo que se le cruzara en el camino de su interés en estado de alerta y movilización. Después de meses de pulsear contra una fibrosis pulmonar, el escritor Carlos Monsiváis, “el documentador de la fecundísima fauna de nuestra imbecilidad nacional”, como lo definió su colega Sergio Pitol, murió ayer, a los 72 años. Lloran los mexicanos. Latinoamérica también está de luto.
El hombre que hizo de la crónica un género monumental –nadie como él fue capaz de alimentarse de los cientos de giros lingüísticos de un país en donde se habla “padrísimo”– nació en México el 4 de mayo de 1938. Algunos críticos ubican a Monsiváis “detrás” de Octavio Paz y Carlos Fuentes, pisándole los talones a ese binomio. Tal vez se podría afirmar que se equivocan. Donde dice “detrás” habría que poner a la par, en igualdad de condiciones, aunque su obra resulte “inclasificable” y reacia a las cristalizaciones. El escritor se formó en las facultades de Economía y de Filosofía y Letras en la UNAM, donde conoció a quienes serían sus amigos entrañables, con quienes compartiría su vida como ensayista y periodista cultural: Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y Elena Poniatowska. Estos y otros amigos, como Juan Gelman, lo apodaron “porsiváis”, porque su asistencia a las invitaciones que recibía (y confirmaba) nunca estaba garantizada.
Sus libros, artículos, ensayos y antologías son uno de los pilares fundamentales de la literatura mexicana contemporánea. Defensor de los libros y los lectores, en una de sus últimas visitas a la Feria del Libro de Guadalajara dijo que “la supremacía de la imagen no es el peor enemigo” de la lectura, “sino el empobrecimiento de la educación en nuestro país”. Quizá por eso escribió tanto: para torcerle, a su manera, el brazo al peor enemigo. Es autor de Días de guardar (1970), Amor perdido (1976), Nuevo catecismo para los indios remisos (1982), Escenas de pudor y de liviandad (1988), Los rituales del caos (1995), Aires de familia, que obtuvo el premio Anagrama de Ensayos en 2000; y Las alusiones perdidas (2007), entre otros. Su último libro, Apocalipstick (2009), lo estaba escribiendo “a marchas forzadas” cuando se presentó en 2007 en la Feria del Libro de Buenos Aires. El título es “una fórmula verbal para acercarnos a ciertas performances de moda en la Ciudad de México y sus alrededores”, aclaró en esa oportunidad con su particular estilo, entre mordaz y tragicómico, destilando, siempre, una extraña ironía que parecía nacerle en la gestualidad de su cara.
Desde muy joven, afortunadamente para sus lectores, metió las manos en el periodismo y colaboró en suplementos periodísticos y en diarios como El Universal, Futuro, Excélsior y el Gallo Ilustrado. Además, cofundó y colaboró en el semanario Proceso, Unomásuno y La Jornada. Dicen que su casa olía a gato; su escritura, a libertad. “Sin mis libros me sería imposible vivir y sin mis gatos, también. Los libros no aúllan ni los gatos proporcionan sabiduría, por eso no podría elegir. Preferiría entonces vivir sin mí”, confesaba Monsiváis. Cuando en 2006 ganó el premio Juan Rulfo, el jurado, que lo eligió por unanimidad, subrayó que el escritor ha renovado “las formas de la crónica periodística, el ensayo literario y el pensamiento contemporáneo de México y América latina”. También destacaron que el autor de Escenas de pudor y liviandad “ha forjado un lenguaje distinto para representar la riqueza de la cultura popular, el espectáculo de la modernización urbana, los códigos del poder y las mentalidades”.
El último escritor público en México –como lo calificó Adolfo Castañón en su ensayo “Un hombre llamado ciudad”–, en el sentido en que no sólo cualquier mexicano lo ha escuchado o leído, sino que todos son capaces de reconocerlo en la calle, se identificaba con la izquierda. Pero aclaraba que “no con la parte de la izquierda que, por ejemplo, dice que Fidel Castro no es un dictador”. Con esa parte no comulgaba. Tampoco adhería a aquellos sectores que advertían en Hugo Chávez “un ser ponderado y moderado”. Su trabajo periodístico se orientó a dar cuenta de todos aquellos fenómenos literarios, culturales y sociales que desafiaban al autoritarismo, al orden establecido, al conservadorismo, como el movimiento estudiantil de 1968, los ídolos populares –con El Santo y Cantinflas a la cabeza–, el movimiento feminista y las figuras contestatarias. Sentía –y se notaba– un rechazo visceral contra toda posición intolerante y retrógrada.
Monsiváis puso sus ideas al servicio de la defensa de las minorías sociales, acompañó la batalla por la despenalización del aborto y las luchas feministas. Crítico con los políticos de su país, el escritor les daba con el hacha de su ironía. “Si uno habla de un político en particular, puede o no confiar en él, pero si uno dice ‘la política’ y no desconfía, no ha aprendido nada de la historia. No sé si la historia da clases, tengo dudas, no sé dónde hay que inscribirse para recibirla”, decía en una entrevista con Página/12. Le gustaba recordar que Borges dijo alguna vez que él conocía peruanos, argentinos, chilenos, pero que no había conocido a un solo latinoamericano. “En los próximos años sabremos si los hay, al menos en la intención y en los debates históricos, políticos y culturales. Es la primera oportunidad que tenemos para examinar de qué manera esa confluencia de anhelos y logros independentistas ha producido una realidad específica. Y se va a requerir un esfuerzo especial para averiguar si detrás de los acuerdos comerciales de los últimos años existe algo más.”
El escritor se entretenía con las “tareas imposibles”, como examinar la compleja riqueza de las tradiciones mexicanas. El hombre orquesta aseguró que nunca hablaría de toros; lo consideraba un “espectáculo de barbarie al que llaman arte”. “Juan Villoro ha dicho que Dios es una pelota. En este caso específico soy ateo –ironizaba Monsiváis–. Quizá cinco segundos antes de morir comprenda de qué se trata y me llevaré ese secreto para mí en una tumba esférica.” Y se fue con ese secreto. Se extrañará su apabullante lucidez.
//

martes, 25 de mayo de 2010

Despedida a Daniel Alberto Dessein

Defensor de la lectura en un mundo que tiende a olvidar los espesores de la escritura
. Carmen Perilli

Cuando supe de la muerte de Daniel Alberto Dessein, no pude sino pensar que había emprendido el viaje para reunirse con sus grandes amigos, Gennie Valentié y Tomás Eloy Martínez. Me los imaginé sentados, en cómodos sillones, retomando, por fin, sus largas conversaciones.Al empezar a escribir estas palabras me di cuenta de que en su figura se unían dos significativos conceptos: la amistad y el periodismo. Como colaboradora de LA GACETA Literaria, Daniel Alberto me otorgó un trato respetuoso y cálido, beneficiando mi escritura con atinadas sugerencias. Pero me acerqué a él a través de sus dos grandes amigos, Gennie y Tomás, y me impresionó su entrega a la amistad de intensidad infrecuente. Como Octavio Paz, el poeta mexicano, comprendía que "para que pueda ser he de ser otro, /salir de mí, buscarme entre los otros, /los otros que no son si yo no existo, /los otros que me dan plena existencia".Lo recuerdo en la despedida de la gran amiga, recién llegado del avión, frente a la tumba abierta, diciéndole hasta luego. Me escribió después de la muerte de Tomás Eloy, diciéndome que su partida se estaba demorando solamente para dejar el último adiós a los que amaba y apreciaba.Su actividad cultural fue incesante y se entregó con denuedo a su titánica defensa de uno de los suplementos literarios argentinos más antiguos. Su vida marcó la segunda mitad del siglo XX tucumano; su muerte representa el fin de ciclo, el de una ciudad letrada, surgido cuando el suplemento era una sola página. Su historia ha sido objeto de estudios y ficciones. Los primeros años fueron retratados por Hugo Foguet en "Pretérito Perfecto" y Tomás Eloy en "Sagrado". Un conjunto de intelectuales que, más allá de cualquier opinión, ha marcado, de modo definitivo, la vida provincial y nacional. LA GACETA Literaria tiene un puesto en el mundo cultural argentino, latinoamericano e internacional.Daniel Alberto fue un defensor de la lectura en un mundo donde la "comunicación" tiende a olvidar los espesores de la escritura y la imaginación, escindiendo letra la importante relación entre la literatura y el periodismo. Sabía el daño que produce el desencuentro entre estos oficios. Su gran acierto fue el armado de una suerte de zona libre que, dentro del diario, permitiera hablar a quienes pertenecían al mundo exterior. Con ello abrió las puertas a una casa que da sentido y continuidad a nuestro lugar de cultura, Tucumán. Sin duda seguirá habitando en el suplemento.

martes, 27 de abril de 2010

Reflexiones en torno a la cultura latinoamericana

REVISTA DIGITAL DE CRITICA, ENSAYO E HISTORIA DEL ARTE FUNDADA POR ADOLFO PARDO EN SANTIAGO DE CHILE EN 1997

Reflexiones en torno a la cultura latinoamericana
Carmen Perilli
La descolonización de la cultura latinoamericana supone la revisión de los múltiples relatos tejidos alrededor de la identidad del continente, identidad entendida como esencia. Desde antes de la Conquista La Letra proyectó una imagen virtual del Nuevo Mundo. Las representación estuvo signada por la alteridad del objeto, en relación a un sujeto que lo definía desde fuera.
En el largo discurso que vertebra nuestra cultura continental podemos reconocer distintos ideologemas. Desde el discurso narrativo de la conquista estructurado alrededor de Mirabilia o maravilla en el sueño del Dorado y de la Fuente de la Eterna Juventud, o utopía en la posibilidad de inaugurar una nueva sociedad hasta las últimas lecturas que condenan a nuestros pueblos a los márgenes de la sociedad postindustrial ; Latinoamericanos frente a las arrogante americanos (del norte).
Los momentos eufóricos o disfóricos del discurso ideológico fueron múltiples. El mestizaje, como señala Cornejo Polar, ha producido tanto visiones pesimistas como de exaltaciones optimistas. Encontramos una fuerte relación entre el mestizaje y el proyecto de la modernidad. José Martí en Nuestra América enuncia la idea de sumatoria:"Eramos una visión con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño.Eramos una máscara con los calzones de Inglaterra, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo,nos daba vuelta alrededor,y se iba al monte, a la cumbre del monte a bautizar sus hijos. El negro, oteando, cantaba en la noche..."1
La concepción del espacio americano como conjunción de culturas corresponde a un proyecto cultural de la postguerra. Esta representación es asumida por José Vasconcelos (cultura sinfónica); Ricardo Rojas (Eurindia); Arturo Uslar Pietri (cultura aluvional) ;José Lezama Lima (protoplasma incorporativo) Alejo Carpentier (lo real maravilloso americano). A través de estos modelos explicativos intentaron dar cuenta de una ontología del continente como mestizo.
En todos los casos se trataba de una resolución con raíces en el nacionalismo vernáculo que enfatizaba etnocéntricamente en la suma y no en el conflicto pecando de reduccionismo al ignorar las diferencias, moviéndose con exclusividad dentro de la cultura central. Reconoce al menos tres matrices étnicas :la negra, la blanca, la indígena. Este discurso soslayaba de la pluralidad y del conflicto, como reducción de las partes al todo en lo que Antonio Candido llamaría "conciencia amena del subdesarrollo".Vemos la euforia en los textos de Carpentier que encubren la ficcionalización del espacio americano-"por la presencia fáustica del indio y del negro, por la Revelación que constituyó su reciente descubrimiento, por los fecundos mestizajes que propició, América está lejos de haber agotado su caudal de mitologías" (1)
La potencia de la palabra mestizaje es innegable. Aún hoy podemos advertir la fuerza de esta imagen autoidentificatoria. Refiriéndose a su empleo indica y coincido plenamente el riesgo de encontrar un locus amoenus que tranquilice a los intelectuales que no abandonan la visión eurocéntrica en la medida que se define lo americano como diferencia (2). Si bien es innegable la "confluencia" de razas y de culturas no lo es menos en otras regiones del planeta.
Los términos mestizaje y transculturación gozan de un mismo origen aunque de diverso prestigio. La noción mestizo nos remite a la idea de mezcla, mezcla profundamente asimétrica . La instancia hace hincapié más en las semejanzas que en las diferencias e inaugura la categoría de Nuevo Mundo, Nuevo Hombre en la que donde subyace la idea de un continente joven resucitando la utopía de la Patria Grande. Los planteos de José Lezama Lima y Alejo Carpentier están fuertemente influidos por La decadencia de Occidente de Oswald Spengler. América es el continente barroco en el que la mezcla es la operación fundamental , mezcla que tiene que ver más con la yuxtaposición que con la oposición, basada en la positividad más que en la negatividad, aunque se sostenga la existencia de la tensión en el arte americano, ésta siempre está atenuada.
La incidencia de la vanguardias estéticas como de las vanguardias políticas en el acceso a la modernidad posibilitó la búsqueda de nuevos modelos en los que se intentó la conciliación de lo político y de lo estético. Entre sus resultados estuvieron los socialismos nacionales o nacionalismos populistas que fueron acompañados por una irrupción violenta de la periferia en los centros de poder. La conjunción de modernidad y tradición fue la marca de un discurso literario y cultural que reivindica el derecho de los regionalismos a ser universalizados.
En el vocablo transculturación surgido en América en los años cuarenta cuando Fernando Ortiz lo propone como modelo explicativo del fenómeno cubano en su libro Contrapunteo Cubano del Tabaco y del Azúcar exhibiendo el aval de Malinowski la cultura reaparece como unidad en la diversidad, espacio en el que se reunen las diferentes etnias que llegaron a Cuba.:"la verdadera historia de Cuba es la historia de sus intrincadísimas transculturaciones....Todos ellos arrancados de sus núcleos sociales originarios y con sus culturas destrozadas, oprimidas bajo el peso de las culturas aquí imperantes, como las cañas de azúcar son molidas entre las masas de los trapiches..." (3)
También la categoría heterogeneidad es fundamental en la crítica de la cultura que ha incorporado la categoría de alteridad. No es casual su nacimiento en el mundo de la postmodernidad o de la sobremodernidad en el que la antropología deja de ser antropología del otro.Pero este postulado, nombrado por Cornejo Polar como totalidad contradictoria ofrece las desventajas de las generalizaciones. Hablar de una heterogeneidad literaria refiriéndonos al sistema o a la literatura siempre supone tener en cuenta la heterogeneidad social , cultural y económica: "La posibilidad de articular mediante una red de contradicciones las múltiples literaturas de América Latina parece ser una mejor opción que la de reivindicar el estudio aislado -paralelo al de la literatura culta- de las literaturas marginales" (4).
Esto nos enfrenta a un enorme desafío en lo que se refiere a la relación entre cultura y literatura, homogeneidad y heterogeneidad. Asimismo deben introducirse dos conceptos interrelacionados: sistema y proceso. Las categorías literatura nacional y literatura regional son interdependientes aunque autónomos y fundamentales en la demarcación de las zonas literarias y culturales tanto internas como externamente.
Desde los años setenta se acentúa una lectura que insiste en la ruptura con la homogeneidad privilegiando la diferencia y la pluralidad. cambia la percepción del mundo y del sujeto. El intelectual, especialmente en los 80, cambiará su actitud de escritor a traductor. Se advierte la existencia de otros espacios, impugnando el imperialismo del libro. El concepto de culturas híbridas de García Canclini quiebra la ilusión esencialista: "Hoy concebimos a América Latina como una articulación más compleja de tradiciones y modernidades (diversas, desiguales),un continente heterogéneo formado por países donde, en cada uno, coexisten múltiples lógicas del desarrollo.Su crítica a los relatos omnicomprensivos sobre la historia puede servir para detectar las pretensiones fundamentalistas del tradicionalismo, el etnicismo y el nacionalismo, para entender las desviaciones autoritarias del liberalismo y del socialismo" (5)
La expresión heterogeneidad multitemporal se refiere a los sistemas popular, masivo y culto así como a sus dinámicas relaciones. La posibilidad de concebir a la cultura y a la literatura como un espacio en el que se entrecruzan diferentes sistemas que entran en colisión y , al mismo tiempo, confluyen nos permitiría aprovechar categorías como las planteadas por Raymond Williams quien diferencia entre una cultura hegemónica y otras alternativas y marginales, proveyendo de la útil demarcación entre la estructura de sentimiento y la institucionalización, partiendo siempre de un concepto dinámico e histórico de los términos (6).
La cultura latinoamericana puede ser trabajada como un polisistema dentro del cual interactúan más belicosa que armónicamente diferentes sistemas y sub-sistemas. En el origen del sistema hegemónico está la violenta colonización cultural del imaginario que acompañó la Conquista de América. La necesidad de autonomía produjo un curioso efecto como lo señala Angel Rama : "El esfuerzo de independencia ha sido tan tenaz que consiguió desarrollar en un continente donde la marca cultural más profunda y perdurable lo religa estrechamente a España y Portugal , una literatura cuya autonomía respecto a las peninsulares es flagrante, más que por tratarse de una invención insólita sin fuentes conocidas,por haberse emparentado con varias literaturas occidentales, en un grado no cumplido por las literaturas-madres" (7)
La transculturación es un fenómeno que se produce especialmente dentro del sistema hegemónico pero no deja de afectar al resto de los sistemas . Me parece muy fecunda la propuesta de Itamar Even Zohar (8) que propone el concepto de polisistema y de policultura. En un polisistema no debe pensarse en términos de un centro y una periferia sino en términos de múltiples centros y de migraciones de uno a otro espacio, hay múltiples concesiones de sistema a sistema así como conflictos. Así como existen sistemas abiertos y sistemas cerrados. Muchos de los sistemas marginados asumen una postura de autodefensa que los dota de rigidez. También habría que pensar en términos de múltiples tiempos. Es imposible prescindir del sistema cultural al buscar el eje organizador del discurso literario como sistema.Una zona literaria y cultural es una unidad orgánica de relaciones , distorsiones , movimientos, intercambios, cuya base se sitúa en una historia de parámetros comunes.
Se ha avanzado en la práctica de construcción de discursos de la pluralidad y de heterogeneidad .Hemos incorporado grandes zonas de nuestra cultura: los discursos coloniales, las literaturas indígenas , los testimonios, la escritura femenina, la escritura chicana, los grupos multiculturales. Muchos son los interrogantes y los vacíos ,entre ellos el que se refiere al trabajo interdisciplinario y a la dificultad de construir una tradición en América donde la continuidad de las ciencias sociales está siempre amenazada.
En ese sentido no podemos los estudiosos de la literatura y la cultura avanzar en el trabajo historiográfico y crítico si no contamos con la ayuda de los antropólogos, de los historiadores, de los lingüistas. Sino la propuesta de Cornejo supondría como me señalaba un amigo venezolano una especie de Pico de la Mirándola a fines del siglo XXI.
La revisión de las categorías de la crítica cultural debe permitirnos continuar los pasos de quienes señalaron la importancia de construir sistemas de pensamiento y categorías de lectura. La dispersión, la atomización de nuestros equipos conspira contra ellos, las estructuras de nuestras cátedras también. Nadie define mejor las tensiones de ese territorio que es la cultura latinoamericana que Eduardo Galeano: "Espacio de contradicción y encuentro, América Latina ofrece un campo de batalla entre las culturas del miedo y las culturas de la libertad , entre las que nos niegan y las que nos nace. Ese marco común, ese espacio común, ese común campo de batalla, es histórico . Proviene del pasado, se alimenta del pesente y se proyecta como necesidad y esperanza hacia los tiempos por venir, Porfiadamente ha sobrevivido, auqnue haya sido varias veces lastimado o roto por los mismos intereses que subrayan nuestras diferencias para ocultar nuestras identidades" (9)
Estamos convocados a ayudar a construir una cultura de la contraconquista como le gustaba decir a José Lezama Lima que nos permita trabajar la pluralidad y luchar contra la homogeneización que desde el poder- que hoy cuenta con un poderoso aliado en los medios de comunicación y en la falta de prestigio simbólico de la escuela -se intenta instaurar como imagen de nuestro continente, esta geografía en la que la belleza parece estar unida a la tristeza para siempre.
La lectura de la cultura latinoamericana está indefectiblemente unida al reconocimiento de la condición oprimida de nuestros pueblos marcados a fuego por el colonialismo salvaje así como a la existencia de grandes mayorías silenciadas que no tienen acceso a la letra ni al poder. Sin embargo durante siglos han elaborado respuestas de resistencia y nosotros estamos obligados a oirlas.
En nuestras universidades americanas deben cobijarse las "Palabras de corazón caliente"de los náhuatl al lado de los soberbios sermones del Lunarejo; los silenciosos colores de los quipus junto con el grito dolorido de Delmira y de Juana y de Alfonsina y de Marta, los clamores del cronista soldado y los fabulosos mundos de Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez , José Donoso; la palabra luminosa de los mbyá y el Libro de la biblioteca de Borges; los desgarrados testimonios de Rigoberta y Domitila, palabra musitada en la letra de otras, así como los oros de Darío y los tambores de Nicolás Guillén; a Vicente Huidobro intentando crear la rosa en el poema y a César Vallejo que busca apresar aquello que Diego Rojas, el compañero escribe con el dedo grande en el aire.
Cuanta riqueza de la pobreza como me decía Noé Jitrik. Cómo afrontar este desafío, cómo salir a desfacer entuertos como Don Quijote que junto con Sancho también se lanzó a andar por los inmensos territorios del continente vacío aunque no dejarán viajar a Cervantes.Cómo enfrentarnos a ella sin caer aturdidos en esa orgía perpetua que es la literatura pero dejándonos envolver en ella.
. La crítica es una actividad pero también es un ejercicio de libertad. El acto crítico supone un combate por la vida desarmando los autoritarismos, construyendo discursos contrahegemónicos, aceptando el disenso, la palabra del otro, polemizando con ella. Este ejercicio se transforma en una tarea indispensable en un fin de siglo ganado por los escepticismos en el que debemos recuperar las utopías en este nuestro reino de pesadumbre. Aceptemos el desafío de ser intelectuales hoy y aquí donde nuestra función es más importante que nunca. Un cantar mexicano de mucho antes de la conquista decía que los sabios eran aquellos que nos ayudaban a encontrar nuestro propio rostro:
"El sabio: una luz, una tea,una gruesa tea que no ahuma.Un espejo horadado,un espejo agujereado por los ambos lados..............................................................Hace sabio los rostros ajenos,hace a los otros tomar una cara" (10)
Tomar una cara, ése debe ser nuestro objetivo. La cultura sirve para esto fundamentalmente , para buscarnos, para encontrarnos. En esa búsqueda quizá encontremos más preguntas que respuestas. No es fácil trabajar desde un lugar como el nuestro, desde un tiempo como el nuestro. Pero puede ser hermoso. Y muchos nos han precedido, debemos aprender a escucharlos. Hace muchos años el maestro de Simón Bolívar, otro Simón al que muchos creían loco porque proclamaba que para ser libres había que enseñar a pensar antes que a leer decía : "O Inventamos o erramos" .
Carmen Perilli

NOTAS _____________ 1. Carpentier, Alejo, Prólogo a El reino de este mundo, Chile: Universitaria, 1967.
2. Leer propuesta de Antonio Cornejo Polar,. documento de trabajo de las JALLA, Tucumán, 1995.
3. Ortiz Fernado, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, La Habana, Ed.Ciencias Sociales, 1.983, pág. 87-
4. Cornejo Polar, Antonio,"Las literaturas marginales y la crítica" en Saúl Sosnowski., Augusto Roa Bastos y la producción cultural americana, Bs.As, La Flor, 1984, pág. 96.
5. García Canclini, Néstor, Culturas Híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, México: Grijalbo, 1989. pág. 23.
6. Raymond Williams, Marxismo y Literatura, Barcelona: Provenzal, 1984.
7. Rama, Angel, Transculturación narrativa en América Latina, México: Siglo XXI, 1985, pág. 12.
8. Itamar Even Zohar, Teoría del polisistema, mimeo.
9. Galeano , Eduardo, El descubrimiento de América que no fue, Barcelona: Laia, 1986,pág, 37.
10. Leóm Portilla, Miguel, Los antiguos mexicanos, México: Fondo de Cultura Económica, 1961,pág.125http://www.critica.cl/html/perilli_04.htm

viernes, 16 de abril de 2010

juicio a bussi

DERECHOS HUMANOS - REVISION DE LOS 70Los familiares de Garmendia dieron detalles del secuestro Viernes 16 de Abril de 2010 La empleada doméstica culpa a policías. El 21 de junio de 1977, al mediodía, Angel Mario Garmendia, fue secuestrado de la casa de su madre, donde había ido a almorzar con su esposa, Carmen Perilli, con quien tenía dos hijos. El licenciado en química había sido dirigente de la Federación Universitaria del Norte y fue profesor universitario hasta que lo dejaron cesante en 1976.
En su declaración, Perilli confirmó los acontecimientos y admitió que con su marido estaban preocupados por amigos desaparecidos, en especial por Ricardo Torres Correa y Adriana Mitrovich.
"Todos estaban armados, y uno me agitó una credencial que decía ’Coordinación Federal’. Mi esposo, que le decíamos Coqui, quiso tranquilizarme, pero me di cuenta de que estaba aterrado. Creo que uno de ellos era (Roberto) Albornoz, pero no estoy segura", relató quebrada por la emoción. Visiblemente conmovida, leyó la nota que presentó el desaparecido pidiendo su reincorporación como docente en la UNT, con el respaldo de reconocidos investigadores: "no tengo ninguna relación, conexión, pertenencia o afiliación a ninguna organización política, grupo, partido, asociación o secta, legalmente reconocida y mucho menos subversiva. Soy un ciudadano digno y respetuoso de las leyes y de las tradiciones nacionales. No tengo ni tuve actividades disociadoras de la sociedad. Mi conducta es valorada en un sentido ampliamente positivo".
Búsqueda infructuosa"Entró la Policía y dijo que venían a detenerlo porque había atropellado a una persona. Lo metieron en un auto y se lo llevaron. Todos gritaban. Nos miramos por última vez y nunca más se supo nada de él", recordó Lidia Argentina Sosa, la empleada doméstica que presenció el operativo. Ella advirtió que los efectivos estaban vestidos de civil, pero reconoció a uno de ellos porque lo había visto antes en la Jefatura de Policía.
Los pormenores de la búsqueda fueron relatados por su hermano, César Garmendia, quien detalló el peregrinar con entrevistas infructuosas con Julio Ballofet, Antonio Arrechea y Albino Mario Zimmermann ("todos dijeron lo mismo: que las fuerzas no actuaban así sino claramente", dijo); con el Arzobispado de Tucumán y con la Nunciatura en el país. También habló de las gestiones en el Ministerio del Interior; en la Justicia, con hábeas corpus; y ante Amnesty International, la comisión de Derechos Humanos de la OEA ("por gestión de Francisco Sassi Colombres, hablé con su titular, Edmundo Vargas Carreño, quien me dijo que no quedaba nadie vivo de los desaparecidos", recordó) y la Conadep, ya en democracia.
"Agotamos los caminos posibles, y le pedí a la Conadep que vengan con urgencia para que no se pierdan pruebas, pero se demoraron. Es hora de que se haga Justicia", afirmó Garmendia.
El testigo se mostró indignado porque en la elevación a juicio oral se mencionó a su hermano como militante del Partido Comunista. "Se cometió un grave error al transcribir una descripción errada de él, basada en una ficha de Inteligencia de la Policía, que paradójicamente la conseguí yo en las búsquedas que hice. Son las manifestaciones de los secuestradores, todo falso, lo que me causó un daño moral", puntualizó

viernes, 5 de marzo de 2010

2010 - Casi dos semanas de juicio a los genocidas- Tucumán

1980

A 4 años del secuestro de Angel

Escribo. Intento arrojar fuera de mí el tiempo viejo, fuera de este nuevo tiempo. La angustia me quema, se interpone entre yo y la vida, se cuela rastreramente en los agujeros que mi miedo le deja y me despoja de mí, me deja sola frente a un gran espejo vacío. Escribí me decía oracular , José , hacé como los grandes hombres que miran las altas cumbres. Por qué no te vas a la puta madre que te parió con recetas de grandes hombres estoy hasta la coronilla de los grandes hombres y de sus recetas por ahí me quedo con las palabras pequeñas de las mujeres o las sonrisas de mis hijos pero en lo que sí estoy de acuerdo es en que no renuncio a las palabras son mías tengo derecho a ellas me las he ganado.

Estoy llena de preguntas no entiendo quién soy y qué es mi vida, todo junto presente y futuro; al pasado lo tengo cada vez más claro pero también siento que mi cuerpo se rebela a seguir siendo pasado que a mis ganas ya no las contienen más los mitos. Es como si de un golpe hubiera salido o me hubieran sacado del transcurrir ahora no sé como volver cómo colarme de nuevo en la vida cómo salir de la épica donde me he instalado donde me he construido una imagen confiable y mirá que las épicas no son recomendables y los mártires pueden ser terribles y soberbios aunque no por ello dejan de ser mártires. Pequé por haberme instalado en la gesta de la mujer del héroe con una carátula trágica protectora, en realidad es lo único que pude hacer , sostenerme en algún espacio que me explica. Y alguien me susurró sos tigre y los tigres son buenos para las épicas aunque nadie se llevaría un tigre a la casa. Solamente muerto y para que le sirva de alfombra, para pisarlo y exhibirlo, en una de ésas para colgarlo de la pared lo que no me hace mucha gracia ya he experimentado la sensación de estar en la pared de otro.

Durante años viví todas las muertes y todas las vidas, no me permití huecos ; soporté a los muertos y a los vivos, a los vecinos y a los ausentes. En mis días confluían los gritos de la cárcel , la sangre silenciosa de los asesinatos, la vergüenza de los miedosos y de los cómplices, el odio sordo de los verdugos, la indiferencia de los que nos habían declarado inexistentes. Y así adriana ricardo horacio graciela y sobre todo ángel siguieron viviendo , yo representaba a todos . En ese mundo imaginario yo dialogaba con ellos e intentaba conjurar la palabra muerte, convivía con los fantasmas cuyo regreso nadie se atrevía a cuestionarme. Cuestión de fe. de fanatismo por la vida, de fascinación con la muerte de negación de la ausencia. La muerte me acechaba con sus peores rostros- sí la muerte tiene diferentes caras y aunque parezca extraño unas son más temibles que otras-La tortura que no se merece, el crimen que no se entiende. tres años donde todos los días me dibujaba una cara que perdía todas las noches, donde solamente los rituales mantenían vivo al otro, un eterno monólogo de muertes reales y engañosos renacimientos. Y los cuadernos con diálogos imaginarios se amontonaban en el rincón obsesivamente registraba todo aquello que el otro se perdía de mi vida de la de sus hijos de la de todos los que nos rodeaban renovando las promesas hasta con regalos que cuidadosamente guardaba con la ropa para el viaje que realizaríamos salvándonos para siempre de este país, de esta gente porque ya no habría dudas ya nadie nos tocaría la puerta mientras pintábamos la casa, nunca más permitiría que me tranquilice una voz masculina que simula manejar la situación con la última frase que le escuché "No te preocupés cielo que ya vuelvo" qué derecho tenía a pedirme que no me preocupe.

Hoy debo fundar un modo de instalarme en el presente, de abandonar la doble escena en la que en ese momento quedé fijada y volver los ojos hacia los hombres y las mujeres, las palabras y los libros, Por eso es necesario poner historia en ese pasado. Esta historia es la mi historia de un grupo de personas muchas de ellas están muertas otras están lejos. Hay en ella mucho dolor pero también mucha ternura y sobre todo una inmensa demanda de memoria y de justicia en un mundo que pretende olvidarlos.


Carmen